Одна из причин пристрастия людей к порочному – безделье. Когда б он возделывал землю, занимался торговлей, разве мог бы он вести праздную жизнь?
Абай Кунанбаев

26 июня 2014 1050

Musrépov Gabit "Cuentos sobre la madre"

Язык оригинала: "Рассказы разных лет"

Автор оригинала: Мусрепов, Габит .

Автор перевода: not specified

Дата: 26 июня 2014

CUENTOS SOBRE LA MADRE 



MADRE

               Cuando éramos niños, el Mullah nos enseñaba en la casa del cano Aytiles. Hace un calor inmóvil. El espejismo juega en las colinas. El ganado encuentra la frescura en el lago, entra en el agua hasta el cuello. Al mediodía, el sol está directamente arriba y luego la sombra de la persona, no encontrando su lugar, se esconde bajo sus pies. Los pastores se hornean en el sol, similares en su ropa cruda para terneros flacos que no se han más lana de invierno. Parecen quemados por el sol y que los ovios, acurrurados y erizados, se encogen en sus cuerpos. Las mujeres, que iban a seis colinas a recoger kisiák, por poso se mueven con bolsas en sus espaldas: sus caras están cruzadas con chorros de sudor mezclada con polvo.
Tirando de la axila mi abecedario árabe, andrajosa como la vieja silla de manta, yo llegaba a Aytiles. Si los niños no se reunìan, Aytiles generalmente hablaba con el mulá o con su huésped de siempre - comerciante Ramazán, papujado como una bolsa para kumys. Hablando, Aytiles anciano ciego con barba blanca como la nieve, con los dedos poderosos suavizaba su ancha barba. Blanca y exuberante, ella cubrìa su túnica como un babero bordado de plata.
Eventos viejos, oxidados olvidos Aytiles los limpiaba, renuevaba, e historias en su traslado resplandecìan. El anciano que después de la pérdida de la vista tenìa todo el mundo recogido todo en el pecho, en las orejas, sacudìa los tiempos pasados como piel endurecida.
- Ah, nuestra hora de jóvenes, cuando todavía jugábamos con las orejas del caballo – empezaba Aytiles - Aunque paluán1 Janay tenía ochenta y dos años, y tal vez las ochenta y cinco años. Su corazón aún estaba caliente, aunque sus fuerzas comenzaron a dejarle. Su voz sonora jugaba sobre el shanrak2. Cuando hablaba ese hombre, solíamos ponernos en cuclillas al lado de yurtas, al levantarel fieltro en la jamba de la puerta, y escuchábamos infusiéndonos cada palabra en los oídos y encajándolas en la mente... Sólo escuchen lo que contaba una vez Janay ...
- Fue hace mucho tiempo, estábamos entonces todavía jóvenes - así una vez dijo Janay . - Paluán Jalpak nos recopilada en los pueblos barymtu de Ergenek. Sucedió así. Paluán Jalpak era concuñado adoptivo de Badabay. Una vez Biy3 llamó al paluán y le dijo:
- Ya, Jalpak! Ergenek ha allanado dos veces nuestros pueblos . Una vez me atracaron a mi, otra vez que el atracado te hiciste  tú. Se llevaron mi ganado, tu les has entregado tu alma. ¿No es el alma que les has entregado, si ha sido tu novia, por la que tu padre pagó los cuarenta y siete ganados? .. Sin embargo , entonces eras todavía pequeño. Todavía eras tan pequeño que no podías vengarte de los enemigos, pero incluso al conocerles en el desierto, apenas se deshicistes de ellos con el caballo en que estabas sentado.
Pero ahora – te llaman el paluán. ¿Cómo es que te olvidas de la venganza?
— ¡Biy!-gritó Jalpak, poniéndose de pie. — «No sabía que sobre la frente mía se oscurece una mancha negra... ¡Me hablaban que  aquella novia no era mía! Tenía seis años, cuando me quitaron al caballo... Si la victoria esté conmigo, mataré a los enemigos. ¡Vencerán ellos, me quedaré muerto en la estepa, pero sin deshonra sobre la frente! ¡Adiós! ¡Montaré al caballo en el día feliz — el miércoles!
— ¡Biy!-gritó Jalpak, poniéndose de pie. — «No sabía que sobre la frente mía se oscurece una mancha negra... ¡Me decían que  aquella novia no era mía! Tenía seis años, cuando me quitaron al caballo... Si la victoria esté conmigo, mataré a los enemigos. ¡Vencerán ellos, me quedaré muerto en la estepa, pero sin deshonra sobre la frente! ¡Adiós! ¡Montaré al caballo en el día feliz — el miércoles!
— ¡Espera, batyr! — hablaba Badabay. — te irás, y realizarás la incursión. Pero escucha el consejo: no persigas a la ex-novia, ya hace mucho que es una mujer. ¡Tira mejor el ojo a las manadas espesas de los caballos!
1Paluán— el luchador-profesional, el forzudo.
2Shanrak — el círculo superior del esqueleto de la yurta.
3Biy – el starshiná del género, el juez patrimonial.

Y aquí salimos a barytmá— las cotorras de los dzhigitos selectos, teniendo el occidente sobre la frente y el sur sobre el codo izquierdo. Jalpak(como una yurta en los hombros y con los puños como garrotes, como un horno mirando desde detrás) iba delante a la distancia de un tiro. Su caballo rubio calvo, meneando la cabeza, se encorvaba, como un sadak1, saltaba, como un saygak2. ¡Ningún caballo lo podría alcanzar!
En el crepúsculo al séptimo estacionamiento nocturno Jalpak dijo saltando del caballo:
— ¡Eh, no era una persona sencilla ! Pasaremos la noche sobre su tumba...
Nosotros bajamos de los caballos. La tumba grande negra era a sesenta pasos en el círculo. A la entrada había una inscripción. No la pudimos leer, de los cuarenta dzhigitos ninguno sabía la carta...
— Cuando te acuerdes de esto, — dijo Aytiles, distrayéndose del relato, — mi alma se pone caliente de que ahora los niños estudien. ¡Puede que no alcancemos a los provinciales, pero los perros del vólost no se permitirán arrancarles a los pedazos! ¡Denles a los niños el queso! — tiró él a través del hombro a la vieja y continuó el relato del nombre de Janay.
— Encendimos el fuego, hicimos la hoguera. Habiendo tirado en la boca un puñado de dos carnes secadas, nos dormimos, habiendo puesto bajo las cabezas las sillas, y los sudaderos bajo los cuerpos.
Cuando la constelación de la Pléyada se había levantado al firmamento, y la estrella hermosa de Urker, a la altura de la frente, el batyr Jalpak se puso de pie:
— ¡Dzhigitos! Debiliten la cincha delantera, aprieten el trasero  más con fuerza, sin compadecer a los caballos... Cuando el sol se levante a la altura de la lanza, encontraremos la extracción. Si se realizará el deseo de mi biy— entraremos en los caballos...
— Resulta que es la tumba del viejo paluán Baysary, — dijo Jalpak. — por la noche me decía: «Ustedes, a quien he dado el refugio sobre la calavera, ustedes, cuyos caballos pellizcaban la hierba cerca de mi tumba, — no se atreven a tocar mi pueblo. Tocaréis — no reprochen». Discutíamos con batyr toda la noche, pero al consentimiento no hemos llegado. ¿Si él es un batyr, somos mujeres? ¡Monrad a los caballos, dzhigitos!
Los caballos sostenidos para la marcha y preparados para la vía, roían el bocado, giraban, como los husos, se encorvaban, como sadaks.
El sol se había levantado a la altura de la lanza, y vimos las manadas que cubrían las depresiones y las colinas. Corrimos a las manadas. Dos jinetes han saltado de su poso y se echaron a correr a las colinas. No les perseguirlos.

1Sadak — el arco.
2Saygak —  cabrón estepario.
Cuando, al doblar las manadas de un fin, con el muérdago y el silbido arreamos a los caballos, ví a una chica de ojos negros con el saco del estiércol seco por la espalda. Sus ojos eran como los de un camello. Todo mi cuerpo me comenzó a doler. El caballo bajo mí se llamaba Kuday-kok1, volé hacia ella como una flecha, la cogí a la silla, metí sus dos manos por mi cinturón y volé adelante. Me  pareció oír desde lejos el grito de su madre, se lamentaba: «¡mi camellito!», — habiendo desatado los cabellos. El grito de la madre me tocó menos que la picadura de una mosquita.
Pronto  por los golpes de los látigos  cogimos la manada grande y lo echamos por dos colinas. Aquí el paluán Jalpak vió a la chica sobre mi silla, y pareció que le ella le había gustado al batyr.

— ¡Sauga! 2 — saludó sonoramente él.
— ¿Si te ha complacido, qué  más puede desear? ¡Tómala, batyr! — dije.
Él me alcanzó, acarició a la chicapor la cabeza, besó sus cabellos ondulados negros y se fue adelante. Desde aquel momento la bella, cuyos  tactos todo el tiempo me tiraban en el calor, para mí se hizo más fría que una rana.
Robamos tantos caballos que no les dejábamos desbandarse a fuerzas. En la apretura los caballitos caían bajo los pies de las yeguas y se atrasaban con delgados relinchos. Habíamos llevado las manadas ya a la distancia larga, cuando en la estepa empezó a ennegrecido un punto.
Corría, como una estrella fugaz. No conseguimos centellear cuando el caballo bayo se clavó en nuestro grupo, llevándose a un anciano. Aquello era el manadero experto: él no nos miró, y directamente se acercó al paluán Jalpak:
— Está bien, has hecho la incursión, has robado las manadas del bay... ¿Pero para qué te servirá a ti, betyr, la única hija del manadero? Si necesitas a un esclavo, tómame a mí. Pero devuelve a la hija — la madre infeliz se ha quedado en la pena.
¿Acaso batyr escucharía tales palabras? Jalpak se sonrió bajo la nariz y centelló al dzhigito Keyki que iba al lado. Keyki era rápido y potente, clavó la lanza en el pecho del manadero, lo retorció al anciano en el aire y lo  echó a la tierra.
El caballo bayo, como un saygak hermoso, se arrojó a un lado.

El 1Kuday-kok — el dios gris.
¡2 «Sauga!» - un saludo
Por la costumbre vieja, los kazajos daban la parte de la extracción al primero quien los saludaba.

Tres dzhigitos se echaron en su persecución, pero el bayo solamente movió la cola, como si hubiera llegado a saltos solamente para llevar al manadero e irse atrás.
La chica empezó  a sollozar y liberó las manos de mi cinturón. La he puesto adelante y la examiné con atención. Los ojos eran realmente como de un camello. Por la cara le fluían los arroyos de lágrimas de perla. ¡Resulta que hay belleza como una flor tierna de primaveral! Nisiquiera me atreví a abrazar por sus manos que se han fosilizado...
Pasamos por la estepa un tránsito más de los corderos. El caso con el manadero no me quedó ni una sombra en la cabeza. Los caballos se acaloraban. Asustandos por los gritos, la manada iba adelante, los caballos presionaban uno a otro.
De repente miramos atrás: como una flecha, como un pájaro de caza, volando, como una estrella, apareció de nuevo en la estepa el punto negro. Más pronto que pudimos gritar»¡eh! ¡párate!» — notamos algo blanco.
— ¡Sheshetaym-ay! 1 — gritó la chica de mi silla.
Resulta, es era mismo bayo, y ahora sobre él estaba la mujer del manadero, la madre de la chica. Con un alarido voló hacia la manada y después, al volver, ha salido adelante y echó a correr a la derecha.
¡Y toda la manada — se arrojó a por ella!.
Tratábamos de volver a su lado, salta en otra.
Queremos cogerla a la mujer — el bayo no nos deja acercarnos, no era posible clavar la lanza o sacarla por el garrote. Algunas veces envolvíamos la manada atrás, pero entonces él se ponía a la desbandada y no ayudaba el látigo ni el garrote. Al fin la manada se echó a correr a través del único paso a la Isla ancha en medio del río. De allí  no era posible ya echarlo...
En el medio de la isla estaba un cerrillo. La mujer salió a aquel cerrillo y agitó con un jaulík... ¡Y bien, pensábamos, ahora la atravesaríamos por la lanza!
— ¡Soy una mujer, soy la madre de esta chica! — gritó ella. Soy la madre para cada uno de Ustedes! A cada uno ustedes les ha dado la vida una madre así como yo... Contra la madre no luchan. ¡Qué culpa tiene mi única hija!. ¡Venga, potrillo mío!
No sé, cómo había saltado la chica de mi silla y cómo se había colgado sobre el cuello de la madre. Nosotros, apenas respirando de la ira, con las cejas goteando de sangre, les dábamos igual.
La madre acaricia a la hija, la hija se acaricia a la madre. Están por sí mismas.

1 Sheshetaym-ay — mamita

Keyki no aguantó.
— Batyr, — se dirigió a Jalpak, — si permitís, las ataré y las llevaré en su caballo. ¡La hija será esposa, la madre, a llevar la leña!
jalpak miró a Keyki, mirándole con su mirada ancha como una palma, y se volvió después a la mujer:
— ¿Qué persona eres? Tu valor me asombra. ¿Quién eres?
La mujer le respondió:
— Batyr, baja del caballo. No hay nadie quien te persiga: si ustedes habéis  hecho la incursión a este aúl, nuestros dzhigitos desde buena mañana se han ido también en barytmá hacia los vecinos. Podrás robar las manadas sin  prisa.
Bajamos de los caballos, nos situamos alrededor el cerrillo. «¿Qué delirio de la tía negra él va a  escuchar?» — pensábamos descontentos por Jalpak.
La mujer liberó de los brazos la hija y empezó a hablar:
— Soy a la madre de esta chica. Tiene quince años. A la misma edad a mí me pasó la misma desgracia: una hilada fría, la marca negra de aquellos días permanece sobre mi frente ahora... ¿Sobre qué pueblo debo hablarte? Cuentan, era un aúl llamado It-Kula, de cuatro yurtas, que se arrastraba la vida por las orillas de los ríos. Soy la hija de Synym de aquel aúl... Era (¡no sé, de qué género era, que nazca en el desierto!) un tal biy Balabay. La vez, po la circuncisión de su hijo, hizo un toy. En el premio puso a la bayga nueve cabezas de ganado y el premio principal, un esclavo. En el premio a la lucha, también nueve cabezas y el premio principal, una esclava. ¿Dará alguien a la hija para el premio ? Biy mandó a los dzhigitos a  buscar a una chica en la estepa...
Desde entonces han pasado quince años. Al marido hoy le ha liberado la muerte, y estoy aquí ante ustedes. El lazo largo de la esclavitud ha acometido hoy el cuello de mi hija, por eso les he perseguido: devuélvenme a mi caballito, sentaré a la hija y la llevaré atrás...
Los dzhigitos, preparados al principio a matar a la mujer, bajaron  las orejas y los ojos. No había pregunta ni respuesta, las miradas se habían clavado a la tierra.
La mujer habría mirado en nuestros corazones. Ha tendido hacia nosotros las palmas negras:
— Co derechos iguales, vivía con el marido durante quince años, su cuerpo vi y lo sé. Han dirigido la potencia de las manos, las lanzas agudas no a un fuerte batyr de espaldas anchas . ¿Acaso él era un enemigo terrible, y no alguien que suplicaba ? ¿Cómo han pagado por él? ¿Al cargarla a la silla se llevan a la hija? ¿se parece esto a una valentía o a la justicia? Con ustedes mi hija será una esclava. Conmigo crecerá en libertad. Me llevo a mi hija.
El bobo de Keyki que por primera vez en su vida había oído tales palabras de una mujer, dijo:
— ¿Las mujeres son creadas para ser esposas de los hombres, qué más pueden hacer en la estepa? Compras a la chica, será la esposa, la robas en la marcha, será también la esposa. ¡Dzhigitos! ¡Hagámosla a esta vieja callar, tomémosla con nosotros! ¡También tenemos kiziák para que ella recoja!.
Paluán Jalpak llevaba mucho tiempo meditando. Se levantó después y condujo a su bayo oscuro hacia la mujer.
—Como una expiación de la culpa, — dijo, — te doy lo que me pertenece a mí. ¡Tómalo y no pienses que sea poco! Si quieres liberarte de la esclavitud, tómate de esta manada tantos caballos cuanto quieras y haz una vida nómada con ellos hasta el fin del mundo. Pero la verdad es que nunca he oído que haya en la tierra pueblos sin esclavitud. Por eso sígueme a mí: yo no dejaré a nadie batirlas con alas ni atormentarlas con picos!
— ¿Cuántos caballos de esa manada se irán a vosotros? - preguntó la mujer.
— Puede que ninguno... Biy lo sabe , — contestó Jalpak .
— Entonces no me propongas la manada, no me entregues a tu caballo. Yo no puedo seguirte, eres un batyr libre hasta que llegues a tu aúl. Allí perderás tu libertad y te harás un palo sencillo de tu biy o bai. He visto a muchos batyres y paluános. Te traen a la baqueta como a un batyr, a mí, como a una mujer,- eso es la diferencia. No eres más libre que yo, ¿no es así, batyr?
El paluán Jalpak  de nuevo bajó la cabeza..
— Somos ciegos atillos rapaces, - dijo. Nos movemos cuando nos claven un ojo, si no claven,  no nos moveremos. ¡Has quitado el caligo de mis ojos, apa! Pensaba en hacerla a tu hija una juguete para un corto plazo en mi amplia vida. Ahora me niego de esa idea. Mientras estoy libre, quiero darte la libertad al ser humano. Tu hija te pertenece a ti. ¡Vivid más libres que el viento!
El vestido de la desdichada estaba desarrapado, sus manos estaban negras, sus labios, agrietados en cuarenta lugares. Pero el alma temblaba de sus cejas fruncidas, de sus ojos relampagueando. Aquellos ojos no tenían ruego ni miedo – ella se había apoderado de cuarenta dzhigitos. Las dos como si hubieran esperado las últimas palabras del paluán – una montó al bayo oscuro, la otra,  al albazano, y galopearon. Sólo en aquel momento nos recobramos.
— «Sirkin1, mujer de las mujeres»— así terminaba siempre sus cuentos el paluán Janay,- dijo el ciego Aytiles, y nosotros, los niños, al sentarnos en un semicìrculo, empezamos a cantar al dictado del mullá: «Aguzé... bessmelyai... irasiri... ira- siri...»2.
1935

EL CORAJE
Aquel otoño se quedó en la memoria como un otoño seco, transparente.
En la estepa se agitaban detonaciones sin parar, pero el viento fuerte no traía ni una vedeja de nubes.

1Sirkin1 — exclamación que expresa el nivel máximo de la admiración
2Palabras árabes del Coran.

Sólo vagas hojas amarillas volaban en el áire. El viento sacudía el fieltro  en el shanrak tratando de arrancarlo. Los bordes de madera de la yurta  se estremecían  y gemían bajo sus golpes.

Y cuando el trueno lejano tornaba especialmente claro, el viejo mulla en su sitio honroso cerca del hogar se acurrucaba insatisfecho, levantaba arriba los ojos y con una voz chilladora hablaba al Diós:
— ¡Oh, Alá, truena de nuevo! ¡Que no caiga tu ira a nosotros, esclavos tuyos! ¡Libera nuestras casas de la desgracia amarga. Sé bondadoso, el Omnipotente!

Trueno en el cielo despejado era el ruido de armas que se había hecho  habitual para los habitantes. La guerra civil de la que hablaban tanto los alcanzó en la estepa e iba hacia el aúl.
El Jumán de cara redonda que era el dueño de la yurta más grande y amplia suspiraba profundo y se quejaba sin hablar con nadie.
— Mi corazón está a punto de explotar. ¡Mi alma ni siquiera perciba la comida, es lo que hemos alcanzado! — Diciendo eso, pasaba la mano por su abdomen rollizo como una almohada. Quizás Jumán creía que el alma se hallaba justamente allí.
No le respondió nadie, aunque ya estaba mucha gente. Casi toda la familia de Jumán. Gente pobre llegaban aquí de sus yurtas remendadas para calentarse cerca del hogar. Y además, es mejor estar juntos cuando no se sabe qué te espera mañana, si decir de la noche que se acercaba.
Japar, el batrak constante de Jumán, acababa de volver de careos lejanos y se sentó en el tranco. Sin prisa, para prolongar el placer, él hundía el panecillo en el plato con ayran1. No había visto a su madre aún y pensaba en ella todo el tiempo. ¿Si tiene leña, algo de comer? Naguima por el orgullo no entraba en la casa donde su hijo trabajaba como batrak. Ella decía a Japar “Que el viento entre a nuestra yurta como un vecino, pero es nuestra yurta. Y el pedazo de comida, que sea seca, no se rebalsará en la garganta».
La dueña, Janish, le desvió a Japar de auqellos pensamientos.

Ayran — especie de kéfir.

Ella entró, cerró la puerta y dijo como si informando de alguna noticia:
-¿Disparan de nuevo, no se van a cansar? Por ellos ni siquiera podemos mudar a invernar. ¿Tendremos que pasar el invierno en las yurtas?
Pasó por Japar, con el faldón de la casca enganchó su cara y sin prestar atención a aquello se puso a quitarse los chanclos. -¿Y tú, por lo que veo, no te cansarás de llenar tu pancho sin fondo? - chacarreaba ella sin girarse al lado de Japar, - ¿Urazali no es peor que tú, pero no está con las manos cruzadas y no espera, carretea la leña desde la mañana.
Dió una patada y un pedazo de kiziák que se había pegado a su suela acertó al platillo donde se quedaba bastante ayrán.
 Viviendo  en la dependencia entre extraños Japar se había acostumbrados a soportar la injusticia, gritos, insultos furiosos. Y ahora - no sobrevivió su corazón! Lanzó la taza contra la pared, se puso de pie y en silencio salió de la yurta, pcon una atada enojada abró la puerta. 
Al estallar el fuego en el hogar, apareció un acre humo de kisiák . Juman frunció el ceño y miró a sus familiares, que trataron de no darse cuenta de aquel pequeño incidente.
Janish refunfuñó:
- Merece buenos latigazos, por la audacia ...
Juman volvió hacia ella.
- Quita la taza y borra - ordenó. - Latigazos hoy no ayudan ... Nunca se sabe lo que pasará mañana y quién será el dueño en el pueblo.
Viejo Mullah asintió en confirmación:
- Sólo Alá sabe lo que está escrito en el libro del destino. Sólo Alá enviará  truenos y relámpagos en el cielo despejado. Es el único al que debemos rogar que nos quite nuestros problemas.
Mulláh dijo esto y con una mirada lenta sondeó todos a los reunidos. Pero ellos no le repondieron, e incluso trataron de no encontrarse con los ojos de Mullah . Les estaba clara la implicación de sus palabras : Mullah insinuaba estar dispuesto a orar por ellos, pecadores. Y donde hay ruego, hay kurmaldyk , el sacrificio.
Su silencio escondido no desconcertó al anciano de gran experiencia . Esperó un poco y continuó
- En los tiempos difíciles la gente tiene que recordar al Dios que él no se aparte de ellos. ¿No es así , Juman?
Mulla contaba con su influyente apoyo y no lo ocultaba .
- En tus palabras está toda la verdad, Mulláh-eke - dijo Juman con estima, quien también sabía perfectamente bien lo que quería de él el anciano. - La gente se olvidó de Dios . La gente dejó de honrar la memoria de los padres, que para siempre nos legaron sus fundamentos y reglas. ¡Y todo esto no llevará a nada bueno!
 En respuesta sonaron tímidas palabras de uno de los presentes :
- ¿Qué podemos nosotros, gente pobre? ¿Acaso oirá Alá nuestra voz débil? Deja que respetable gente rica de nuestra raza muestren un buen ejemplo ...
Le apoyaron:
- ¿Qué tiene un hombre pobre que sacrificar a Dios?
- Cerca de mi yurta ni se han quedado rastros de cordero... ¿ Regalamos la andrajosa alfombra de fieltro? Tal kurmaldyk sólo puede ofender a nuestro estimado Mullah .
- Quien dice que me olvidé de Dios, dice mal. Pero a menos que Dios quiere yo quite de mis hijos el último pedazo de panecillo?
Juman pretendió que todo esto no tiene ninguna relación a el, y de hecho los familiares explícitamente intentaban de poner todos los cálculos con Dios a él sólo.
- Todos somos esclavos obedientes de Alá , - dijo suspirando, y levantó los ojos al cielo. - Somos iguales para él, y él no divide a la gente en los pobres , los ricos ... Todo el mundo tendrá que responder a la misma cuando se llevará su alma el Azrail1 .
Se quedaron en silencio de nuevo. En el silencio que oír retumbar armas. Rodaron hasta más cerca del aul , más cerca .
- ¿Oyen eso ? - Con solemnidad lúgubre preguntó Mullah . - ¡Se acerca ! El castigo de Dios se acerca! Sólo el ruego puede quitarlo de vuestras cabezas pecaminosas ...
Pero los tiempos realmente han dado un paso en la otra , y las palabras primeras, ya no tenían aquella fuerza , aquellos valores . Se tenía que aclarar a quién de ellos y por qué puede castigar el Alá. Desde que en el cielo despejado de otoño

1Azrail — el ángel de la muerta en la cultura islámica.

truenos se empezaron a oír los truenos, muchos de los conceptos cambiaron. Lo que había sido un pecado, se convirtió en una bendición, y el beneficio adquirió una antigua apariencia de pecado. Esto se entendía bien por Juman. Lo entendían también sus familiares. La cosa era en cuyo camino cruzaría su pueblo: el camino de los blancos o el camino de los rojos ...
Alá esta vez quería poner a prueba su voluntad y fuerza de espíritu, y en el pueblo apareció Antonov. El hombre a quien el la estepa le llamaban ak-oba, la peste blanca. El camino de su unidad fue siempre fácil de rastrear: la hierba verde se volvía  marrón con la sangre y el humo, el viento capturaba y llevaba las amargas cenizas de los incendios.

Los perros de aúl oían la desgracia desde lejos. Ellos con rabos entre las piernas, ocultaban lentamente detrás de las yurtas, y no encontraban a los jinetes  saltando temerarios ladridos. Al aparecer Antonov, incluso vecinos, peleando durante muchos años, olvidaban las ofensas reales o imaginarias, y con lo que podrían ayudaban uno a otro.
En el desprendimiento de Antonov había rusos — los de Kolchak y la gente de Alash Orda - los suyos, los kazajos, pero tales kazajos de los cuales muy fácilmente se podría  conseguir un tiro en la frente. 
En el aúl acosado por la incertidumbre y el miedo, solo JUMAN enseguida recuperó su importancia de antes. 
Él dijo: 
- Es el momento para despicarse de los malvados, que traicionaron a las leyes de sus padres, las pisotearon con sus pies sucias. Es el momento de castigar a los pecadores que han olvidado a Alá!
Ellos le escucharon en silencio , para no ponerse en contacto . Pero la priesa - una serpiente resbaladiza fría – a tirones arrastraraba al corazón y lo apretaba con espasmos de anillos cruzados.
A  Antonov su contrainteligencia informaba periódicamente sobre los estados de ánimo en el pueblo :cada pobres local , cada obrero – dormía y veía la llegada de los Rojos.
Esta llegada ya era imposible de evitar . El éxito militar le dio la espalda y Antonov se marchaba . Pero  lo que pudo y que iba a hacer era dejar tal recuerdo de su nombre que atormentara en las pesadillas a sus descendientes hasta la séptima generación.
En el medio del pueblo Antonov detuvo su caballo . La gente esperaba en silencio de qué iba a empezar. Antonov también hizo una pausa , disfrutando del miedo que causaba sóla aparición suya.

Por fin empezó a hablar:
- Yo sé muy bien que vosotros no me esperabais a mí, sino a los que tienen trapos rojos en sus papajasº No sé dónde están vuestros rojos pero yo he llegado de nuevo – poco a poco iba inardeciéndose – he llegado para despedirme de vosotros... ¿Está claro? Nos despediremos de la manera que no se quedará nadie quien pudiera escaparse en las rotas banderas rojas.
Y de pronto empezó a echar tales palabrotas que el vielo mulláh sólo suspiró.
- Oh, Alá... ¿de dónde ha sacado palabras tan negras, maldito? ¡que no nos manchen sus denuestos...!
Pero los reunidos no escuchaban aquellas feas injurias. Les era más importante saber otra cosa: el mismo Antonov furioso dijo que pronto los rojos llegarían al aúl. Y según lo que dicen ellos no tocan a la gente pobre y sencilla. Que Jumán se preocupe. Entonces, Antonov se va. No hay nada qué hacer, pero en la despedida puede hacer mucho daño, porque un lobo acorralado se mosquea más desesperádamente. ¿Qué más podrían hacer que contar con la bondad del Diós? Pues nadie en el aún tenía armas.
Cuando cesó el flujo de insultos, Antonov bajó del caballo y apoyado a Jumán entró en su yurta. Y los jinetes se pusieron a colocarse a la estancia. Echaron a la gente de sus casas y ocuparon sus viviendas. Después sin contar con las leyes de la hospitalidad del aúl los de Antonov se dirigieron a los cijas para escoger las ovejas más gruesas.
A la madre de Japar, Naguimá, también la echaron. Ella ni siquiera pudo decidir dónde pasaría la noche con su hijo. Se fijó en los gritos furiosos y muy conocidos tensos balidos.
Dos hombres de Antonov arrastraban a un cordero – ¡su cordero! Uno de ellos lo arrastraba por los cuernos  y el otro con la culata de su rifle lo empujaba desde atrás.
Todas las esperanzas de Naguimá y Japar ponían en aquel cordedo. Como un padisháh marchaba él de una cija a otra. Y los dueños después pagaban con lechales por sus visitas. La madre y el hijo soñaban a menudo que algún día Japar se liberara del destino de un esclavo y ellos tendrían bastante dinero y ganado  para el precio de una novia conveniente.
Pore so al olvidar de todos sus miedos Naguimá se tiró a su encuentro.
¿Por qué él? ¿Por qué él?  - gritaba ella. – ¡Los corderos son duros de carne, es difícil de morderla! ¡Les voy a traer una oveja, la más gruesa, la más llena!
Ellos pararon.
- ¿Una oveja?...
- Sí, sí, traeré la mejor.
- El cordero tanbién se paró y y al bajar su cuello, hermoso y ancho, como si estuviera esperando la decisión de su destino.
- ¿Qué piensas, lo dejaremos? – preguntó indeciso el que andaba detrás. – Es verdad que no servirá mucho el cordero en la cordera.
- Escucharemos a la tía,- se acordó el segundo.- Que traiga una oveja. Pero mira que sea joven, - se dirigió a Naguimá.
Con aquello se podría acabar, pero aqui, como por desgracia, apareció el oficial. Tenía la cara roja y trataba de caminar directo sin tambalearse. Por un motivo desconocido, el aspecto del cordero humilde le indignó. Arrancó el sable de la caja, y sólo se oyó el soplo del aire corto – la cabeza del cordero con un cuero pesado se metió en la tierra, y el cuerpo, separado de ella, se sacudía convulsívamente, los cascos batían los terrones, la sangre salía con arroyos, levantando pequeñas nubes de polvo.
Los soldados dieron la vuelta y se dirigieron atras a la cija por una nueva presa, y cerca de la yurta alguien aplaudía...
Allí estaba Antonov.
- ¡Bravo, Rudakóv! - gritó al oficial. – ¡Un tiro profesional! Enseguida se nota una mano de la guardia de caballería. Ahora vamos a comer.
Naguimá permanecía inmóvil cerca del cordero calmado y sus manos pendían a lo largo del cuerpo como látigos.
Ella no protestaba  ni cuando la hicieron cocinar para la gente de Antonov. Al mirar alrededor para que nadie la viera, echo a la caldera la parte del cuerpo del cordero que desde tiempos inmemoriales servía para la prolongación del género ovejuno.
- Es para vosotros, perros – chacarreaba ella. – Es para vosotros, porque no sois seres humanos, no, no lo sois.... No merecéis mejor comida. — ¡Tómenlo a sus dientes!
Después ella observaba con oculta alegría maliciosa como se tiraron los de Antonov a la comida, y le parecía que había podido vengarse por lo menos un poco de su llegada indeseada, de su crueldad, por la muerte de su favorito.
Al día siguiente los de Antonov montaron sus caballos rápidamente y se fueron. Para todos resuló inesperada aquella despedida pacífica. No obstante,  para despedirse, Rudakóv a la manda de Antonov, robó a diecisiete caballos, y con aquello acabó la cosa.
Jumán prendió la mano al corazón y en voz alta emitía su ofensa: ¿por qué su amigo Antonov no había dicho antes que iba a visitar su aúl? Que Jumán entonces habría mandado que trajeran a las mejores ovejas de pasturas lejanas...

Antonov ni Rudakov no entraron en la conversación con él. El dejó que los caballos fueran y pronto en el desprendimiento de polvo del desierto se desplomó.
Juman recurrió a él.
-Aquí se puede ver cuántas cosas malas se puede ír sobre estas dignas personas, - dijo. -Todos ellos pasaron con nosotros toda la noche y toda la mañana... ¿Y dónde están los cadáveres? ¿Dónde están las yurtas quemadas? No hicieron nada. ¿Cuántas ovejas hemos perdido? ¿Y qué? Según las leyes de nuestra naturaleza, no podemos dejar el viajero ve sin alimentarlo bien. Es un pecado.
No se habían calmado en el pueblo los rumores y chismes causados por la aparición e ida de la gente de Antonov, y al llegar la tarde, despertó un nuevo evento. Cinco caballos, con cintas rojas brillantes en los sombreros, se dirigieron al aúl y se detuvieron cerca de la yurta de Naguimá.
Japar acababa de llegar a visitar a su madre y a él y le preguntó el qué iba adelante, por lo visto, el más anciano entre ellos.
— Hola, amigo... ¿Qué bien  ahí estáis, ciudadanos? ¿Podemos relajarnos y descansar  en la aldea y los caballos también? ¿Se permite?
Japar,  su madre y los vecinos estaban sorprendidos.
Fue realmente sorprendente para aquellos tiempos que no gritara la gente armada, no amenazara, no exigiera nada y en silencio y educadamente pidiera permisos — si es posible tener un descanso, si es posible alimentar caballos... "Ciudadanos" — una palabra tan Japar no había oído hablar. ¿Qué podría significar?
Y el mayor, que se había dirigido a él, interpretó a su manera su silencio:
— Uds no tienen que temernos. ¿Oyes, el compañero? — Continuaba él. — hemos viso aquel grupo que ha pernoctado aquí. Pero comprendemos — vosotros recibisteis a las liebres blancas sin querer. ¿Se puede desenfrenar a los caballos? Nos quedaremos para poco tiempo. Hay que ir adelante.
Japar ya se había calmado un poco, y era más fácil pronunciar la palabra "compañero"  que "el ciudadano".
Él ha dicho:
— Se puede descansar. Se Puede, campañero.
Un de ellos ha saltado del caballo y se ha acercado a Nagime:
— ¡Mamita! ¿Daréis de beber algo?
«Campañero», «mamita»... Naguimá no comprendía todo de su conversación, en todo caso, por el tono sentía que estas personas no se pondrían a piratear y hurgar por los rediles, no cortar con sus sables las cabezas de carneros.
Entró en la yurta y volvió con la taza de ayrán, pero el pataleo inquieto de los cascos de caballo la hizo quedar inmóvil sobre el umbral. Al aúl — en dos flujos que por el lazo inundarlo, — corrían los jinetes, los de Antónov, y el sol por las llamaradas deslumbradoras fundía los aceros desnudados y los troncos de las carabinas.
En la muchedumbre corrió velozmente:
— ¡Ak-oba!
— ¡Antonov ha vuelto!.
Sí, volvía su grupo. Los soldados del Ejército Rojo a galope se echaron a correr al bosque que azuleaba a lo lejos. Y los de Antónov, cambiando de dirección de paso, comenzaron a correr detrás de ellos. Las balas aullaron en persecución.
Naguimá— con la taza en las manos — observaba a los cinco junetes que se alejaban. Y de repende ayeyó, echó el cuerpo hacia adelante, y ayrán se salpicó a la tierra.
Uno de los cinco a todo galope cayó del caballo, cuando hasta el bosque salvador restaba ya muy poco. El caballo bayo, evidentemente acostumbrado al jinete, estaba pisando indecísamente en el sitio, y después, asustado por los nuevos tiros, se echó a alcanzar a los demás.
Los de Antonov doblaron a través — para ellos era importante que nadie de los cinco se fuera. Y el herido, contaban, no se meter'ia ya a ninguna parte, se podría recogerlo de vuelta. Los tiros se alejaban poco a poco.
Naguimá bien veía, cómo el herido combatiente — el mismo, para que había traído ayrán, — se levantó, quería ponerse en pie, se derrumbó de nuevo en la hierba y despacio, muy despacio, se arrastraba hacia el bosque.
Naguimá, habiendo olvidado sobre la precaución, en presencia de todos ha llamó al hijo:
— ¡Japar!.
Aquel se acercó.
— Japar, hijo... comenzó a hablar silenciosamente ella. — ya ves, se ha quedado en absoluto sin fuerzas, él no puede escaparse de ellos. Toma al caballo — y ayúdale. ¡Anda! Lo cubrirás en Uyshik-Zhal1. Allí treparán todo un año, y no encontrarán.
Japar saludó solamente y se escondió detrás de la yurta, donde etsba atada una yegua vieja. En un segundo ya aparecía por lo alto, sin silla, y a todos estaba muy claro adónde se había dirigido.
Jumán se puso blanco y empezó a temblar de la malicia. Él dió un salto a Nagime y empezó a gritar a ella:
- ¿Qué estas haciendo? ¿Estás loca? ¿Comprendes lo que haces, o sin marido te has hecho completamente tonta? ¡Por esto tu Japar se irá a la cárcel! Pero antes Antón acabará con él... ¿Para qué has mandado al hijo?. ¿Tú sóla has decidido así, y todos nosotros deberemos responder por eso con todo el aúl? ¡Los rusos tienen asuntos suyos, que se maten todos uno al otro, y tú— no molestes!

Naguimá no lo respondió. Si llegara a tiempo su  hijo al herido antes de volver sus perseguidores, si consiguiera Japar esconderle en el bosque...
Jumán manoteó, escupió y se fue a la yurta, sólo para no testimoniar.
Y la mujer permanecía mirando cómo con cada paso de la yegua se disminuía la distancia entre Japar y el herido por el soldado del Ejército Rojo. Temblaba al pensar a qué peligro se le sometía su hijo, pero ya que y de otro modo no podría actuar. No podría no enviarlo en ayuda. El viento seco polvoriento arrancó de debajo de su kimecheque un mechón de cabello y lo tiraba, y Naguimá no notaba aquello.
¡Ha llegado a tiempo Japar!.
Él saltó de paso, cargó al herido a los hombros y rápidamente — casi por la carrera — se dirigió al bosque. Aquí, ya estaban completamente cerca...

1Uyshik-Zhal— nombre local de fagosidad impracticable de bosque.

Fue correcto haber dejado al caballo. Podría delatarlo, habiendo respondido en relincho de otros caballos.
Naguimá suspiró con alivio: los de Antonov no se ven, y Japar había desaparecido ya en la sombra larga y espesa, que el bosque arrojaba sobre la puesta del sol, y se deshacía entre los árboles.

Por la tarde Antonov estaba en casa de Jumán, y su gente iba por las yurtas y arrancaban la verdad:
— ¿Adónde habéis metido a este rojo? Al que hemos pegado... ¿Adónde? ¡Mejor responded mejor, que será peor!
Silbaban los látigos de cuero, los de Antonov se asían por los puños de sables. Pero sus amenazas no ayudaban. "No lo hemos visto", «de dónde podemos saberlo?», «yo no salía de mi yurta», — se oía en la respuesta.
Después a todos les echaron a la yurta de Jumán. Antonov salió de allí e hizo unos pasos rápidos.
— ¿Te llamas Naguimá?
Aquella pregunta se derrumbó sobre ella de repente, el nombre recibido por ella al nacer, resonó como una acusación. Pero no tembló, sostuvo su grito, y su mirada, firme e implacable, como la misma muerte.
- ¿Y por qué no se ve tu hijo? ¿Donde está él? ¿Adonde habéis metido al imbécil rojo?
Naguimá comprendió que Antonov ya sabía todo. Lumán lo hizo. Y ella respondió como si no la tocara todo aquello.
- Ellos están lejos. Ellos se han ido, y a usted no es posible encontrarlos.
Antonov ha agitado el látigo de cuero, y sobre la espalda de la mujer se concentó un golpe corto. No se movió. Pensó que estaba preparada para esto aun en aquel momento cuando llamó al hijo y le dijo: «¡Japar! Toma al caballo — y ve a por él».
Cerca de la yurta de Jumán estaba un silencio, un silencio así sóplo puede haber el aúl donde todos estaban muertos. Y ya que toda la gente estabaa aquí, tratando no encontrarse uno con otro por las miradas. Con nada podrían aliviar su situación, pero tenían miedo¿qué sería con ella?, les daba vergüenza: en sus ojos pegaban a la mujer que nunca a nadie había hecho nada malo.
¡Te haré hablar, bruja! — gritaba Antonov con una vos desprendiente
Su látigo de cuero rompió el vestido azul de Naguimá - sobre sus hombros , sobre su espalda, sobre sus lados se había desnudado el cuerpo fuerte de una mujer joven todavía. Una vez tras otra hinchaba con cicatrices purpúreas, las cicatrices sangraban, y la sangre por los hilos caía a las caderas. Y Antonov batía, batía cada vez más furioso, y con más agudeza sentía el poder absoluto sobre este cuerpo indefenso femenino.
El látigo crudo se hizo rojizo, húmedo, y Nagima permanecía callada. Si fuera posible matar por una mirada, Antonov ya se revolcaría en el polvo cerca de sus pies mucho tiempo.
Su mano se le había cansado, o quería esconder la debilidad ante el valor resistente de la mujer, pero Antonov retrocedió a un lado y ordenó:
— ¡Bátanla! ¡Bátanla, hasta que empiece a hablar, uno tras otro bátanla!. ¡Vamos!
— Soportaré todo, — dijo Naguimá. — Mí el dolor no es terrible. A mí es más terrible que podáis alzar la mano a la mujer, a una madre. ¿Os ha criado una loba?
— ¡Basta! — gritó Antonov. - comiencen!
Empujó al hombro del que estaba primero, y le metió en la mano el látigo de cuero.
Pero aquel se estremeció y retrocedió:
— No, no puedo...
El látigo de cuero cayó en el polvo, y él la lanzó aún por el calcetín de la bota — al otro, que también hizo un paso indeciso a un lado, y no se inclinó para levantarla.
Antonov entendió: si él ahora, ahora mismo, no los hiciera cumplir la orden, saldrían para siempre de su poder, y él no podría nunca hacerles obedecer. Y su mano se estiró a la pistolera de madera, de que se asomaba el mango negro del máuser.
Sus soldados lo observaban atentamente.
Antonov con la palma sintió el fresco habitual del metal. Él sabía que tan fácilmente, sin hacer nada, ya no podría imponer el máuser atrás. ¡Ahora lo principal no es esta tía, diablo con ella!. Ante todo — él debe devolver a sus soldados.
Él ha dado la orden — construirse una casa.
Los soldados se estiraron de mala gana en una línea, justamente frente a Naguimá. Se mantenía de pie todavía, sin sentir el dolor, como si se hubiera quedado yerta de su odio, de su pena, de su implacabilidad.
El aúl quedó inmóvil — las mujeres y los niños, los ancianos, y aquellos pocos hombres que se quedaban en sus casas. Esperaban asustados a lo que pasaría ahora. La primera bala la aceptaría con el pecho Naguimá, y después — comenzaría a correr  el río de la sangre, y las serpientes rojas de fuego comenzarían a arrastrarse en la oscuridad de una yurta a otra. Se había oído que Antonov comenzaba de alguien uno sus violencias.
Esperaban aquel primer tiro, la primera salva, pero en vez de él se
oyó la voz conocida de Naguimá:
— ¿Por qué estáis inmóviles? Levantad los fusiles y disparad. ¿Pensáis que tengo miedo? No. Hoy he visto a otraa gente... Ellos tienen también unos fusiles y sables, pero ellos son buenos. Dicen: mamita... campañero... ¡Y vosotros— ak-oba! Sé que los rojo llegarán y a sus casas también . Pero sé que sus manos no se levantarán a vuestras madres. ¡Hasta a las madres que han alimentado a lobos así como vosotros!
Ya había oscurecido totalmente . La luna roja se levantaba sobre aquel bosque, en que Japar escondía al herido rojo. ¿Pero quizas lo arrastrara adelante, hacia los suyos?. Pero aquello ya no conocería nunca.
— ¡Calla! — gritó Antonov.- "soldados! Escuchad mi orden!
En el centelleo débil de las estrellas brilló un acero, se oyó un golpe sordo y un ronquido, y un cuerpo cayó duro a tierra.
— ¡Oh, Alá! Perdónale a esta mujer todos sus pecados! Tómala por tu alta mano, — musitó el mullah viejo, él se escondía detrás de la yurta de Jumán.
Pero había creado su ruego muy  prematuro.
Naguimá estaba sin cambiar la posición. Y los soldados, excitados y alarmados, arrastraron a un lado el cuerpo del jefe del grupo que ya había dejado de devanarse.
Quien lo había hecho, no lo consiguieron notar. Probablemente, en el silencio al lado lo hubieran visto, pero preferían callar. Es difícil de decir, por qué un cambio tan agudo había pasado a su humor. Ha influido quizás lo que a lo lejos, detrás del bosque, y en el cielo sembrado por las grandes estrellas crecía el trueno de artillería y ardían los relámpagos instantáneos, y el viento tenía olor acerbo del humo de pólvora.
Las fuerzas habían dejado a Naguimá. No podía llegar a la yurta ella misma. Y las palabras no se le quedaban - ni buenas, ni malas. Callaba durante mucho tiempo, rellena por la alegría inesperada.
Aquello era no sólo la alegría de la liberación. Ni el látigo en las manos de Antonov, ni su peón, ni el máuser  no podían sacudir su dureza. Se alegraba por lo que la gente de la que hablaba: «¿A vosotros os ha alimentado una loba?» — la habían comprendido y en el momento más decidido, al borde de su tumba, habían tomado la defensa de la madre.
Ahora no sabía y no quería saber, por qué todo había cambiado así, había pasado así. Con ella se quedaron algunos que anteas habían sido los de Antonov— los rusos, y los kazajos. Y los demás corrían por el aúl buscando al Rudakov. Pero aquel había desaparecido, aunque de la yurta de Jumán él había salido junto con Antonov y todo el tiempo había estado a su lado. Todo aquello veían, pero no podían encontrarle.
— ¿Me pienso que será con vosotros?- preguntó en voz baja.
Los soldados en la yurta no habían oído sus palabras y se inclinaron sobre ella. Naguimá continuaba:
— Me pienso: ¿por qué camino iréis?
Los que antes habían sido los de Antonov vivían solamente con aquel minuto y no imaginaban lo que los esperaba delante. Por eso no tenían nada que contestar a la pregunta de Naguimá.
Esperó.
— Soy una mujer sencilla de un aúl pobre, — he dicho Nagima. — Pero quiero que toda la gente hable uno a otro: campañero... mamita... Creo que será así. Y ahora tenéis que iros. Voy a rezar por vosotros.

Por la noche los que antes habían sido los de Antonov discutían mucho tiempo en cómo actuar ahora.
Unos insistían en salir por la mañana e ir a reunirse con las partes rojas. Otros temían: por sus asuntos pasados no les alabaría nadie sino les  pondrían a la pared.Unos proponían  irse, irse sobre los linces, y después disperarse por todas partes, y cada uno que llegara solo a su casa, donde nadie sabía de nada.
No conseguieron llegar a ningún acuerdo, y el grupo se dividió.

Se retiraban al romper el día.
— Y bien, si en este mundo no nos vemos, en el otro mundo obl...
— Y la madreigatoriamente.
- La madre dice: rezaré por vosotros.
— ¿Bien, y de qué? El ruego maternal tiene una fuerza, sea islámica o nuestra, ortodoxa.
Naguimá que estaba en la yurta, oía sus voces.
Al amanecer Japar penetró al aul sin sospechar qué había  pasado aquí. Él enfrenó a una yegua vieja, — la yegua llegó felizmente a casa después de que él la había dejado cerca del bosque. Junto con el herido Japar ha decidido unirse a los rojos.
Naguimá se arrastró hasta la puerta, y después,a través del umbral, se puso de pie, tomando el rugoso fieltro. Miraba tras su hijo y susurraba:
— Buena suerte, hijos... buena suerte...
Amaneció.
La espera de nuevo surgió de la oscuridad , surgió el bosque lejano con su seguro Uyshik-Zhal, y en el cielo despejado, aún más próximo, que ayer, se oía un trueno arreciando.

1936.

                       FURIA DE LA MADRE

— ¿Me permiten pasar la noche en su casa?
En el umbral de la yurta estaba una mujer enflaquecida, puesta en los andrajos.
El amo le levantó despacio una mirada fría. En la voz de la desconocida se le oyó un orden y no una petición.
Al apretar ajustadamente los labios agrietados, esperaba en paciencia la respuesta. Los pliegues profundos finos habían tejido una red menuda cerca de sus ojos y sobre la frente. A través de los agujeros de la manga rota corta se veía la mano oscura, parecida a una carbonera de madera que se había quemado, con un anillo de plata en el dedo. El anillo con su brillo hacía oscurecer aún más la negrura de esta mano.
— ¿Quién es Usted? ¿De dónde? — Preguntó el amo.
— Hasta al oír toda mi genealogía, es poco probable que una persona tan casera como tú entienda algo. Y casi estoy segura de que no conoces a nadie excepto a la parentela de su mujer. Hablaremos de esto después y ahora decidiremos lo de mi estacionamiento nocturno... La huésped se sonrió.
El amo se desconcertó y, sin encontrar la respuesta, balbuceó: Si quiere Usted pasar la noche...
- Parpadeando cobardemente, él miró a  su mujer como si pidiéndola con su mirada: «Libérame de esta tía temeraria, porque con sus ojazos me va a partir».
Pero la mujer lo decidido a su manera.
— Bueno, pernocte, quédese, — le dijo a la desconocida,
La invitada entró, colgó cerca del umbral el kamzol que se había desteñido y desgastado hasta los agujeros y, al acercarse con pasos lentos y cansados hacia el hogar, tendió las manos enflaquecidas y negras al fuego. Los niños sentados alrededor del hogar, se apretaron cediéndole el sitio.
— He pasado mucho frío, — dijo la mujer. — voy desde lejos...
Y tanta amargura estaba en sus palabras que al amo le dio vergüenza
la frialdad reciente, él quería comenzar a hablar con ella, pero no se atrevió ni a preguntar de nada y  esperaba a que la mujer comenzara a hablar misma. Pero ella permanecía callada.
La dueña mientras tanto sacó un platillo de harina y se puso a amasar apresuradamente la masa, mirando con una inquietud a la invitada.
— Bueno, — pronunció ella. — Usted estará muy  cansada, pero si no es difícil cuéntenos por favor de dónde y quién es Usted.
— Lo contaré, lo contaré, — respondió la mujer y fió el cabello negro con unas canas, que había salido de debajo de la pañoleta. — parece que el amo tuyo está completamente, derribado y asustado por mí. ¡Qué bruja vieja le ha conseguido con ruegos!
Miró con una sonrisa al amo y continuó:
— Soy de la ciudad. Ya hace diez días que me arrastro de allá. Soy de los  lejanoa arguinos1, del aúl de Baden.
La mujer suspiró penosamente, calló un poco y comenzó su relato:
— Me quedé viuda temprano. El marido murió el año de hambre... Me quedé sóla con el hijo menor de edad. Lo llamé Bahyt2, pero por su culpa tuve que estar en la cárcel diecisiete meses. Ya está...
El ama de la casa, reparando el cabello por el reverso de la palma ensuciada por la masa de harina  y se quedó yerta, boquiabierta de la sorpresa.
El amo empezó a tener hormiguillo en el fieltro.
— Es así, — repetió la invitada. — el niño natal es siempre más caro para la madre que su propia vida. Para el niño se sacrificará con cualquier cosa. Mi Bahyt el año pasado cumplió quince años. Ya hace dos años que es un pastor de bay Altybás. Estaba pastoreando. Yo le dije a mi hijo: «Pídele al dueño lo que has ganado en dos años». Se negó el maldito bay a pagar al hijo. «Tú trabajas por la leche, que toma tu madre de  nosotros - dijo». ¿Adonde iríamos a quejarnos? Claro, al del vólost. Y el del vólost es el hijo de bay Altybás. Es joven, tiene veinte y un año,  pero es un cortacabezas terrible:tiene un ojo inundado por la sangre es, como de un perro loco, el otro, con las venas rojas, y los cabellos sobre la cabeza salen de punta. Cuando llegó mi Bahyt, el del vólost lo pegó hasta la semimuerte y le prohibió quejarse de Altybás, el padre suyo.

1 El nombre del género principal De Medio Juz.
2 Bagit– en la traducción significa la felicidad.

«¡No trabajaré más para Ustedes!» — les gritó entonces Bahyt y huyó. Volvió a casa. ¡Diós mío!..
La mujer suspiró de nuevo.
— Desde entonces comenzó todo, — dicho al callar ¿Acaso la desgracia pasará de largo al pobre? Declararon la movilización a los trabajos de retaguardia, y me llegó el rumor de que mi hijo había caído en la lista negra. No lo creí primero. Piensaba que  no convenía mi Bahyt por la edad, era joven, demasiado joven todavía! Pero se justificó el rumor malo. Tuvo que irse mi hijito a los trabajos de retaguardia alas tierras lejanas. ¿Cómo le  podría ayudar? ¡Ni lo podría casar prematúramente para dejarlo en casa ! Me resigné. Y el pueblo no se había resignado, se levantó contra las leyes zaristas. La insurrección comenzó. No me había conseguido volver en las mías cuando se fue mi hijo sobre su caballo junto con otros dzhigitos. Corrieron días los días, y detrás de ellos, los meses. Distruyeron la revolución. A alguron les horcaron, a otros les llevaron a Siberia. Por suerte, a Bahyt no le tocó la sombra de lo que estaba con los demás. Pero comenzaron a hablar de nuevo de los trabajos de retaguardia, de nuevo a mi hijo le recordaron en la lista. El pueblo estaba confundido, pero callaban las madres asustadas, como si hubieran olvidado que hacía poco que maldecían al zar, y sus órdenes. Fui a encontrarme con las mujeres de nuestro aúl a repartir la pena, pero todas trataban librarse de mí más de prisa. «Nada, - decían, — se puede hacer contra la voluntad zarista. El favor de Alá nos espera». ¡Está bien! Doy oídos a las conversaciones de la gente: muchos más o menos ricos habían podido liberar a los hijos de la movilización. De qué manera,  no lo sé. Pero nosotros, los pobres, no podíamos hacer nada. «¡Buena gente, ayudadnos! Mi hijo, el sustentador de la familia ha caído en la lista. Es joven todavía... ¡Tened compasión!» Pero me respondían: «Reconcilia! ¡Es la voluntad de Diós!» ¿Dónde buscar la verdad, de quién? Fui a bay Altybás llorando a lágrima viva, le rogué: «Libérale a mi hijo... ¡Ya que se perderá él sin sentido alguno! ¡Libéralo, te lo daré en la esclavitud eterna!» Y el bay respondió «no puedo. A tales como el hijo tuyo, ahora tengo más que carneros en la manada». Tenía una mujer joven, orgullosa, altiva. Me echó de la yurta:» ¡Vete, vete! ¡Aquí no hay lugar para ti! ¡Pronto por aqui también  llegarán!» Yo quería gritar :»¿Y quién soy yo, acaso soy un perro?» Pero me contuve, guardé rencor dentro, me acordé de que sin motivo no le habrían llamado en pueblo "el testaduro" a Altybás . ¿Acaso se podría tocarle a alguien así?
Fui a su hijo — intendente del vólost . «No es una desgracia, — me respondió el insolente. — el pueblo sin tu hijo no se quedará huérfano, las mujeres no se quedarán viudas. Y yo no tengo nada qué hacer con eso. Dale la culpa a tu marido, fue él quien le anotó a tu hijo como algunos años mayor...»  Dijo así y ordenó a sacarme de la canchillería .
Fui de puerta en puerta de los jueces y de los jefes del aúl. Lloré todas las lágrimas. Al fin y al cabo dejaron de escucharme. Suplicaba al escribano , y él se reía sobre mí: «Que vaya, que vaya. Esto le servirá bien... ¡Engordará en la carne de cerdo ruso!» En la casa del escribano encontré a un barbinegro que siempre trabajaba con el del vólost. «Eres joven y guapa todavía , — me dijo el barbinegro. — el hijo sólo te impide vivir a tus anchas. Que va a cavar las trincheras, te desatará las manos».
Muchas cosas proponía yo por el hijo. Que tomaran todo: el último jamelgo, la última vaca, sólo que liberaran a mi hijo. ¿Pero acaso tal soborno les era necesario?
Una semana etera me giraba cerca de la oficina del del vólost, comía las migajas de la mesa de milanos de los jornaleros agrícolas, dormía al aire libre. Desfallecí por completo y me coloqué una vez para una noche bajo Me ponía a dormir cuando alguien me agarró desde atrás. Ví al barbinegro. Se me tiraba con sus manazos, quiería abrazar. Se sabe que necesitaba de la viuda. No ocultaré, había un tiempo — yo tenía fama por la belleza, y la genteme llamaban entonces Ayna-koz1. A fuerzas me escapé de sus patas, le dí una pernada con todas mis fuerzas, acudió directamente en la boca, ese gaño del dolor y se cayó de espaldas. Me puse rápidamente de pie, y él se levantó. «Tonta, — dijo, — te preferiré a cualquiera muchacha modesta. Quería ayudarte. ¿Para qué te niegas?» Le digo: «¡Mientes, el satanás moreno! ¡No me tomarás viva!» — agarré la hacha que se revolcaba cerca en la tierra. El barbinegro se arrepuchó o tuvo vergüenza, pero sólo lo ví retrocediendo de mí. «¡Mala, — dijo, — que perra maldita!»
Y no era el único que jacareaban mientras iba y suplicaba. Pidiendo por el hijo, notaba ojos ávidos, desvergonzados y comienzaban hablas almibaradas: «Espera de hablar del hijo, viuda joven. Hablaremos de otra cosa». ¡Oh qué rencor les guardé a la gente! Ya el hijo empezó a pedirme: «Mamá, déjelo. Es mejor que me vaya a los trabajos de retaguardia que Usted se haga un hazmerreír...

1Ayna-koz —  en el sentido figurado— ojos bonitos.

Venga a casa, mamá». Y me desmonta aún más la rabia.

Me decididí al último paso. Cogí al hijo por el brazo y lo llevé a gerente. Llegamos. El del vólost en su yurta estaba sobre las almohadas blancas bebiendo kumís. Y barbinegro estaba con él. Me vió y me miró como un lobo. «¡A-a-ah! — se sonrió el gerente boquirrubio . — la viuda joven ha llegado, la Ayna-koz ha llegado. Pasa, palomita, siéntate más cerca a mí». Y empezó a burlarse, y mirarme sus los ojos hambrientos sin tener vergüenza de mi hijo. No sostuvo Bahyt las burlas viles sobre su madre. No era en sus fuerzas tomar la defensa de mí, y escuchar los sacrilegios no podía tampoco. Se tapó el chico las orejas y salió corriendo de la yurta.» Vive con él un mes, — me dijo el intendente, indicando al barbinegro,-... No objetaré «. Me eché correr de la yurta, y mi hijo ya había montado a su caballo y se fue  galope del aúl... Todo oscureció en mis ojos, los pies se me doblaban, daba vueltas la cabeza. Por poco me caí. ¿Quien era yo? Una esclava... ¿Quiénes eran ellos? Gente notable... Hacen lo que quieran. ¿Pero de veras, me pienso, iba a sufrir las burlas toda la vida? ¿Soy persona o un perro? Y ví de repente: un dzhigito llevaba a la yurta un plato con besbarmak1. De arriba estaba la cabeza de un carnero, y al borde del plato, un cuchillo agudo... No sé cómo pasó aquello, no recuerdo. Agarré el cuchillo, corrí atrás, a la yurta, directamente al intendente del vólost, que estaba en las almohadas. Le dí un golpe a la garganta con el cuchillo, después al corazón. Se enturbió mi razón por completo, perdí el juicio... Me eché a barbinegro.»Oh, oh... ¡o-o-oh!» — gritó él, esquivando las manos, desencajado los ojos, que se habIan vidriado del horror. Recuerdo como cayó de las manos del dzhigito el plato con el besbarmak, como rodó por tierra la cabeza de carnero con los dientes enseñados. Recuerdo como le dí una cycuillada al barbinegro. Unas dos veces. No me recuerdo de nada más. Me desmayé...
La narradora calló, se reconcentró. El dueño y su mujer callaban también. Se apretaban uno al otro los niños asustados por las palabras de la invitada.
— Cuando me desperté, — como si fuera con un gran esfuerzo volvió a hablar la mujer, — apenas despegué los párpados temblando, una bandada de moscas de fue volando de mi cara. Ví un cielo claro, azul.

1Besbarmak — el nombre de un plato kazajo nacional de carne desmenuzada y una galleta delgadamente extendida cocida cenceña.

¿Dónde estaba? No comprendía. ¿Qué me había pasado? No sabía. Me era difícil volver la cabeza—. Quiería levantarme y no podía: todo el cuerpo como si estuviera relleno con el plomo. No podía mover y palparme con una mano, pero no obedecía, las piernas no se movían, como ajenas. Todo era ajeno, los míos eran sólo los ojos. Malvados, Monstruos... Me parecía que me habían tomado, me habían cortado en las partes, y después me dejaron en algún sitio en la estepa, detrás del aúl. ¿Dónde estaba? No comprendía. ¿Qué me había pasado? No sabía. Me era difícil volver la cabeza—. Quiería levantarme y no podía: todo el cuerpo como si estuviera relleno con el plomo. No podía mover y palparme con una mano, pero no obedecía, las piernas no se movían, como ajenas. Todo era ajeno, los míos eran sólo los ojos. Malvados, Monstruos... Me parecía que me habían tomado, me habían cortado en las partes, y después me dejaron en algún sitio en la estepa, detrás del aúl. No podía comprender que habían hecho conmigo. No me habían cortado. Me habían encadenado. Por las manos, por los pies, por la trenza a cinco estacas. Me habían pegado con un látigo... Cuánto tiempo me habían pegado, no sabía. Qué habían hecho más con mi cuerpo, tampoco lo sabía. Sabía solamente que no se había despedido del cuerpo mi alma desdichada, maldita. ¿Dónde estaba? No comprendía. ¿Qué me había pasado? No sabía. Me era difícil volver la cabeza—. Quería levantarme y no podía: todo el cuerpo como si estuviera relleno con el plomo. No podía mover y palparme con una mano, pero no obedecía, las piernas no se movían, como ajenas. Todo era ajeno, los míos eran sólo los ojos. Malvados, Monstruos... Me parecía que me habían tomado, me habían cortado en las partes, y después me dejaron en algún sitio en la estepa, detrás del aúl. No podía comprender que habían hecho conmigo. No me habían cortado. Me habían encadenado. Por las manos, por los pies, por la trenza a cinco estacas. Me habían pegado con un látigo... Cuánto tiempo me habían pegado, no sabía. Qué habían hecho más con mi cuerpo, tampoco lo sabía. Sabía solamente que no se había despedido del cuerpo mi alma desdichada, maldita. Me acordé de mi hijo, comencé a llorar con lágrimas calientes. «Dónde estás, hijo mío», — gemí. «¡Ah, te has recuperado, perra!» — dijo alguien a mi  lado. Comenzaron a caer azotazos sobre mí cuerpo. Pensé que mi muerte había llegado.

La invitada ha mirado a la dueña.
— Les da un miedo sólo escucharme, — dijo ella. - tu marido, probable, quería correr ya de la propia casa  del miedo... ¿Y cómo me era a mí? ¡Está bien! Contaré con palabras más cortas. En un mes y siete días en la me metieron a cárcel fría, oscura como una tumba. Y he salido de esta tumba. El zar, dicen, ha renunciado el trono, y a mí me liberaron los bolcheviques... No sé que por las personas. Serán buenos si dicen que los meterán a los monstruos y a los verdugos en las cárceles... Ella miró al dueño como diciéndole ¿te está claro eso a ti? Y aquel, temblando, apartó los ojos de ella. — Eso es todo... Ahora corro al aúl... Quiero encontrarle a mi hijito. Es poco probable que me encuentre él mismo.
No tocó el té ni probó las galletas preparadas para ella por la dueña. Quizás en aquel momento se imaginara ya como abrazaría a Bahyt, como le diría las palabras preferidas más tiernas. Sus ojos brillaban más que el fuego que ardía en el hogar en medio de la yurta. Los niños, que se habían escondido por las esquinas, se le acercaban poco a poco, se apretaban a sus rodillas sin apartar los ojos de ella. Y cuando los acarició sus cabecitas con las palabras «todo es para vosotros” , estiraron sus manos hacia ella.
El dueño no apartaba la mirada de la invitada, las orejas de su malajai estaban levantadas alto, trataba de coger cada palabra suya. Ante él estaba sentada una mujer, fuerte y intrépida. Había sobrevivido todos los tormentos de su vida sin esperanzas y lo había soportado todo. Ante él estaba sentada una madre que sabía cómo hay que luchar por su derecho a ser feliz.

1934

AKLIMÁ
“¡ Mamá!” así comenzaba la carta del soldado. "Mamá" es una palabra hermosa que ha circunvolado todo el mundo.
“Querida mía, como te echo de menos..”
Puntos suspensivos. ¿Por qué están aquí? ¿Para qué? Recordaba las gotas de las lágrimas caídas. Quizás el que escribía se había ahogado de la melancolía dura, y, sin haber encontrado palabras adecuadas, puso los puntos. Podría ser otra cosa-sólo no quiso continuar el soldado, todos sus sentimientos se habian metido en aquellas palabras: «te echo de menod».
A Aklimá que recibió la carta, todo empezó a balancear ante los ojos. Hacía cuatro años que su único hijo Kasym se había ido al frente. Cada día el corazón de la madre, cubierto de heridas por la alarma, se estremecía ante cada noticia del frente, como las cuerdas tendidas de dromba al soplo menor del vientecillo. Hacía dos años que había llegado la última noticia — el aviso de la muerte de Kasym. Hasta ahora estaba en el fondo del cajón, y hasta ahora la esperanza no dejaba de llamar a la puerta del corazón de la madre: «Volverá, llegará vivo».
Llegó el cartero, trajo una carta. Una carta con la estampilla de los correos de campo.
— ¡Nurilá! ¡Cariño! ¡Ve aquí, más pronto! — gritó Aklimá, saliendo de prisa a la terraza.
Aquellos días las personas se acercaban rápidamente una con otra. Era que una noche los aproximaba para toda la vida. Aklimá había trabado amistad con una vecina joven recientemente, encontraron intereses comunes, ayudaban una a otra.
Tan pronto que Nurilá salió corriendo a la terraza, vió la cara triste de Aklimá y la carta en su mano, lo comprendió todo y sin  preguntar de nada saltó con destreza a través de la barrera que dividía la terraza en dos partes.
Su cara empezó a bermejear por un lijero sonroseo. Tomó la carta de las manos de Aklimá.
— ¡Pero no llores por favor! — pronunció. — Porque no voy a leerlo... ¡Es una alegría, apa!
La hizo a Aklimá sonreír, pero, al leer las palabras «te echo de menos» tropezó, por la agitación le temblaban las manos.

Una vena azul empezó a temblar sobre su cuello, y las lágrimas velaron sus ojos hermosos negros. Una melancolía infinita del soldado desencadenaba en la carta, como una cascada rápida que cae de la altura. Para expresar sus sentimientos él encontraba tales palabras que no era en las fuerzas de Nurilá leer la carta en voz alta.  Recorrió con los ojos la primera página, la volvió y continuó ya en voz alta:
«Mamá. Envié la primera carta a la estación de Agadyr. Pensaba que ya habías vuelto allí... Pero me alegro de que estés en Karagandá...»
— ¡Espera, espera! — se desconcertó Aklimá. — ¿Qué estación? ¿Qué Agadyr?
Nurilá seguía leyendo:
«¿Mamá, claro que preguntarás por qué pasa así? Te lo contaré después. Escucha ahora, mamá».
Aklímá escuchaba. Estaba viviendo de cada palabra de la carta, de cada entonación de la voz de Nurilá, seguía cada movimiento de la chica. Los ojos de Aklimá que no habían perdido el atractivo de antes, reflejaban todos sus emociones y  pensamientos. Aquellos ojos se calentaban del amor al hijo, se aumentaban por el miedo por él, se fruncían del alivio.
«Mamá, — escribía el soldado, — En esta guerra he caminado dos mil cuarenta y nueve kilómetros. Lo que quiero contarte me ha pasado en en los últimos cuarenta y nueve... Si no me falla la lmemoria, aquel día cumpliste justamente cuarenta y nueve años. ¡Qué coincidencia! Perdóname que no te haya deseado feliz cumpleaños... La carta se quedó en mi bolsillo de pecho, no conseguí enviarla».
— ¿¡De veras se ha  olvidado que ahora tengo cuarenta y cuatro?! — Con una ofensa y amargura exclamó a la madre. ¡Ay,Kasym, Kasym!
«En la guerra, mamá, — seguía leyendo Nurilá, — cuarenta y nueve kilómetros no es una distancia tan grande, y además para nosotros,  tanquistas. Pero a veces un kilómetro te hace parar por mucho tiempo. Aquí me he parado. He caminado tanto, pero no he onsiguido llegar hasta Berlín».
La voz de Nurilá se estremeció de un presentimiento ridículo, al instante interrumpió la lectura, y Aklimá la miró con esperanza: «¿Qué le ha pasado, qué le ha impedido?»
«Mamá, yo sé que tú sabes afrontar la alegría y la pena heroicamente. Recuerdo que así era antes.Por eso escucha sin miedo, ya que soy dado a luz por tí, soy tu hijo «.
— Ah, Kasym, Kasym, — ha suspirado penosamente Aklimá.
«Lo recuerdo todo muy bien, — leía Nurilá. EAquello era mi última noche en la posición avanzada. Tres días y tres noches sin sueño ni  descanso estábamos al orillo del ríó y no podíamos forzarla de ningún modo. La orilla opuesta ceñida por las alambradas, los guardacantones antitanques, los campos de minas y fortines, nos cerraba de cortina de fuego. Los alemanes batían y batían de los armas por nuestras posiciones, granadas estallaban por todas partes, el río hervía de las explosiones. El río era estrecho, superficial, y no era difícil hacer un pasadero.Así pasábamos la tercera noche. Holía la chamusquina. Centelleaban en el este las estrellas raras. Nubes bajas, espesas, de plomo, levantandose por el horizonte, cubrían el cielo. Las posiciones enemigas se sumían poco a poco en la oscuridad. No recuerdosi se había dispersado aquella oscuridad o no. Y no era  el asunto. Era necesario derribar en todos los sentidos  a los alemanes de las posiciones reforzadas. Y allí no se abstendrían contra nosotros. Todos pensábamos así.
Recuerdo como llegó el jefe de la división, el coronel Revizov, un hombre de espaldas anchas, fuerte. Por la noche parecía un gigante. Pasó a lo largo del régimen de los tanquistas con paso lento. Estábamos puestos en filas, esperábamos y sentíamos ya que algo pasaría, habría recibido una orden muy importante, eaquello se notaba en la cara del jefe, y los oficiales menores que habían llegado con el coronel se comportan inquieto. Y bien, se paró Revizov en medio del régimen y empezó a hablar. Tranquilamente, sin subir la voz, como un amigo cercano nuestro. Y los soldados respetan tal conversación.
— ¡Compañeros, vamos a aconsejarnos! — dijo el coronel. — Hemos recibido una tarea responsable. Hablando en franco, al que lo cumplirá, no quiero prometer órdenes ni títulos. Los tenéis mucho, y por lo que se tiene que hacer es difícil de inventar un premio digno... En una palabra, qué pensáis: ¿acaso no es la hora de desplazarnos a aquella orilla?
Estábamos en silencio, y el coronel nos miraba con la mirada escrutadora, y me parecía que él leía nuestros pensamientos.
— No hemos conseguido pasar de camino. Hemos perdido mucho tiempo. ¿Así pensáis? — nos preguntó Revizov. — Es justo... Lo sé... ¡Hay que ir adelante igualmente!
Aquellas palabras eran dichas amistosamente, tranquilamente, sin énfasis falso, sin juramento y las amenazas, no sonaban como
una orden, y ya que a los soldados que habían añorado el calor de la casa paterna, que se habían cansado de los gritos y las órdenes, una buena palabra del jefe era la más preciosa.
Y la salida fue encontrada: en los tanques con velocidad máxima intentar pasar por el fondo del río a aquella orilla y establecernos allí.
Cinco jefes marcharon adelante. Yo estaba entre ellos.
Íbamos callando después a los coches, calculando mentalmente la distancia, que tieníamos que pasar bajo el agua, tratando imaginar las barreras, que podrían encontrarse allí. Los exploradores-buzos no ocultaban que el enemigo había tratado de transformar el fondo del río en un límite inabordable: había arrojado guardacantones de hormigón armado, nudos de alambre. Allí no ayudaría la sinrazón, era necesario allí un cálculo razonable, una firmeza y un valor. ¡Que no tropezáramos con las minas submarinas, que no nos quedáramos en el limo, que no consiguiera el agua inundar el motor, y que no bastara el aire! pues nos encopntraríamos como unos peces en una red fuerte.
Formamos una fila con los compañeros, nos dimos un apretón de manos con fuerza, miramos callando a la superficie oscura del agua despeinada por las rupturas de los proyectiles. Los alemanes, temiendo nuestra llegada, no cesaban el fuego por la noche. Y he pensado sobre: “Adiós, mamá, si no nos veremos más”.
¡Pero no mamá! ¡No! ¡No he dicho "adiós"! Este pensamiento maldito se me había ocurrido algunas veces, pero la echaba fuera. No quería despedirme ni del humo de las locomotoras que llevaban el carbón de las minas negras de Karagandá... Recordaba todo el tiempo de ti... Pensaba así: tomaré conmigo la carta, que por la mañana te había escrito. Lo tomaré a aquella orilla, y mañana atribuiré dos palabras "estoy sano y salvo" y enviaré. ¡Oh, mamá! Resultó que entre el número de hoy y de mañana, entre aquella noche, cuando iba al último combate, y estos minutos había toda una eternidad...”
Las dos mujeres comprendían el sentido escondido de aquellas palabras y no se atrevían a levantar una a otra los ojos llenos de El pelo castaño claro de Nurilá flojamente prendido con alfileres en la nuca, se dispersaron por los hombros.
— ¿Que tienes, chica? ¿Estás llorando? — preguntó silenciosamente Aklimá, su voz temblaba de emoción.
— No, apa... Usted tiene un hijo así , no se puede llorar — respondió Nurilá y trató de sonreír, pero el temblor en su voz reveló su agitación. Seguía leyendo:
“Y aquí empezó, mamá. El tanque pesado nuestro se sumergió a toda velocidad en el agua. Corríamos, zambullendo en unos hoyos, levantándonos. El estrépito ensordecedor de los motores se hacía más silenciosamente. Los compañeros no quitaban las miradas de los aparatos. Yo daba las órdenes:
— Ten directamente... A la izquierda... Estrecha en línea recta... A la derecha...
Temblaban a menudo ante mí las agujas del cronómetro, como las alas de una mariposa helada. Dos segundos pasaron. Dos y media. Tres. En aquel momento por primera vez en la vida comprendí que es la parte del segundo, — toda una eternidad, en que es posible dar una vuelta alrededor de todo el globo terrestre. Me parecía que todo estaba pasando en un sueño. Un sentimiento incomprensible de la indiferencia encadenaba los movimientos. El olor de la humedad cosquilleaba las ventanas. El agua en el tanque ya estaba a nivel hasta la rodilla. ¡Que no se parara el motor! El agua se agitó de repente, se nos subió por el pecho y empezó a disminuir rápidamente. Comprendimos que habíamos saltado a la orilla opuesta.
Nuestro tanque iba el segundo, iban detrás tres coches más. Quien de ellos había forzaba el río, y quien no, hasta ahora me es desconocido. Entonces no tenía tiempo de comprobar. Frente a nosotros estaban los alemanes, detrás, nuestro ejército, que esperaba la hora, esperaban el comienzo del ataque.
— ¡Adelante! — le grité al conductor. ¡ no bajes la velocidad!
Y corrimos... Las llamaradas de las rupturas arrancaban de la oscuridad las alambradas destruidas, los guardacantones, a los soldados alemanes agitados.
— ¡Fuego! — grito al fusilero.
Y por la coraza del tanque arañaban ya las balas y los trozos. Estábamos en la raya de fuego. Nuestro tirador, Petya Chernov, no dejaba de batir por los alemanes. El sudor corría con arroyos por su cara. Y el conductor, Rahim Sarybasov, echa el tanque en el poso de los soldados alemanes que huían en el pánico de nosotros, Rahim se volvió a mí, sus ojos estrechos negros brillaban.
— ¡Kolya!, le grito a Nikolay Sorokin, el radiotelegrafista. ¿Cómo estamos allí? ¿Se ha marchado la infantería?
Cabeceó negativamente. Sí, tal vez, todavía le era temprano pasar. ¡Pero había que hacerlo más rápido! ¡Adelante!
Nos profundizamos ya a diez kilómetros de la orilla. Es decir habíamos pasado dos mil cuarenta y nueve kilómetros, pensé. Recordé que hoy cumplías cuarenta y nueve años... Toqué el bolsillo de pecho. La carta estaba en su sitio.

Petya Chernov se vuelto a mi lado del cañón, quería decir algo , y al mismo instante el tanque se estremeció, olía al humo acre. CHernov con un gemido se cayó hacia abajo. Quería correr en socorro a él, pero algo helado, punzante me golpeó a la cara. Miré — en mi mano había sangre, mi sangre caliente.
— ¡Compañero jefe! — oigo la voz del radiotelegrafista. — la infantería pasa. La sección de los tiradores ya está a esta orilla... Él tropezó de repente y me gritado: — la Nariz... La Nariz...
Y le indiqué a Chernov. De repente dentro del tanque se inflamó la llama. Y lo primero que me subió a la cabeza era la carta. La carta, que no había conseguido enviarte, se quenaría en mi bolsillo. La sangre inundaba mi cara, yo quería enjugarme con la manga de la guerrera, pero la ropa se inflamó sobre mi cuerpo... Traté de apagarla, quería llegar a la escotilla, abrirlo y salir afuera, pero algo pesado y agudo me golpeó por los pies, sentí que caigo impetuosamente en un abismo negro, del que puedo no levantarme ya... Eso es todo. Que pasó después conmigo — no sé. Me  desperté en seis meses y diez días...»
A Nurilá que estaba leyendo la carta a pie, se le tumbaron de repente los pies, y se agarró de la pared para no caerse. Las hojas de la carta cayeron de sus manos, dispersando por el suelo. Aklimá no encontró las fuerzas para inclinarse y levantarlos. Una bola amarga  rodó a la garganta y le impedía respirar.
Y cerca de la terraza estaban y escuchaban chicuelos sucios que acababan de volver de la escuela. Uno de ellos tenía sobre la cabeza un gorro grande de su padre, y en la mano, una bolsa.
— ¿Has comprendido cómo hay que batirles a los fascistas? — preguntó a su compañero. — ya lo sé. El papá me ha explicado... ¡Al principio hay que pasar al reverso, y después — ¡Paf! ¡Y golpear!
Él quería mostrar cómo hay que golpear, se agitó, pero su compañero se coló rá`pido a un lado, y el mocito del gorro, al perder el equilibrio, cayó a plomo a la tierra. Los libros que estaban en su bolsa, se dispersaron... Otro chico, sin perder tiempo, se sentó a su pecho, tapándole la boca con una mano.
— Y después... ¡Una vez más — paf! — condenaba el chico. Atarle la boca a este alemán y llevarlo al jefe!
Jugaban en la guerra. Y sobre la terraza estaban dos mujeres conmovidas por la verdad más terrible de la guerra presente.
— Lee, Nurilá. ¡Léelo todo, hasta el fin! — pronunció a fuerzas Aklimá, deseando beber hasta el fin el vaso infinito de la pena. Y Nurilá empezó a leer:
«Lo primero que entendí al despertarme fue que tenía las manos salvas. Me  alegré. Todos los diez dedos se habían conservado por completo. Se abrazaban uno con otro, como amigos viejos después de una separación larga. ¿Dónde estoy? ¿Qué me había pasado? ¿Por qué es tan oscuro alrededor, tanto  silencio? Quizás sea la noche... ¡Sí, sí! La noche, pensaba yo. La misma noche, cuando se había encendido el tanque. Pero quizás no se haya encendido. ¡Puede ser que simplemente me haya dormido entonces, y todo lo que había pasado, había sido un sueño, una multitud de sueños pesados! Palpo con las manos el pecho... Está salvo... El corazón late. Apoyando una a otra, las manos se mueven hacia la cabeza... Aquí están los labios. Los labios y los dientes están salvos... Aquí está la nariz. Pero en vez de la nariz los dedos han encontrado una venda suave, y bajo ella, como un plomo fundido, — el dolor. ¿Y mis pies? Siento que la cadera izquierda enmudece, y en los dedos del pie derecho hay un  dolor. Las manos se deslizaron hacia abajo y... No encontraron pies. En vez de ellos habían unos tocones .
Perdí la conciencia, y cuando me recobré de nuevo, había el mismo silencio, el mismo catre suave y había manos de alguien que cambiaban la venda sobre mi cabeza.
— ¡Escuchen! ¿Qué hora es? — pregunté.
Nadie respondió. Pregunté de nuevo, pero no oí la voz. ¿Que ha pasado — me he quedado sordo o mudo? Levanté la mano. Entonces la voz de alguien cerca de más mi oreja pronunció apenas audible:
"Tranquilícese. Usted está salvado y a a vivir. Usted está en Saratov, en el hospital. En unos dos meses Usted empezará a caminar. ¿Está claro? — La voz de la persona me repitió repetido todo una vez más.
Sí, yo entendí: viviría, caminaría. Pero dos meses sin embargo no me han sido bastantes para levantarme de la cama. Ahora podía contar días, semanas, meses... Ha pasado un medio año desde aquel minuto que me he recobré, y no he podido todavía levantarme de la cama. Recuperaba poco a poco mivista, a fuerzas y poco a poco empecé a hablar, los cirujanos del hospital me han recuperado la nariz. Pero tengo miedo a una cosa siempre: no me conocerán los amigos-compañeros.
Mi cara está desfigurada, no tengo pies... No me decidía a escribirte durante mucho tiempo sobre todo esto, mamá, querida.
Pero quiero vivir... Ya que mis manos están salvas, el corazón late. Significa, no todo está perdido aún.
Mamá, puedo escribir. Que palabra más hermosa es esa - "puedo". ¡Qué felicidad más grande es escribir! En la frente cantaba a menudo una canción. Las palabras no las recuerdo ya el motivo no recuerdo. Pero aquello eran mis palabras y mi motivo. Son buenos o son malos para los demás, no lo sé. Sé otra cosa: algo grande siempre se levantaba dentro de mí, como si nadara por un mar infitino o estuviera en la cima de una montaña alta. Me olvidaba de todas las penas, el abatimiento, el miedo, la malicia. Cantaba... ¿Y por qué no cantar ahora? ¿Por qué? Que vuelan al cielo las palabras de mi canción, como unos pajarillos con las alas no restablecidas. ¡Ya que no en seguida, pero sin embargo aprenderán a volar!
Y último, mamá. Ahora, cuando estás leyendo esta carta, estoy en un balneario. Aprendo a caminar conlas prótesis. Los tocones de los pies me duelen. Pero igual caminaré. ¡Voy a caminar!
Espero tu carta. Tan pronto como lo recibo, saldré a Karagandá. Espero nuestra cita, espero que me abraces fuerte. Tu hijo, Sapar «.
— ¿Sapar?! — gritó Aklimá. ¿— Quién? ¿Cual Sapar? ¿Quizás Kasym, querías decir?
— No. — Nurilá se desconcertó no menos que Aklimá. — está escrito aquí claramente: Sa... apar...
— ¿Sa-a-a apar? — expiró Aklimá, enderezando. Se ha tranquilizado el corazón... ¡No es él!
No podía ocultar la alegría: estos sufrimientos sobrehumanos no habían tocado a su hijo; ¡otro, ajeno, en absoluto desconocido por ella se había quedado al mutilado, pero no era Kasym, no él! Aklimá con ojos aclarados miró a Nurilá y se estremeció. La chica se cambió tanto que no la conocería su propia madre. Se bajó, se encorvó, hasta el vestido de seda roja oscura con florecitas azules, que caía bien a su cuerpo  delgado, parecía arrugado, como si estuviera marchito. Todo el peso de los sufrimientos del soldado pertenecía ahora a ella sóla. En su mirada que se había parado en la cara de Aklimá, había una sorpresa y un reproche.
A Aklimá le daba vergüenza su alegría efímera,
— Él,  probablemente, quería tanto a su madre, — dijo más bien a sí misma que a Nurilá, y en su voz comenzó a sonar una preocupación secreta maternal.
— ¡Sí! — exclamó la chica. — ya que la encontré. Vivía aquí, en esta habitación, donde ahora vive Usted …
Y Nurilá le contó todo lo que sabía. A tiempo de la guerra, cuando ella, al regresar del instituto, llegó a Karagandá, el caso la juntó con Sapar y su madre. Una vez Nurilá volvía a casa después de la reunión. Era la noche. De repente delante de la chica corrió una persona desnuda. ¡En invierno en Karagandá vió a una persona que corría en sólos calzoncillos por el frío! Claro que Nurilá se asustó. Se echó a la casa y en la terraza a la vecina, la tía de Ulbalá, vió a una persona que se estaba poniendo la guerrera. Por la mañana, cuando Nurilá iendo al trabajo salió de casa, encontró a un teniente joven, gallardo, con pestañas espesas y pelo negro, peinado hacia atrás.
— Hermanita, —dijo él, sonriendo. — le asusté, parece, ayer... Perdóneme Usted... Cada tarde me froto con la nieve. No quería asustarle. ¡Palabra de honor!
Aquello era su único encuentro. Por la tarde el teniente joven salió al frente. Pero se había quedado grabado en la memoria de Nurilá para mucho tiempo. Después llegó a saber de Ulbalá que era su hijo que llamaba Sapar. En dos años Ulbala murió, y en su habitación se estableció Aklimá. Eso era todo lo que podía contar Nurilá.
Y de nuevo en el alma de Aklimá empezaron a sonar precisamente las palabras de la carta, la fuerte voz lejana y del soldado. ¡Qué claro era para ella! ¿Pero qué hacer? ¿Cómo podía ayudarle a Sapar? ¿Cómo podía escribirle que nunca las manos maternales no acariciarían su cabeza de soldado cubierta de heridas que no oiría nunca la voz de su madre?
— Nurkesh, — dijo Aklimá indecisa. — Y si yo.... Si lo llamo... Y bien, le escribiré en nombre de la madre... Llega, hijo, diré... ¿Que será, Nurkesh? Ya que ahora yo sé: mi Kasym no volverá...
Nurilá no le respondió nada. Solo levantó sus ojos castaños grandes, que se habían llenado con lágrimas, sólo agarró la mano de Aklimá y la apretó con fuerza.
El mismo día voló de Karagandá el telegrama a Sapar:
«Llega, hijo, te espero. Mamá».
Y Aklimá empezó a esperar. ¡Pero no al inválido Sapar, no! Los hombres como no se hacen nunca inválidos que piensan solamente en las desgracias, en el triste destino suyo...
Cada avión que pasaba sobre su casa, hacía latir más fuerte su corazón de madre. ¿Quizás llegue él, su hijo, el soldado, su Sapar?

1943



A LAS VEINTE Y CUATRO
(UN CUENTO DE ARAL)
Uzún Kulák — «oreja larga» de la estepa, mejor dicho, una cadena de la boca y las orejas, que comunica las novedades, — trabaja más impecable que un telégrafo. Telegramas pueden retrasar, puede llegar tarde el tren o, digamos, un autorizado. Uzún Kulák no lo sabe. Al llegar a Orenburgo una ley, orden o noticia de algún acontecimiento importante , después el Jabar será cogido y volará por los vastos espacios de las estepas kazajas. A veces  Orenburgo mismo no sabe nada, y Jabar corre ya por la estepa sobre los camellos y los caballos, lleva la noticia directamente de Moscú, o aún de París o Londrés.
Y aquella vez, como siempre, Uzún Kulak  comunicó la novedad con  Tamarshá. ¿Adónde se fue el dzhigito? Simplemente a Kazalinsk. Al mismo Kazalinsk donde las casas son como cuevas grises,  que se han arrastrado por el cinturón en la humedad, — miran una a otra sorprendidas con  ojos  de las ventanas y puertas que no se cierran. A Kazalinsk, donde de los tubos siempre se tira el humo, como una caravana de camellos que va por la estepa. Y detrás de la caravana corren también camellitos— el velo de la multitud de tubos de samovares. La noticia que esta vez la trajo Tamarshá, no se metía en las cabezas de los llaneros:
— ¡Lenin! ¡El mismo Lenin ha escrito una carta a los pescadores de Aral!
En el centro de la choza de artel, redondo como una yurta y puesta de alguna manera de los pedazos de la saxaúl y las vergas de jinquil ardía el fuego. Alrededor de la hoguera estaba sentada gente, aquello era el artel que se ocupaba de la caza de pez y el acopio del combustible para las locomotoras. La gente con una desconfianza miraban a Tamarshá. Y el mensajero estaba sonriendo, a veces feliz, a veces perplejo.

— ¿Quién nos ha escrito? ¿Lenin mismo?
— ¡Sí, Lenin! Personalmente nos ha enviado la carta. Un saludo a los pescadores de Aral.
Al mayor de los miembros de artel toro corrido, Eslamkul, se le empezaron a temblar los bigotes raros. Los ojos se le convirtieron en hendiduras triangulares.
— Ya ves, chico — dijo — no se puede bromear así, si no quieres que peguemos. ¿Está claro?
Y Eslamkul se puso a fuñicar en la hoguera con un palo largo — el arma del camellero. La llama subió volando y echó unos millones de chispas.
— ¡Anda, Eseke!, — dijo Tamarshá, — ¿quién se permitirá bromear? Aquí está la carta de Lenin. — él sacó la hoja de papel gris de envolver, puesta en ocho veces, y la tendió a Eslamkul.
El toro corrido no movió
— Léelo, — ordenó
— Está escrito en ruso. No lo leeremos...
Los dos se fijaron confundidos al papel. Alguien de los miembros de artel tosió, conteniendo la risita. ¡Y aquí Eslamkul — ¡algo se le había ocurrido! — arrebató el papel de las manos de Tamarshá. Lo examinó con facial y el reverso:
— ¡Que le trague la tierra a aquel dios que te nos ha mandado en los jefes! ¡El tonto, ya que el papel es de Kazalinsk! El mismo en que envuelven melones curados. ¿Piensas que Lenin no encontraría una hoja el papel blanco?
La hoja se en redondo, de manos a manos.
— ¡Cierto, es papel de Kazalinsk! — comenzaron a hablar los miembros de artel. — y el alquitrán sobre las letras no se ha secado — sólo en Kazalinske imprimen así.
Estaban dispuestos a burlarse de Tamarshá.
— ¿Eh, Tamarshá, acaso Lenin ha legado a nuestro Kazalinsk? ¿No has tragado en el tren algo como la cerveza?
La cara morena de Tamarshá se enrojecía poco a poco, se hizo purpúrea. ¿Realmente, cómo es que no había reconocido papel de Kazalinsk? Tamarshá dijo perplejamente:
— Aquí les he traído el té-mayo. Y además harina crujiente...Voy a traerlos...
Y salió corriendo de la choza.
El nombre verdadero de Tamarshá era en realidad Zhangabyl. Pero él era excepcionalmente bajo de altura, y además hacía dos años que ya traía tamarshá - leña muy cortada para el fogón de las locomotoras de la saxaul y jiguil. Así le nombraron Tamarshá al dzhigito, nombre real habían olvidado por completo.
Aquellos años difíciles la entrega del combustible para el transporte y los productos alimenticios para el pueblo estaba entre las preocupaciones más importantes del estado. Los kazajos que vivían por las orillas del Aral-mar en las cuevas, habiendo acoplado los arteles, preparaban el combustible para el ferrocarril y pescaban en el Aral-mar. Por aquel trabajo recibían todo que era la extrema necesidad: harina, té, azúcar, tabaco. El tabaco de Saratov era la joya de aquel tiempo. En los aúles que hacían una vida nómada lejos del ferrocarril, por dos baldosas del ladrillo de té se podría recibir al camello.

Tamarshá era como el caravana-bashá en el artel de siete personas, que aprovisionaba la saxaul y la jinguil y sobre veinte camellos llevaba el combustible al ferrocarril. Calculando exactamente, de aquellos siete miembros de artel  sólo catorce y tres décimo por ciento eran alfabetizados, es decir, justamente una persona - Tamarshá. Él escribía las palabras "el pud", "la libra", "el arshín", "el té", "el azúcar", "el tormento" casi sin faltas. Pero las palabras "la saxaul" y «la jinguil» no las conseguía escribir. Por eso se puede decir que la albabetización del mismo Tamarshá no era más alta de 14 por ciento. Pero con todo él sabía leer y escribir, y por eso Eslamkul, riéndose, lo llamaba a veces el jefe, lo que le ofendía mucho.
Hoy Tamarshá había ido a Kazalinsk a recibir en la administración todo lo  que debía recibir  al artel por el trabajo semanal. Él recibió allí dos pudes de harina, diez paquetes del tabaco, dos baldosas de té en tabletas, doce arshines de percal con los dibujos rojos-verdes-blancos, un saquito de azúcar a la arena y además, papeles moneda de unos mil y puede ser millones. Aquello era un brazado entero de dinero. Los tres billetes de un rublo eran imprimidos por cincuenta piezas sobre las hojas grandes no cortadas.
Tamarshá, que en seguida recibió tanta riqueza, quería aún conocer qué novedades habían pasado en el mundo — se debería traer algunas noticias para los miembros de artel de la ciudad del vólost! Escuchando todas las conversaciones que se podía oír, él llegó despacio hasta la última habitación del largo pasillo de la administración. La habitación estaba llena de gente, humo azul y voces roncas humanas. Cinco o seis personas discutían de algo alrededor de una mesa grande. Hacia aquella mesa se había hecho una cola con el fin en el pasillo. Por la costumbre de aquellos años, Tamarshá hizo la cola también.
— Tómalo y vete de aquí— hablaba cerca de la mesa un hombre en una cazadora de cuero negra y una visera de cuero, por lo visto, era un ruso. — Firma aquí. Para que no más tarde que mañana todos los pescadores lo sepan.

Le entregaba a cada uno algo parecido a la baldosa de ladrillo de té envuelto en el papel.
Tamarshá inequívocamente  determinó que lo que distribuía aquel hombre, salía gratis, había que firmar solamente. Decidió que no se podía dejar la cola, y llevó más cerca el saco con harina que le era hasta el codo.
Se acercó el turno de Tamarshá, se apoyó sobre la mesa del comisario Smilguin y tendió la mano al tintero.
— ¿De dónde has aparecido? — Le fijó los ojos Smilguin. ¡— Un saquero, un burgués!
— ¡No, dos veces no! El burgués no es así. ¿Conoces Aral-mar? ¡Mí pez coger, saxaúl llevar. Harina primera calidad, té, azúcar — saco!
Dio palmadas al saco. Luego resultó que en el seno tenía decena de los recibos de pago, los puso ante Smilguin.
— ¡Basta, basta, está claro! — lo paró el comisario. — esconde los recibos. Y te daré este papel. Es un papel muy bueno, es la carta de Lenin a los pescadores de Aral. ¿La carta para vosotros, está claro? ¡Tómala!
Así la carta de Lenin, multiplicada en la tipografía de Kazalinsk, había caído en manos de Tamarshá.
¡Qué orgullo! Recibió el papel junto con todos los jefes del volost. ¡Y no fue un papel simple, fue la carta de Lenin! ¡Cuando al volver a Aralsk Tamarshá llegó hacia la choza del artel, ni siquiera se quitó el saco y la silla de montar de la espalda del camello — quería dar la noticia más de prisa!
— ¡Lenin! ¡El mismo Lenin ha escrito la carta a los pescadores de Aral!.

Ahora, desatando el saco, no se apresuraba — se enfriaba, escogía las palabras para responder mejor a Eslamkul. Era difícil vencer la costumbre, nunca había contradicho al anciano. Ya que era su tío natal. ¡Pero el papel que había traído Tamarshá, realmente era carta de Lenin! «Ahora le diré tío y a los demáso: dejen de charlotear!»
Cuando Tamarshá arrastraba a la choza "el té-mayo" y "harina crujiente", uno de los miembros de artel estaba retazando del borde del papel de Kazalinsk una raya oblicua para hacer un cigarrillo. Al dejar dejado cerca de la entrada el saco y la pelliza, Tamarshá arrebató el papel de sus manos. Los bordes limpios de la carta ya habían sido descortezados de tres partes, y otros dos miembros de artel fumaban "los cigarrillos," doblados de aquel  papel. Tamarshá arrebató sus pitillos y los echó al fuego.

— Aquí tenéis el saco y la pelliza, están llenos de cosas, dividís. Tomaré mi parte la vez que viene. Ahora voy al aúl.
Y al apretar los labios, salió.
"El aúl", adonde se dirigió Tamarshá, era un poblado llamado Aralsk. Por parte de la estación entonces ya era parecido a un  rincón suburbano de una ciudad decente. Y a la orilla del mar, que entonces chapoteaba a las puertas de Aralsk, — allí se situaba un aúl verdadero, la ciudad de cuevas estrechamente apretadas. Cada uno sabía allí que pasaba en la casa del vecino, cada susurro era oído por todos. A Tamarshá le encontró una bandada de perros. Unos informaban alegremente al aúl que iba uno de los suyos, otros chillaban que iba un ajeno. Como se debía según las leyes más antiguas de la estepa, a la ladra de los perros salió corriendo la gente.
— ¿Eh, quién va por allí?
— ¡Soy yo, Tamarshá!
— ¡Quién sería si no Tamarshá! — se oía la risa de mujeres jóvenes. — entre dos gibas del camello sale solamente la cabeza. ¡Es único así!
— ¡Tamarshá! ¿Adónde te apresuras así de noche?
— Tengo una novedad importante. Lenin ha escrito la carta. A nosotros, los pescadores de Aral.
Tamarshá dirigió el camello al Soviet de poblado. Pero estaba cerrado. Entonces Tamarshá volvió al camello y fue al maestro de la escuela. Los perros con ladramos y pelea lo acompañaron hasta el patio del maestro. Aquí detrás del seto, el maestro Azhibay ordeñaba a su camella.
— ¡Assalamaleykum, buenos días!
— ¡Agaleykumassalam, Tamarshá! ¡Un momento, amigo, un momento!. Mi mujer ha dado a luz. Aquí estoy ordeñando yo mismo, por lo que ves. Ahora tiro una vez más, espera un minuto.
Antes un mollá, entonces el maestro de la escuela kazaja de dos grados, Azhibay seguía ordeñando. Al acabar le invitó a Tamarshá a casa.
— ¿Por favor, mollá-eke, dime, esta carta es de Lenin o es alguna otra cosa? Aclara, por favor.

Muy blando en la carta rusa, Azhibay examinaba mucho tiempo al acercarlo a la candileja. Después dijo:
— Es dicícil afirmar que la carta es de Lenin. Primero lo firmó la persona con el nombre de Ulyanov. La firma de Lenin cuesta segunda. Pero la firma está...
Leyó por las sílabas, aplicando el modo árabe de la lectura:
— Le-masle... Ni-nasni... Los non-gaseken... Lenin. Y lo que sigue, aconséjate con tu borde. Estamos en el tiempo así — sea mañana o sea la tarde... A mí no basta el valor profundizarme adelante en una escritura así...
Tamarshá se sonrió para su sayo: «¡ El Maestro, y hasta ahora no sabe lo que le es conocido a cualquier llanero iletrado!» Pero preguntó sin embargo:
— ¿No me explicará Usted nada?.
El maestro examinaba mucho tiempo la hoja, adaptando el modo de la lectura de la carta árabe al texto ruso. Ha pronunciado al fin:
— Correctamente. A los pescadores de Aral. Buenas palabras. He aquí está completamente malo... Sobre el Volga hay una hambre terrible, mortal, está escrito así. Después — una palabra, que no he encontrado no leído ni oído...
Era una pena mirar al maestro —estaba atormentado.
— «La so-li-da-ri-dad...» En general, esto significa algo parecido a los hermanos. «Ayudad a los que sufren hambre, repartad lo que podéis». — Y habiendo perdido las fuerzas definitivamente, le  devolvió la carta de Lenin a Tamarshá.
— Gracias, mollá-eke, he comprendido.
Tamarshá volvió a casa a verla a su madre. Pero resultó que su cueva estaba llena de gente. Los que no se habían encontrado lugar en la casa, se agolpaban en el patio rodeado por el seto. La viejecita hoy tenía un toy. «Tu hijo ha recibido la carta del mismo Lenin», — le había dicho la gente. Claro, había que obsequiar. De los tazones, rotos y apretados por anillos de hojalata, los ancianos tomaban té por turno. Los jóvenes que estaban más cerca a la puerta, fumaban el tabaco de ña dueña. La madre estba llorando, las claras lágrimas de la alegría corrían por su cara por encima de la sonrisa. La viejecita pedía al Alá que protegiera al hijo del ojo malo y de la palabra mala. La mujer de Eslamkul lloraba junto con la madre de Tamarshá. ¡Ah, ya que le había hecho trabajar a Tamarshá tan a menudo, y a veces lo había regñado, y hasta con las palabras malas! ¿Y dónde está Eslamkul? ¿De veras que no ha llegado por su carácter abrupto?
Las mujeres jóvenes y las chicas, que muy a menudo se habían burlado de Tamarshá, ahora se sentían incómodas.
— Y bien, Tamarshá, siétate con nosotros, explica que escribe Lenin.
Tamarshá se ha sentado cerca de la madre y con convicción, como si leyendo la carta, empezó a explicar:
— Lenin a todos los pescadores envia la reverencia. ¡A los niños y los ancianos, los chicos y las chicas— a Ustedes!
- ¡Gracias a él! ¡Que le dé el Dios la salud!
— Mis queridos pescadores de Aral, — escribe Lenin, — sus redes son tan pesadas del pez que oir los caballos los sacáis apenas a la orilla. Se alegramos cada vez, cuando oímos sobre esto...
— Una santa verdad, lo ve todo la gran persona...
— Resulta queél sabe que por dos camellos otra vez sacamos apenas la red...
— ¿Y está escrito así  - queridos?
— Sí, así está escrito-sí, así está escrito. Y los del río Volga, amigos, ahora pasan el hambre. Sufren hambre sus hermanos, que a ustedes les ayudaban a derribar al zar, les liberaban de la banda blanca, de de Alazhordín. Lo que sus manos encallecidas generosas pueden darles hoy, el poder Soviético le devolverá repetidamente, no lo olvidará.
- ¡Oybay, querido Tamarshá, respóndele a Lenin, responde! Como se llama esta pieza — con el relámpago responde. Que el relámpago llevará la respuesta. Brilla una vez — y la respuesta estará en la mesa de Lenin.
— ¡Daremos todo lo que es tenemos!  -sí, así está escrito. Y los del río Volga, amigos, ahora pasan el hambre. Sufren hambre sus hermanos, que a ustedes les ayudaban a derribar al zar, les liberaban de la banda blanca, de de Alazhordín. Lo que sus manos encallecidas generosas pueden darles hoy, el poder Soviético le devolverá repetidamente, no lo olvidará.
- ¡Oybay, querido Tamarshá, respóndele a Lenin, responde! Como se llama esta pieza — con el relámpago responde. Que el relámpago llevará la respuesta. Brilla una vez — y la respuesta estará en la mesa de Lenin.
— ¡Daremos todo lo que es tenemos! ¡Daremos más que pide Lenin!
Los pescadores no dormían toda la noche. En la lengua materna, a vecez próximas a la fantasía, las palabras de Tamarshá daban en el blanco directamente, en el corazón. A las gente se les hacía fácil y estaba feliz. ¿Acaso el zar o hasta el starshiná de su aúl se habían dirigido a ellos alguna vez como a las personas?
¿Desde la desembocadura del Volga hasta China se ha arrastrado el pueblo, el nombre al que es los kazajos, pero quien les consideraba un pueblo? Les habían quitado hasta el nombre del "kazajo". ¡He aquí Lenin les ha escrito — "hermanos"! La estepa kazaja, que en pasado les pertenecía ahora estaba entregada al fin al pueblo, que vivía en ella. Lo que durante los siglos se acumulaba en el alma de la persona laboral como un pábilo en el perol, ahora se había derretido.
La carta de Lenin se convertió en canciones y comenzó a sonar sobre las cuerdas de dombra. Y a la mañana la leyenda sobre la carta de Lenin a los pescadores de Aral sonaba ya lejos de Aral sobre los vastos espacios de Kazajistán. Junto con la leyenda se difundió por las estepas también el nombre de Tamarshá.
Al mediodía a la orilla del mar se había estirado la gente. Hombres y mujeres, chiquillería, vieejos y viejas se habín reunido sobre una alta trenza arenosa. Todos estaban vestidos de manera festiva. Quien tenía camello bueno o caballo, los mostraba. Aquello era una reunión de Lenin, la gente hablaba solemnemente y caliente. Dictaban la carta — la respuesta de los pescadores a Lenin.
— Está aquí ante nosotros, juega y chapotea nuestro Aral-mar, un kazán de plata, lleno de pez. Los peces grandes van aquí en la profundidad — brillan, como caballos jóvenes en primavera. Y cuando comiencen a jugar, el mar ya no los cabe, y el sazán dorado con el lucioperca plateado saltan а la orilla. Si dos peces no rellenen el perol, no los cogemos, los echamos atrás al mar... ¡Primero escribidle a Lenin sobre esto!
— ¡Queridos hermanos de Volga que sufren hambre! Aral lo dará todo a vosotros! ¡No nos degen en paz hasta que no han enriquecido y saciado! ¡No peden sino ordenen! Así se dice en la carta de nuestro Lenin, así será. Nuestras palmas callosas son generosas, esperen con cada tren el pez de Aral. Es una pena que vivamos lejos uno del otro, porque haríamos el Aral-mar mismo trasladarse más cerca a su aúl..." Segundo escribid sobre esto a Lenin.
— Según su orden, querido Lenin, hemos echado a los fabricantes de pez y hemos creado arteles. Podríamos enviar cada día cinco mil de pudes del pez, pero tenemos barcos malos. Son como botas viejas de los abuelos — si tocan por la nariz el agua, inmediatamente la tragan. Y para repararlos, no tenemos nada... Tercero escribid esto a Lenin.
De todas esas palabras expresadas por el corazón era compuesto el telegrama a Lenin. La enviaron aquel mismo día.
Era una noche otoñal fría. A la luz de la luna llena brillaba el curso de mar, y por aquel espejo rodaban los terraplenes raros y lentos, oscuros, de plomo. Sobre la lengua de tierra cerca las mujeres enhilaban el pez al bramante. A pesar de la hora avanzada, nadie dormía — jugaban los niños, peleaban los perros, hervían los samovares.
El pez curado y ahumado los hombres lo llevaban sobre los camellos al ferrocarril, lo cargaban en los coches. Iban a enviar hasta la  mañana veinte coches de pez, salado y ahumado, pero  bastaría, por lo visto sólo a catorce-quince.
— ¡Que esto sea la primera nuestra golosina a Iliich Lenin! — como si se justificaran los pescadores uno ante otro.  ¡Comenzará el invierno, el mar cerca de las orillas se helará y pondremos las montañas del pez sobre el hielo!
Se elevó alto en aquellos días la autoridad de Tamarshá. Cuando se acercó el tiempo de enviar el pez, él detuvo el transporte del combustible y trajo a todos veinte camellos a la lengua de agua. Tan pronto como Tamarshá apareció, él pareció a la gente un autorizado del Lenin. Se hacía como un jefe de la brigada de todos los pescadores. A su nombre habitual se añadió un valedero "el compañero". Si algo no salía bien, la gente se dirigía a él:
— El compañero Tamarshá, el bramante no basta.
— Corre a la tienda, — ordenaba Tamarshá, — que Fayrahman abre la tienda.
— ¿Decir que el compañero Tamarshá mismo ha ordenado?
— Di lo que quieras pero que el bramante haya...
— ¡El compañero Tamarshá! ¿Catorce coches son cargados hasta el techo, el pez se quedó para un medio coche, qué vamos a hacer? — preguntó el tío Eslamkul a Tamarshi, aunque trabajaban juntos, codo con codo.
Tamarshá se sonrió:
— Que se quede. No me gusta nada parcial. Enviaremos la próxima vez.
Y los coches se fueron.
— ¡Moscú, el Kremlin! ¡A Lenin!. detrás del tren gritaban con alegría los pescadores.

Comenzó el frío. Los golfos superficiales de mar se helaron. Y en seguida sobre el hielo aparecieron primeras pilas del pescado congelado. En poco tiempo después de las pilas creció una ciudad entera con decenas de pasos y callecitas. Por el montón estaba el pez recién recogido.
Hoy Tamarshá vuelve de nuevo de Kazalinsk. Y de nuevo con él está la palabra de Lenin a los pescadores. Esta vez lleva la vez dos octavillas imprimidas en las lenguas rusa y kazaja.
En ruso Tamarshá no leía. He aquí el texto kazajo de la orden él había desmontado todo aun en cancel del coche mercantil y ahora, habiendo transbordado el camello, balanceando de lado a lado, repite las palabras de esta orden asombrosa:
«Al compañero Lem Non Kritsmanu, — dos letras que están ante el apellido de esta persona, Tamarshá ha leído en árabe: — el Compañero Lem Non Kritsman... A las veinte cuatro...»
Entre las altas gibas del camello blanco está visible realmente solo la cabeza de Tamarshá. En el ritmo al movimiento de los pies del barco de las estepas empiezan a balancearse las orejas de dueño leporino malajay. Los labios de Tamarshá repiten: «al Compañero Lem Non Kritsman... A las veinte cuatro...»
Cuando el andarín estepario con Tamarshá entre las gibas apareció en el aúl de Aral, la gente se echó de nuevo al encuentro:
— ¿Qué, el compañero Tamarshá, de nuevo hay novedades?
— Sí, compañeros pescadores. Es de Lenin. Otra vez de Lenin. Reunidos  en la administración del aúl, oiréis.
El presidente del Soviet de poblado — un poco petimetre, bastante acomodadizo, bastante competente, en parte parecido alviejo starshiná de aúl  y sólo en parte — al presidente del Consejo, vestido casi a la manera de la ciudad — sobre la cabeza llevaba una tubeteica negra, — estaba en el gabinete, sin saber qué hacer por la tarde. No le gustó nada Tamarshá que sin permiso había entrado rápidamente en el gabinete.
— ¿Qué ha pasado que irrumpes así sin demanda?
— Tengo una orden de Lenin, — le respondió Tamarshá.
— Si hay una orden, él llegará ante todo al Consejo. ¿Te has chiflado que corres así sin asunto?
— La orden es muy urgente, compañero presidente.
— Y bien, si es urgente, cumplimos a por renglones,
— No, el compañero presidente, escúchelo Usted primero.
Y Tamarshá le puso todo lo que había recordado de auella orden:
— «Al Compañero Lem Non Kritsman... A las veinte cuatro examinen la demanda para seis mares de Aral de para reparación de barcos magistrales a dos excavadoras... Y además a cuatro... Y en las máquinas de torno y fresadora». Aquí. En el ruso y el kazajo. La orden de Lenin. Tomen.
Él pueso la orden ante el presidente del consejo del aúl. Aquel ha reflexionado: «¿Que quiere el Tamarshá ese? Quizá quiera hacerse el presidente de la administración de aúl..» Pero a la orden de Lenin no se puede quedarse indiferente.
— Bien, el compañero Tamarshá, — dijo él. — la orden recibiremos con seguridad, si no hoy, mañana seguro. Recogeremos al pueblo, anunciaremos. ¿Y bien, y qué tal estáis vosotros?.
En aquel momento detrás de la puerta han comenzado a patalear los pescadores. En las botas kazajas  de goma y kazajas blancas de la sal, entraban apretando, comenzando al tacón del que iba delante. La persona de trabajo es no tiene tiempo para ocuparse de las conversaciones vacías, y los pescadores se acercaron directamente al presidente.
— ¿Qué es lo que nuestro querido Lenin nos escribe?
— El consejo todavía no ha recibido nada. Recibiremos, os recogeremos, oiréis.
— Danos por lo menos la sal. ¡La sal! Tenemos que saber para que nuestras redes vayan, como untadas con la grasa.
El presidente calló. Tamarshá lo miró.
— El presidente ha recibido ya la orden de Lenin. Se lo he traído, está en la Mesa está. Si el presidente no tiene tiempo de entregarle por lo menos la sal, lo leeré a vosotros enteramente. Llegáis por la tarde a mI casa...
Por la tarde en la cueva de Tamarshá primero se reunieron las mujeres jóvenes y las chicas. ¿Quiñen de ellos se reía antes sobre él? ¿Quién hablaba que su cabeza por poco se veía entre dos gibas de camello? Parece que ninguna. Sobre las pestañas de las chicas temblaba el respeto, en el fondo de los ojos — una sonrisa y algo más... Todos se vistieron bonito, aparecieron pendientes y pulseras.
Tanarsá decía a los invitados: «Pasáis, sentáos», pero se quedaba el Tamarshá de antes - tenía vergüenza, no encontraba palabras para hablar con ellos. Sólo sonreía y sudaba.
Las muchachas se sentaron en una fila en el lugar delantero de la cueva. Las mujeres jóvenes rodearon de atención a la madre vieja. Ponían el samovar, calentaban el horno, rompían en las partes los pedazos de la saxaul, firmes, como la piedra. Ante los invitados habían extendido el dastarján, abigarrado de la multitud de remiendos. Surgió un silencio. Las muchachas, que se habían acostumbrado a romper por las manos encallecidas el pan de mijo y embocar en seguida el pedazo grande, hoy sólo
lo mordisqueaban. El azúcar molida echan por la cucharilla de hojalata a la punta de la lengua. ¿Que les había pasado?
- Entrega, por favor, el tazón Tamarshé-ajá, — se atrevió a decir una...
Por la noche los pescadores, habiendo vuelto de la pesca, abollaron en la cueva. Los hombres apartaron a presión a las mujeres y las chicas al horno, los derribaron a una potrada como a unos cabritos.
— Bueno, el compañero Tamarshá. Explica ahora, qué dice la orden de Lenin.
Y una vez más de memoria Tamarshá acuñó: «al Compañero Lem Non Kritsman... A las veinte cuatro...»
— Palabras santas...
— ¿Que es el «extrebador»? ¡Eso significa a nuestra opinión «dos veces batyr»!.
— No es el extrebador, sino la excavadora, así se llama un coche.
— Y pensábamos que hace dos veces más de lo que puede una persona.
— No dos veces. ¡En cien veces!
Pero se quedaron con la más fuerza en las cabezas de la gente aquellas veinte cuatro horas en que Lenin exigía cumplir el encargo. Hasta aquella hora la estepa kazaja había medido la vida no en las horas, no en los días, sino en los siglos. ¡Y de repente - «a las veinte cuatro»!
— Y nuestros algunos dzhigitos en  veinte cuatro horas pueden solamente dormir. Veinte cuatro horas se irán al bostezo. Veinte cuatro más — para hacer los pensamientos reunirse...
— Sería bueno después de esto unas veinte cuatro horas poder trabajar con un fueguecillo...
Por lo alto que apreciaban los pescadores el trabajo, se imaginaban, qué universal y difícil debería ser el trabajo de Lenin. Silbando, meneaban las cabezas: ¿acaso no trabaja Lenin todas veinte cuatro horas sin sueño cada día? •
Han tocado en la conversación y al presidente de la administración del aúl.
— ¡De estos las palabras de Lenin hay quehacer un talismán, — dijo Eslamkul, — y ponerlo al cuello al presidente!
Lo dijo y miró a Tamarshá confundido . Desde el día que al nombre del sobrino añadieron la palabra "el compañero", Eslamkul no se decidía a perorar ante él.
Tamarshá miró callando a las chicas e inesperadamente para todos y para si mismo estalló con un torrente entero de palabras.
— Hadishazhán, — se dirigió él a una, no la más hermosa, pero a la más gentil de las chicas. — estudias en la escuela. Encuentra para mí un terciopelo rojo de medioarshín en la longitud, medioarshín en la anchura. Y bórdalo por los hilos blancos de seda: «A las veinte cuatro. Lenin». ¿Bordarás?
En los ojos negros de la chica como si se hubiera encendido una llama. ¡Tamarshá se enrojeció — ya que fue la primera vez por toda su vida que había dicho tantas palabras a una chica! No respondió Hadizha — pensó: ¿no está bromeando? ¿O realmente a ella se había caído una elección tan responsable?
— ¿Por qué no bordará? — dijo el padre de la chica, — !Bordará!
Mientras ante los ojos de la chica no habían pasado aquellas palabras bordadas por sobre el terciopelo rojo, permanecía callaba. Luego respondió enseguida:
— Bordaré.
— ¿A las veinte cuatro, querida?
Hadizha saludó callando.
— ¡Bordará, bordará! — empezaron a hacer ruído todos alrededor. — su madre, Aymangul, es la primera maestra de bordar por los abalorios las cintas kazajas.
Así en presencia de todos había crecido, se había hecho conocida primero una persona, el  Tamarshá, y detrás de él, la segunda — la chica llamada Hadizha.
Y así nació a la orilla del Aral-mar una leyenda más: cómo Lenin exigía el trabajo de la gente y cómo trabajaba él mismo.
* * *
La madre de las leyendas siempre es la verdad. Quien busca la verdad en nuestra leyenda, la encontrará a abrir el 53 tomo de las Composiciones de V.I.Lenin.

1970

EL MELÓN
La locomotora suspiraba penosamente ante el camino largo, y repetía sus suspiros — cerca del coche, despidiendo de la mujer y la hija.
El empleado stantsionnyy — un alto anciano afeitado — tocó la campana una vez, otra y asignó solamente la mano para golpear en tercero, como cerca de él, como si por el debajo de la tierra, creció una vieja completamente antigua y preguntó:
— ¿Hijo, eh, hijo?. ¿Y a qué parte irá tu tren?
El anciano, sin haberse atragantado, se acordó de aquel tratamiento - «hijo», y se puso a explicarle tranquilo que el tren número tercero seguía hasta Moscú.
Turksib era muy joven en aquellos tiempos, y los pasajeros se habían acostumbrado a las demoras parecidas con la salida. Ellos se disperaron por el andén, mientras el anciano más y más veces explicaba a la vieja pegajosa que si el tren iba a Moscú, entonces no se podría acudir en aquel tren a Tashkent ni en Pishpek1.
El sol maduro de agosto se había rodado en el sillar de Kazy-Kurgá donde hace increíblemente mucho tiempo, según las leyendas kazajas, se había encontrado  el refugio el Noé con su arca. Y solamente porque nuestros antepasados consiguieron salvarse del diluvio, se conservaron en la tierra los seres vivos, capaces de preguntar adónde va el tren, ir de sus negocios a Moscú, separarse y encontrarse...
La vieja (no me asombraría, si resultara una de las habitantes del misma arca) al fin
1 Pipshek— el nombre viejo de la ciudad de Frunze

dejó en paz al empleado de guardia, y el anciano con seguridad, y en cierto modo de especialmente alegre tocó virtuosamente el tercer telefonazo.
La locomotora a la cabeza de la formación respondió con una respiración más frecuente.
— ¿Has recordado, Bolat? - me preguntó rigurosamente mi mujer, mi incomparable Botagoz  — nos escribirás una vez en dos días.
Y la hija la centésima vez exigió que le comprara una muñeca — la más grande, grande como su mamá.
— ¡Sin duda, la compraré! — le respondí. — te compraré, Karlygash mía, dos muñecas así. Pero no escribiré una vez en dos días. Un día, una carta - así, ' me volví a la mujer y la dí un abrazo apresuradamente, porque las ruedas fundidas con un chirrido pesado se habían puesto en marcha ya del lugar.
Subí al cancel al paso de la azafata con el banderín desenvuelto verde y me volví para agitar en paternal la mano a la hija. Pero mi atención atrajo una mujer que estaba corriendo hacia los coches. Con maleta en una mano, un canastillo grande trenzado en otra... No, no correría. Casi con seguridad estaba predestinada a perder el tren.
El corazón se me tembló, como siempre cuando veo a alguien en la desgracia. Además la persona que perdía el tren, era hermosa por una belleza brillante, llamativa.
(Posteriormente a cualquier recordatorio, aun el recordatorio más indirecto de aquel caso, comenzaban  a sonar con indignación los pendientes en las orejas de mi querida Botagoz, — en diez años y a través de quince, pues la mujer nunca olvida y a través de cientos).
No sostuve. Hice el acto que manchó con una mancha eterna indeleble mi   reputación matrimonial que entes había sido irreprochable. Me había olvidado en cierto modo de que la mujer lo veía todo... Salté del estribo, me eché corriendo a la mujer. Un pequeño paraguas comenzó a temblar ante mis ojos, como una mariposa abigarrada altaica, un olor sutil de perfume desconocido tocó la nariz. Conseguí notar todo aquello haciendo mi asunto:cogí las cosas de sus manos, pude apoyarla cuando se tropezó.
— ¡Corre, y bien!. Aquello resonó un poco rudamente, pero ella obedeció, se hechó a correr, y pasaban sus pies esbeltos en transparentes medias de fibra persa, en los zapatos grises claros. Metí la maleta y el canastillo de paso al conductor. A la mujer la puse a la plazoleta siguiente de la plataforma. Y apenas cogí los pasamanos del vagón trasero.
Todo resultó de la mejor manera imposible, y solamente ahora miré atrás. Me llegaban las palabras:
— ¡El telegrama!. ¡Espera!. ¡Inservible!. ¡Chimquente! ¡Ingrato!. ¡Aktiubinsk! ¡Espera el telegrama!
La voz de la mujer se debilitaba, se derramaba detrás. La estación se escondió detrás de la vuelta.
Nubes de tormenta negras envolvían los picos agudos de Alatau. El sol mismo se escondió detrás del sillar de Kazy-Kurt, pero las pestañas doradas solares tocaban con precaución las nubes, haciéndolos lucir.
— ¿Qué he hecho a tal? De veras... ¿De veras el telegrama será tal severo e irreconciliable que tengo que volver de la mitad del camino? — Me preguntaba y no sabía que responder.
El tren había acelerado velocidad.
La cabellera larga blanca se tiraba detrás de la locomotora, que se había escapado ya a libertad del entrelazamiento de las vías de las estaciones y gritaba fuertemente, saludando el camino.
Quizás esté llorando y la hija lz consuele lo más que pueda … - me dibujaba lo que pasa allí, sobre el andén. Pero ya con nada podía ayudar y por eso me tranquilicé.
Como por el acuerdo, la mujer, que por poso hubiera perdido el tren,  iba en nuestro quinto coche. La llamaban Lidia Nikoláevna, y llevaba el apellido doble — Zerkalskaya-Goltz. No me pondría a determinar cuántos años tenía. Parecía inteligente y una que sabe la vida, así no la llamaría jovencita... Sino también la palabra "señora" tampoco le convenía acercaba en cierto modo, no se sentía , no se sentía en ella la solidez de señora. En general, era una mujer joven, encantadora, hermosa, atractiva, y aquello era suficiente para  que la población masculina del quinto coche poco tiempo después retirada del tren aparezca en el pasillo. Nadie pensó cambiarse del pijama, lo que siempre todos tienen prisa a hacer en el tren del seguimiento lejano.
En una palabra, Lidia Zerkalskaya atrajo la atención universal, he aquí la adición a su apellido — Golts — parecía ridículo, innecesario y llamaba la malevolencia sorda y la envidia secreta al que tiene la insolencia a llamarse su marido. Por la aparienca de Lidia Nikoláyevna yo pude suponer que ella estaba casada con una persona sólida, que ocupaba una posición, cuidadosa a todo en cuanto a la mujer. Los hombres de nuestro coche tenían celos a Golts desconocido. El único consuelo era lo que aquella vez él había caído en una fuerte falta: ocupado por los asuntos de negocio, él no había podido acompañarla. No sería probñema, pero a más de aquello él había olvidado de poner en el coche la cesta con las frutas, ella tuvo que ir atrás, por eso por poco pirdió el tren. En la primera estación pedió a uno de nosotros expedir un telegrama cuyo texto se parecía mucho a una amonestación rigurosa con la introducción en el expediente personal.
Los hombres entrecambiaban miradas malévolas. Pero todos aquellos sufrimientos, estaba claro, tocaban solamente a la parte masculina. A las mujeres les era bastante mirar una vez a Lidia Nikoláevna — una mirada así es equivalente a una puñalada, — y para ellos como si dejara de existir.
Por lo visto, aquello le molestaba poco a Lidia Nikoláevna. Por la primera tarde llegó a nuestro departamento a agradecerme la ayuda, y había que oír qué expresiones más finas y agradables escogía, un poco exagerando la generosidad de mis pensamientos y la decisión de mis acciones. Me hacía parecido a un héroe de algún cueno. Sincéramente,yo  no estaba no contra de aquellas exageraciones.
Mi vecino del departamento — un profesor-microbiólogo cano aun se enrojeció, como si todos aquello elogios se referieran a él.
Según lo aclarado después, Lidia Nikoláevna iba a Sochi, a un sanatorio, pero antes tenía que pasar por la casa de su madre en Leningrado. Al atrasarse ella del tren de hoy, tendría que esperar una semana, y entonces estaría  ante la elección de ir a Leningrado o llegar tarde al balneario.
Comprendía bien: hoy ninguna competencia no me asustaría. Si alguien a mi lado conmigo tratara de llamar la atención de Lida (así la llamaba mentalmente, para ser breve), sería tan lamentable, de antemano condenado a los fracasos, la tentativa, no le llamaría nada, excepto una perplejidad despreciativa.
Pero hoy es hoy... Y ya que tneíamos más que un día de camino. Y por eso decidí intentar fijar los éxitos alcanzados. (Es necesario decir por justicia que las palabras de la mujer: «ingrato... El telegrama... Chimquent...» Me llevaban en alguna confusión, pero con todo no tanto que dejara de premeditar el plan de las acciones ulteriores).
Decidí fingir un terrible dolor de cabeza. (el héroe del cuento había sufrido en el campo de batalla para la mujer, salvándola de la desgracia). ¿Y acaso podría dejarle sin atención a su salvador? Se puso a cuidarme — tan amablemente, fácilmente y desenvueltamente, como si toda la vida hubiera trabajado por la hermana da la caridad. Hasta que me dió verguenza lo que me hubiera finjido. Pero al fin y al cabo, sin embargo, la cabeza meempezó a doler realmente.
Me dió una pastilla. Había mojado su pañuelo de batista con el agua fría y lo aplicó a mi frente. «¿Cómo está Usted ahora, Bolat? ¿Está mejor? Quédese acuesto, le voy a traer un vaso de té fuerte con limón».
Seguramente los hombres en el coche en aquellos minutos me odiaban con mucha más  agudeza, que al Golts. El Golts era lejano, y yo, estaba al lado. Para la mañana siguiente el profesor sólo suspiró, cuando tuvo que cambiar de sitios con Lidia Nikoláevna.
Ha pasado a mi departamento.
En Chimquent yo fui a los correos, cogí el telegrama de mi Botagoz — con la más última prevención. Decidí no mostrar el telegrama a nadie, y en la respuesta compuse una misiva convincente: «¿Si perdías el tren y nadie te ayudaría acaso serías contenta?».
Volví al departamento, el tren fue adelante.
Llegó el anciano-profesor, y para hacer tiempo, nos pusimos a jugar al póquer.
Lidia Nikoláevna no sé para qué informó que había sido su marido quien la había enseñado a jugar al póquer. Se marcaba un farol tan atrevidamente que no había ninguna posibilidad de adivinar: si tenía la tarjeta o en las manos o engeneral no tenía nada.
Teníamos una noche más de camino.
Me desperté temprano. Directamente a ventana abierta bajaba el cielo, azul como el mar, al encuentro del cual iba Lidia Nikoláevna.
El tren bajaba poco a poco el curso, se estiraron las casas rechonchas de troncos, casitas pequeñas. ¿Orenburgo? Sí, era el suburbio de Orenburgo, la ciudad de mi juventud. Es una pena, no podía entonces examinar a lo debido cómo se había puesto en los años de nuestra separación. La ciudad se ahogaba en el velo de la mañana temprana.

Con todo tan inesperadamente y tan fuerte me afluyeron los recuerdos de aquel tiempo que no oí enseguida que  Lidia Nikoláevna se habia levantado del lugar, comenzo a susurrar la seda de Bujará de su bata, se abrio la puerta del departamento..
Yo no estaba para ellos. Tenía prisa, ya saboreando la mirada benévola que echaría Lidia Nikoláevna, Lida, a mí y al melón ¡Pero cuando salté al andén, — sobre la primera vía mi tren no estaba! Un poco más lejos había un , sobre sus coches blanquecían las tabletas «Moscú — Ashgabat».
¡Y el tren — el tren el número tres había desaparecido! Me había atrasado, me había quedado en Orenburgo en los pantalones de pijama y un chaleco. Bien aunque me había dado cuenta sacar el dinero del debajo de la almohada. La verdad es que y el melón estaba conmigo. Me tiraba las manos, y con un gran placer la resonaría sobre los carriles.
¿Adónde  me iría? De alguna manera atravesé en el gabinete del jefe de la estación. La persona enjuta poco cariñosa, que estaba a la ventana, se veía agotado, como puede ser agotado por la temporada veraniega el jefe de la estación, a través de que pasan miles y miles de pasajeros..
Yo no estaba para ellos. Tenía prisa, ya saboreando la mirada benévola que echaría Lidia Nikoláevna, Lida, a mí y al melón ¡Pero cuando salté al andén, — sobre la primera vía mi tren no estaba! Un poco más lejos había un , sobre sus coches blanquecían las tabletas «Moscú — Ashgabat».
¡Y el tren — el tren el número tres había desaparecido! Me había atrasado, me había quedado en Orenburgo en los pantalones de pijama y un chaleco. Bien aunque me había dado cuenta sacar el dinero del debajo de la almohada. La verdad es que y el melón estaba conmigo. Me tiraba las manos, y con un gran placer la resonaría sobre los carriles.
¿Adónde iba a irme? De alguna manera atravesé en el gabinete del jefe de la estación. La persona enjuta poco cariñosa, que estaba a la ventana, se veía agotado, como puede ser agotado por la temporada veraniega el jefe de la estación, a través de que pasan miles y miles de pasajeros.
Mi aparición no le había llamado ninguna afluencia del entusiasmo. Él me examinó de cabeza a los pies, después de pies a cabeza, un poco más largamente su mirada se había detenido en el rayado melón, y de nuevo sus ojos se hicieron indiferentes.
— No puedo ayudarle de ninguna manera, el ciudadano, — dijo rigurosamente. — al turno general, al turno general... Compren el billete — y sigue su camino. Si todos se atrasarán de sus trenes, a nadie de los pasajeros normales no les bastarán billetes.
Pero con todo descolgó el auricular y llamó al empleado de guardia. Gracias al Alá, el empleado de guardia había conocido: no a mí, claro, él me veía en primero y por última vez. Él había conocido el melón y se había penentrado por alguna razón de la simpatía por la persona, que se había atrevido a comprarla y había caído por aquello en la desgracia.
Mi pinta erizada, de campo, confusa le había llamado un ataque rápido de alegría. Hablaba conmigo habiendo vuelto las espaldas para no reirse a carcajadas.
— Vale, está bien...dijo él al fin. — vamos a ver cómo es posible ayudarle. Así... En dos horas se acercará un tren rápido  para Tashkent. Él alcanzará rápidamente a su tortuga postal. No se pierde por favor de nuevo...

Cuando el tren de Tashkent aparezca, le pasaré de mano en mano al jefe del tren. ¿Está claro?
— ¡Ah, - gracias! Es todo lo que pido.
— Bien, bien... Sígame — voy a encontrar el rápido, y usted entonces se acerquen me.
Sus palabras: «y Usted entonces acérquese me» era posible comprender así — por ahora más vale tenerle más allá de los lugares frecuentados para no asustar a las mujeres y los niños.
¿Pero dónde te cubrirás en Orenburgo en la estación? Mientras busque el rincón silencioso, tuve que interceptar muchas miradas burlescas. ¿Que hago con el melón? Comerla es imposible aun en diez veces. Otro modo de librarse de ella no veía. Mis tentativas cohibidas de venderla se encontraban con sospechas, es evidente lo pensaban contaban robado. Y era una pena dejarlo, así e iba con ella abrazado.
Se acercaban unos muchachos animados y hablaban incomprensiblemente conmigo, seguramente, en criminal, reconocían en mí... Sin haber recibido la respuesta, se alejaban aparte y continuaban observarme desde lejos.
Al fin lo dejé todo y, escogiendo los callejones desiertos, llegué al jardincito desierto de una caravanera vieja. Allí, en el silencio, con el alivio bajé el melón en la sombra del roble, y una alta hierba me ha escondido. Mí no me  vistiera tan ligero, se podría pasar en la ciudad, pasar de largo los edificios de la universidad laboral... Aquella  universidad laboral, donde los profesores clavaban cuidadosamente en mi cabeza las sabidurías. Y de repente — es vivo todavía el guardián Muhammed, al parecer riguroso, y en realidad una buena persona, que nos ayudaba en los minutos de la falta de dinero aguda y siempre soltaba en la residencia comunal, por lo tarde que volvíamos.
Me estiré sobre la hierba y pensé que no era el asunto tan terrible perder el tren. A los ojos de Lidia Nikoláevna esto será contado, como la hazaña secundaria hecha para ella. Probablemente, sería necesario mandar el telegrama: «Alcanzaré con el de Tashkent». Pero creía — Lidia Nikoláevna se daría  cuenta: en todos los sentidos, aunque sobre las alas, volvería en el quinto coche del tren el número tres.
De Tashkent mucho tiempo esperado ha llegado exactamente por el horario.
De los coches salieron los pasajeros despreocupados y animados — en todo blanco, morenos, en seguida se sentían habitantes del sur.
- No me alejaba al empleado de guardia por la estación.
Al volver él  la cabeza, y hacía algunos pasos para no caer del campo de su vista. Y puesto que él volvía la cabeza bastante a menudo, marchaba casi continuamente alrededor de él.
Durante estas maniobras se me ha acercado el hombre y se ha interesado, si no se vende el melón. Le respondí que no se vendía. Con las muchasas dificultades que había tenido con ella, ahora valía la pena llevarla conmigo en la integridad.
Llegó el jefe del tren, me pasó con una mirada burlesca, pero en aquella mirada no he descubierto ninguna simpatía. Y me sonreí, dije unas palabras para disponerle a mí al jefe del tren. Pero  estaba como antes, descontento.
Con todo el empleado de guardia de la estación lo persuadió a recogerme que hiciera algunas ruedas en su tren. La calma llegó solamente  cuando él me había llevado al coche y con una llave triedra había abierto el departamento.
El tren se puso en marcha silenciosamente, sin empujones, y la estación de Orenburgo se puso a navegar en la ventana... El Jefe no volvía, quizás iba por los coches. De no tener nada que hacer trataba de degterminar por la forma el departamento el carácter de su amo. Sobre la mesita estaba un tubo. Significaba que  la persona era reflexiva, sólida en los juicios. Pero era lo que era, — yo iba en persecución de mi tren postal... ¡Era como era, no me echaría en todo el curso bajo la pendiente!
La puerta se corredizó, el jefe del tren entró y bajó con cansancio a la balda inferior, quitó y colgó la gorra:
— ¿De donde es Usted, compañero?-.
«¡compañero!.» Esto ya no era el indiferente - "ciudadano" con el cual me había encontrado el jefe de la estación en Orenburgo.
Me conmoví y me puse a contarle mi biografía, y él escuchaba con atención, y especialmente le gustó el suceso con el melón. Él no permitió de ninguna manera realizar mi intención de cortarla allí, en su departamento.
— Conozco estos lugares nortes en Kazajistán muy bien, — dijo él sobre mi patria. - Yo mismo soy siberiano. Y encontraba a los kazajos, con los que viven cerca de Kurgán. El pueblo es bueno, simple.  Está bien. Necesito  dar una vuelta por los coches. Y tú come y ponte a descansar. Cuando alcanzamos el postal, despertaré.
Solamente entonces yo sentí cómo me ha bía cansado en aquel día largo e incoherente. El colchón pomposo sobre la balda superior aceptó mi cuerpo pecador, y no había notado cómo me dormí.
Me desperté al anochecer: alguien me sacudía el hombro y me decía:
— Mira... Nos acercamos a la estación. Allí, quizás, esté el tren postal. Pero aquí estamos, bajarás en la siguiente, y allí lo esperarás.
Me asomé en la ventana.
pasó velozmente tras la estación larga, tras un largo tren de pasajeros. ¨Alma-Atá¨- pude notar en uno de los coches, y ¨Moscú¨ - lo leí en el otro.
¡El mío!
Bueno, que ahora el postal me alcance, y no al revés. El melón está conmigo. Lidia Nikoláevna será agradablemente sorprendida. Aquello significaba que todo estaba en orden.
En la estación siguiente nosotros,  los cuatro  nos despedimos. El jefe y el rápido salieron después, y con el melón me quedé a andar por el andén. La estación era pequeña y era posible no tener vergüenza del aspecto. Les respondía a los interesados por el melón pomposamente que aquel melón tenía  cinco años, pertenecía a un nuevo tipo — un melón de muchos años, la llevaba a Moscú, a la exposición agricultural de toda la Unión Soviética.
Contaba todo esto con los detalles grandes, mirando todo el tiempo a aquella parte, debía aparecer el deseado postal. Al fin su tronco largo verde se ha encorvado sobre la vuelta. El tren se introdució reptando a la estación, y el mío quinto coche se paró a dos pasos de mí.
No puedo describir los ojos que me hizo  Lidia Nikoláevna a mi aparición. Pero me había equivocado un poco, habiéndolo llevado a la cuenta de su admiración para mi atrevimiento, por mis capacidades de encontrar la salida de cualquier posición. El asunto era mucho más fácil. Lidia Nikoláevna con la sonrisa culpable ha informado que con sus propias manos había recogido mis cosas y las había entregado en la maleta al jefe de la estación Novo'Sergeevka,  
— aquella estación, que acababa de pasar rápidamente.
Yo estaba callando sin saber que era necesario decir en tales casos, sonreía Tontamente. Y Lida no dejaba de afligirse. La quería tranquilizar, y la invité a cortar el melón, que el melón endulzara un poco los fracasos de aquel día. Pero Lida en el melón veía la base de todas las desgracias y se ha negado a dejarla categóricamente, temiendo atraer hacia nosotros dos cualquier nueva desgracia.
— No, no, no, en ningún caso, — dijo ella  con una voz triste, y sus ojos se quedaban triste, mientras desde la ventana abierta me miraba de arriba abajo.
Un pasajero se había levantado apresuradamente al coche.
El tren estuvo parado sus minutos. Resonaron los telefonazos de despedida, y las ruedas comenzaron de nuevo la canción de su camino. Pero para el momento la canción no era para mí.
Nada más restaba hacer que esperar cualquier tren e ir a por mis cosas. No se preveían trenes rápidos, y salí a una pequeña área no sustituida ante la estación.
Cerda de un edificio de la estación  estaba un automóvil «gaz» — gris y empolvado en los caminos vecinales. De debajo del «gaz» salían los pies en las botas de lona. El chófer comprobaba algo allí, fuera el resorte o el puente trasero.
Me era difícil quedarme a solas con mis desgracias, y me acerqué.
— ¿Cuyo es el coche? — Le pregunté indiferentemente.
— Mío, y cuya podría ser, — me  respondió el de abajo.
No tenía otra pregunta que podría continuar la conversación, y me volví para ir a la sala de la espera, pero aquí el chófer salió y vió el melón en mis manos.
— ¡Vaya un monstruo! — exclamó él sorprendido como muchos exclamaban hasta él. ¿De dónde se ha cogido? Del melonar, le respondí sin ninguna gracia.
El chófer se acercado, aceptó con precaución el melón de mis manos y lo tuvo para sentir su peso. Yo tenía que compartir con alguien lo occurido, y le conté al chófer toda la historia vinculada con ella. El chófer  resultó un oyente excelente, sobrevivía tanto cada nueva vuelta de los acontecimientos que yo quería continuar  mi relato sin parar.
— ¡Al diablo ya! — ponía él y trataba de adivinar el desarrollo de la trama, expresaba la relación a unos u otros personajes.
Le disgustó especialmente el jefe de la estación  de Orenburgo. No le gustó por haberme tratado tan seco y duro.
Aquí adiviné su punto flaco y empecé a pintar a este jefe exageradamente, representando su tono señorial y malévolo.
— ¿Y bien qué hacer ahora? — me preguntó el chófer, cuando yo había acabado mi odisea.
— ¡Qué hacer...!. Estoy aquí esperando el tren e iré después en tren a la Novaya-Sergeevku a por la maleta, y desde allí decidiré cómo conseguir a sentarme en... el mío de Moscú.. Yo esperé y añadí: — Claro , con un coche libre a mano, sería más fácil corregir el asunto.
Tales palabras no se puede llamarlas la alusión. El chófer comprendió todo, y sus fluctuaciones se reflejaron en su cara.
— En el coche es posible... - comenzó de un modo indeciso — pero costará muy caro.
— No es la pregunta del dinero— le respondí. — es importante llegar a Moscú a tiempo. Ayuda, amigo...
— El medio centenar de los rublos, no es menos....
En aquel tiempo aquello componía un cuarto del sueldo del funcionario del Partido, sin embargo otra salida no la tenía.
— ¡El medio centenar que sea el medio centenar! ¿ Está resuelto el caso?
El chófer pataleó con el pie en la bota de lona, se palmoteó con todas las fuerzas por las caderas:
— ¡Y, sea lo que sea! ¡Vamos! Aquí hay dieciocho kilómetros hasta la Novaya-Sergueevka... Ante nosotros estaba un llano, no es peor que el asfalto, camino estepario. Antes yo había visto una tal carrera solamente en las películas de cow-boy, cuando alguien se iba de la persecución. Los árboles y las casas de las aldeas  pasaban, y por nosotros por la pared había un polvo. El melón, como si fuera vivo, saltaba en mis rodillas.
En veinte minutos llegamos rápidamente hasta la Novaya-Sergeevka. El jefe de la estación me hizo enumerar lo que se encontr en la maleta cerrada, que a ello han dejado a la conservación, anotó el número de mi pasaporte, dónde, cuándo y por quién había sido entregado, y también, la dirección.
Que persona era aquel chófer — Vasily К. (no llame conscientemente su apellido que no tenga problemas con los jefes).
Si ya se ha incluido en la trama, ahora hacía todo lo que dependía de él para conseguir el fin feliz. Vasily estaba acalorando.
— ¡Mentira! ¡Alcanzaremos! — gritaba él¡— Alcanzaremos y conduciremos!
Saltando sobre los baches, supe de alguna manera ponerme al principio la camisa, y después y los pantalones. En el estado vestido me sentí más seguro y gritaba también «alcanzaremos y conduciremos», aunque especialmente alcanzar el postal no era tan necesario: no tenía ir con Vasily hasta la Moscú.
Y «el gazik» también entendía, que teníamos prisa. Se habían quedado  detrás todas unas velocidades previstas y permitidas, y ya se sacdía menos.
— ¡Más de gas — menos de hoyos! — gritaba a Vasily.
Y nos movíamos rápidamente detrás del tren, que en algún sitio allí, delante, trataba de desgajarse de nosotros.
Pero aquí a Vasily en vez de entusiástico "alcanzaremos", se escapó un enojoso «¡ah, al diablo!».
- ¿qué pasa? — le pregunté preocupado.
— La gasolina nos queda a  unos treinta kilómetros.
— ¿Y cuánto hemos pasado?
— Ochenta.
— ¿Y cuanto se queda todavía?
— Pienso, cincuenta o sesenta para igualarnos con ellos.
— ¿Que hay que hacer?
— Hay que doblar. Hay aquí una columna de tractores, allí sabremos repostarnos, pero...
— ¡He comprendido, he comprendido! Pagaré la gasolina.
— Y bien, y añadiréis un poco a mí y el coche. Temo  que después de tal carrera el resorte lo tendré que cambiar.
El sol se había ido a descansar. Los contornos de los bosques se reunían a lo lejos del horizonte. El viento se había calmado, y se oía como se llaman los codornices.
Vasily incluyó el encendido, y dimos una vuelta un poco de la tela del ferrocarril. Cuando nos habíamos repostado de  los tractoristas y nos fuimos, ya había oscurecido completamente. Y comenzó de nuevo la persecución. De la impaciencia yo avanzaba, arriesgando romper la frente sobre los parabrisas. En el asiento de hule del auto me portaba como un jinete en la silla, que todo el tiempo mandaba adelante al caballo.
— ¡Alcanzaremos! — gritaba a Vasily.
— ¡Estrecha en completo! — gritaba.
Ahora en mí hablaba la sangre de mis antepasados, que en interminable lejanos viajes sabían bien el precio a la rapidez y de nada compadecían por un buen caballo.
El camino zumbaba bajo las ruedas del «gazik», y la luz viva de los faros, como si a través del tamiz, cernía la oscuridad espesa.
En dos horas de la carrera desenfrenada (los saltos, teniendo en consideración todos los baches que se dejaban coger en la vía) alcanzamos el tren. Él iba sea como fuere, tendiendo en nosotros las ventanas amarillas. El camino conducía cerca del terraplén, y en la ventana abierta del quinto coche yo ví a Lidia Nikoláevna. El corazón se me paró: ¡cerca de ella — como se había atrevido! — estaba sentado un alto hombre desconocido y decía algo  a su oreja.
— Allí está, aquella mujer, mi vecina del departamento, — dije a Vasily que no le restaran las dudas de que si hubiéramps alcanzado el tren correcto.
— Y cerca de ella está mi director, — respondido él. — le había traído a la estación , cuando nos encontramos.
— ¿No habrá ocupado mi lugar? — expresé la inquietud.

— ¿Y qué? Ya que Usted va en su coche. Es bueno que estémos en la oscuridad y que él no pueda conocer a nuestro "caballo". ¡Porque yo tendría un problema!
Presionó más, y adelantamos el tren y rodamos a la estación al adelantarlo.
El bufé estaba abierto. La mujer de edad avanzada en el delantal blanco nos vertió cien gramos a cada uno.
— Por el encuentro, — levantó el vaso Vasily.
Brindamos, bebimos, y la moza la segunda vez nos vertió lo mismo.
— Y ahora — por la separación, — dije.
Como despedida nos abrazamos y nos besamos con fuerza, aunque y no reconozco aquella costumbre — besos con los hombres.
Levanté la maleta, apreté más con fuerza por otra mano el melón y salí al andén cubierto por el guijarro corrujiente. Chisporroteando y pagando el vidrios rotos, rodó la locomotora, arrastrando la manada de los coches.
— Su billete... comienzó la azafata , pero al reconocerme, se hechó atrás, como si hubiera alguien procedente de otro mundo.
Soy solemnemente, como si nada hubiera pasado, subí por los escalones y entré en el coche.
En el pasillo comenzó un ruido:
— ¿Bolat?.
— ¡Y ya que esto es realmente Bolat!
— ¿Nos has alcanzado con un avión?
— ¡Vaya un  dzhigito!
El segundo conductor, mientras iban todas estas efusiones, conseguió liberar el lugar en mi departamento, y yo miré  victoriosamente al director Vasilevsky. Sin responder, conservando el tipo orgulloso del vencedor, pasé a mi departamento y me senté.
Lidia Nikoláevna ayeó, juntó las manos y se echó a reír.
— ¿Y ahora tampoco querrá Usted tomar el melón' pregunté rigurosamente? Si se negue, con mis propias manos la echaré por la ventana. ¡La palabra de honor!
Pero aquí, claro, no podía negarse.
Con un deleite escondido hinqué el cuchillo agudo al lado rayado de melón rayado cmo un tigre. Justificó las esperanzas - resulyó maduro y odorífero, y se deshacía en la boca.
La comíamos con todo el coche, pero el héroe y esta tarde era yo.

1939

CUENTO DE LOS ÁGUILAS
— Si me gusta eso
— Lo dedico a vosotros.
— Si no me gusta eso
— Se lo dedico también.
El autor.
Erzhan llamaba insistentemente al águila que se iba:
— ¡Kyal, kyal, kyal!
Lo gritaba a su manera, a lo de Erzhan, y el grito corto, un poco en la nariz, le era claro solamente a él y su águila, y poca gente adivinaría en aquello un regular «kyal» — ve.
— ¡Kyal, kyal! ¡Kyal!
El águila no se acercó al amo y no le miró. Él tomaba fácilmente la altura. Para él no existía ni Erzhan, ni el liebre ágil, que él había conseguido notar, habiendose liberado apenas del sombrerete del cuero — tomaga. De repente recogió las alas y como una piedra empezó a caer. Al cazador le pareció que el águila enseguida se romprería sobre las rocas agudas. «¿Adónde te has metido, qué a has visto en visiones? — pensaba Erzhán preocupado. ¿— Un zorro, quizás? ¿O un lobo?» En los últimos días — el cazador solamente entonces lo había confrontado — al águila no estaba en sus cabales, se portaba  misterioso, como si por una pasión obsesa secreto.
Llevando al bayo, Erzhán se dirigió a las montañas, adonde se estaba  agitando su águila. ¿Puede que aquello ya no era su águila?.
Sobre el tropo yacía una profunda, por el pecho del caballo, la nieve.
— ¡Eh, se ha ido, se ha ido!.
Erzhán azotaba al bayo, que se había atascado en una densa nieve que humeaba un poco desde arriba.
— ¡Kyal, kyal, kyal!
— ¡Kyal, kyal, kyal! — respondió el eco sensible. Y ya que solamente anteayer  Erzhan había traído de la caza a dos zorros rojos — las dos pieles ardían, aquello era una así llamada luz  altaica. El sol hacía relucir la piel vellosa, y a través del oro de ley espeso sobre los lados rezumaban las líneas blancas como la nieve, y los pies vertían por la negrura.  Todos se alegraban a su suerte raro: la hija de cuatro años del cazador lo había quitado todo, probando al cuello una suave, como el plumón, cola de zorro; el Esentay de dos años palmoteaba fuertemente y exigía los riñones de zorro para la comida (se había acostumbrado a que le pasaban en propiedad los riñones de los liebres y los carneros). Los vecinos llegaban, felicitando con altaico rojo. ¡Los vecinos deseaban a Erzhán de tal extracción, que por el valor no cedeiera a la recompensa fantástica que consistía, como era conocido, de nueve partes, y solo de ellos — tres jambas de caballos! ¡Y que en la yurta de Erzhán siempre olía a sangre fresca, y que no se acabara nunca la carne grasa!
Por viejo, y por las nuevas leyes al cazador le era mal disfrutar de la extracción solo. El tiempo era difícil: sobre la salida del invierno largo un gordo se hace delgado, y un delgado, parecido a una sombra. Y da lo mismo — Erzhan había convenido la comida de gala: había besbarmak, había aguardiente (sin ella entonces hasta en el aúl no lo pasaban), había unas golosinas diferentes: el kurt, el azúcar, caramelos.
— ¡Tu Shapshan1 es un águila verdadero, un águila a todas las águilas!
— Y bien, lleva a nuestro Erzhán el invierno actual a los zorros... ¿Justo, ya por veinte han pasado? ¿Eh, Erzhán?
Erzhán estaba tímido:
— Y bien, hasta veinte, supondremos, está lejos todavía... Faltan tres.
Pero el elogio le era agradable, y él tenía prisa a llenar el vaso del vecino que ha dicho a estas palabras.
— ¿Qué puede ser mejor que una caza con águila real? No en vano era decantada por el mismo Abay . ¿Recordáis?.
— ¡Cómo no recordarlo! Allí a él es dicho: cuando la águila real potente coge en la nieve al zorro rojo, se ve una combinación maravillosa de tintes y movimientos valientes agudos...
— E imaginas sin querer  como se baña la virgen rozagante de cuerpo blanco y como estruja las trenzas a la orilla.
— Abay sabía decir... Y ya que tiene algo de Abay y el nuestro Erzhán, — puso la opinión otro vecino, y todos se acordaron, como a su tiempo su cordial

1Shapshán — rápido, impetuoso.

y generoso amo para la caza presentó rotundamente la dimisión de administrador de la granja.
Por tales palabras más halagüeñas no era posible no llenar los vasos, y Erzhán se estiró de nuevo a por la botella.
Su conversación que ya se había hecho un poco desordenada, de repente fue violada por un grito del águila.
¿Qué es lo que ha pasado a Shapshán?. El águila estaba en el lugar regular, en el frío zaguán, al tabique. Se dormía temprano, todavía antes del crepúsculo, he aquí hoy, a pesar de la hora avanzada, no quería tranquilizarse de ningún modo. Era difícil juzgar que le podía haber sacado de quicio: las bellas raras altaicas, en cuyo honor se había reunido entonces la gente en la casa de Erzhán, o se había despertado en él el enojo a la imprudencia, por la que una vez había perdido al lobo. Pero de cualquier modo, el águila agitaba el tocón, batía con las alas sobre el tabique de tablas, por el pico de hierro fundido trataba de romper la cadena en los pies. Tenía un ataque de la melancolía. Él echaba de menos a libertad, era quemado por el deseo de subir al cielo, él quería hacerse libre e independiente...
Pero los invitados ni Erzhán mismo no habían comprendido nada de aquello. Habían decidido que simplemente Shapshán estaba ansioso de ir de nuevo a la caza, y con la ayuda Alá obtendría a muchos zorros rojos. Por aquello tuvieron que brindar de nuevo.
Erzhán se despidió de los invitados, vvolvió, pasó al dormitorio y dijo a la mujer:
— Acuéstale a Esentay... Y para ti también es la hora.

Y de nuevo se fue de casa.
La mujer lo había advertido que no contara con la cena, si él no le trajera al liebre, y más valerían dos. Y por eso, cuando Erzhan vio al fin a un liebre blanco orejudo que saltó de los arbustos, él en seguida quitó el gorro de la cabeza de Shapshán y lo empujó bruscamente a la parte donde había echado a correr el liebre.
Y aquí — Shapshan en vez de caer como piedra a la extracción, empezó a irse del amo.
— ¿Adonde se ha apartado?
Si el águila había notado al animal más visible que el liebre, sería la hora de echarse, había tomado la altura suficiente. Pero Shapshán ni pensaba en aquello. Él estaba cara a cara con el cielo puro, él era libre, y nada más de aquello lo preocupaba. Remontonaba, reuniendo con el cielo sin fondo  
por el color azul, por la piedra se tiraba hacia abajo, hacía el círculo suave a un lado. A veces ponía las alas y comenzaba a caer hacia abajo, pero inmediatamente volvía bruscamente, poniendo el pecho al flujo contrario helado. Pasaban solamente en el aire sus alas enormes.
— ¡Kyal, kyal, kyal!  
Pero Shapshan era sordo a la llamada inquieta del amo. Él vió al fin lo que no le daba paz todos aquellos días, de que él había ansiado tanto en la  cautividad. Sobre lo que pasaría hoy, él sabía, sabía bien, cuando estaba todavía en el caballo bayo, cubierto con tomaga.
De lo que sería así, decía todo: el día claro helado, y el milagro del sonido oído de las alas invisibles, y el corazón, que puede hacer ser el águila, si es realmente de águila, y la juventud con su energía de fuego, que buscaba la salida.
Lo que lo había hecho al águila fiel olvidar sobre todo lo terrestre, notó ahora Erzhán. Y todo lo había comprendido. A la altura grande, accesible sólo a la vista del cazador, volaban tres águilas: dos de ellos jugaban descuidadamente, y tercero — el mayor — se mantenía un poco al margen. A su tiempo él se tiraba atrevidamente a los parientes más fuertes, ahora volaba tranquilamente y admiraba contenidamente el juego de los jóvenes.
Y el juego solamente se había comenzado. Shapshán lo comprendió enseguida, a primera vista, pero de entrar en ella mientras se abstía, y sólo una vez, cuando los que jugaban entraron uno contra otro muy cerca, como si se prepararan para arrojarse en los brazos uno a otro, él no sostuvo: se fue velozmente sobre ellos.
«¡Es fuerte! ¡Es orgulloso! ¡Es brioso! Y en los pies brilla algo, nunca lo había visto antes», — pensado el águila hembra, admirando sin querer al desconocido. Calentándose, entraba volando muy alto, con gusto poniendo el pecho a la hilada de hielo.
Con el águila de la raza tas-kara1 se había encontrado al amanecer, cuando salía del bosque sofocante. Entonces el negro había atraído su atención. Jugando, se tenían al principio a la altura pequeña. Después, habiendo observado uno a otro, subían todo más arriba, y el Tas-Kara de vez en cuando apoyaba mal propuesto el ritmo puesto por la hembra.
El mundo es ancho y es estrecho para la tribu de águila. Tiene muchos amigos pero los enemigos tampoco faltan. Por eso era necesaria una posteridad que no temiera la hilada siberiana ni el bochorno asiático. Una posteridad que no se pusiera a dormitar después de la primera comida nutritiva. Una que no se contentara a la marmota y no se escondiera cerca del visón de ratón, aunque es más cómodo, y no exige ningún riesgo. Eso es lo que las águilas saben del nacer, saben sin esfuerzos cualesquiera intelectuales. Eso lo tienen de la naturaleza. Es porque el águila hembra, sin estudiar a lo debido no se dejará acercar al padre futuro de los aguiluchos. La unión nupcial precede una competición larga. Y si el águila se muestra bajo, menudo, que no espere ninguna gracia: las águilas saben protegerse, y entonces un tal Tas-Kara se cae a la tierra con el buche roto.




1¨Tas-Kara¨— de piedra, negro.

Aunque el Tas-Kara a veces usaba su astucia, atrasando de ella, con todo el águila no lo condenaba, continuaba el juego. Es necesario notar por justicia que lo tenía en el campo de la vista y al desconocido que ha aparecido de repente.
Atardecía ya, pero Shapshán volaba todavía — simplemente así, a satisfacción, apareciendo de repente y así mismo desapareciendo. Unas dos veces él se acercaba al águila, que se tenía como antes, a lo lejos. Volando con él juntos, Shapshán se portaba modesta y respetuosamente:
— ¡Assalaumagaleykum, aksakal! Usted vuela irreprochablemente. ¿Por qué todo el tiempo se va Usted a un lado?
— Porque, amable, mi tiempo ha pasado, y admiro el cambio, admiro su vuelo, quiero adivinar sus pensamientos. Yo sé muy bien: cada uno debe fijar su propia altura, la altura  que él aspira a alcanzar. Pero aunque no la alcances, da lo mismo — que te ocurre el objetivo superior: que no te deshonran las pasiones bajas, aunque subas alto. Recuerda: siempre y en todo es necesario ser digno del título de águila... Aquí te deseo esto, mi amigo. Si actues  como digo, sabrás qué es la altura verdadera.
No por las palabras, sin duda, todo aquello era expresado, pero las águilas se entendieron. El anciano le pareció a Shapshán un poco edificante, pero se podía comprenderlo, teniendo en consideración su edad.
Y aquí jactancioso el Tas-castigo, deseando brillar por el atrevimiento, permitió la inadvertencia. ¡Se había atrevido a la idea de atacar el águila viejo! Desde la altura subió fácilmente la velocidad y se arrojó hacia abajo, sobre el anciano, siéndole apuntado en la garganta: ¡no esperes la gracia!

— ¡Mira! ¡Mira! ¡Los llevará!- interrumpió sus arreglos el anciano, mostrando con la mano al lado de las manadas, que se había extendido en el agua.
El silencio del día primaveral era cortado por el silbido de las alas enormes, se oyó después un ruido sordo del cuerpo que caía — el águila estepario cayó del cielo.
Aygul se asustó al principio, y después empezó a reír a carcajadas:
— ¡Que sea! — gritó. ¡— tal comida no le ha pasado nunca!
Sin entender, el águila se echó a las botas que había dejado detrás Aygul, — a las cañas que salían del agua. Ya preparado a agarrar con las uñas producidas, el águila se dió cuenta de qué inadvertencia imperdonable se había permitido , y se agitío a un lado. Ya no quería atacar a nadie más, y trató de irse más allá de tal deshonra.
El tiro perdido de águila la alegró a  Aygul, pero por poco tiempo. Detrás del horizonte se separó un jinete. Él llevaba al caballo, y el caballo rociaba el agua. Habiendo notado que cerca de la manada de Aygul no estaba, el jinete doblado a la carreta. Él comenzó a agitar desde lejos el gorro, dando a comprender que su asunto era muy importante y muy urgente.
Aquello era Berden, el pastor de la séptima brigada,y lo que él, sin haber conseguido llegar, la llamara «¡Compañera diputada!.» no presagiaba también nada de bueno.
Cerca de la carreta Berden asedió al caballo.
— ¡Compañera diputada! —repetió él.
—Berden, baja por lo menos del caballo, — dijo Ay-gul, el caballo bajo él respiraba penosamente.
— No hay tiempo... Le he alcanzado porque su asunto está mal... En una hora, más o menos, todos mis corderos se ahogarán. Delante tenemos un vado lobuno ...
El anciano sin oir de qué estaba hablando el hombre, gritó:
— ¿Los lobos te han asustado? ¿Pero hay tus perros?
— ¿Quien teme a los lobos? - respondió Berden. — Hablo del vado lobuno. Las ovejas con la ayuda del Alá pasarán. ¿Y los corderos? ¡Debo salvarlos!
A Aygul no era necesario explicar lo del vado lobuno. Aquel barranco con la longitud de buenas dos decenas de kilómetros, durante los desbordamientos primaverales del Syr-Daria se llenaba por el agua. Pasar por aquella parte no había ninguna posibilidad. Aygul esta vez tuvo suerte: su manada pasó Brod De lobo en vísperas por la tarde, cuando el agua no le había llegado. Y como el vado lobuno justificaba bien el nombre, ninguna primavera perdía el caso de lucrar por las ovejas.
Cada nuevo presidente del koljós prometía poner allí un puente, pero el puente hasta ahora no había.
Si fuera yo sólo - continuaba Berden — pero detrás de mi van dos manadas y se acercan al vado lobuno.
— ¿Dos más, dices?
— Sí, pero no he podido discernir desde lejos — cuyas son. Y al atardecer o al anochecer, debe ser, se acerquen las demás.
— ¿Cómo es que no  habéis adivinado a equipar la carreta, pobrecitos? — Se volvió a ellos el anciano.
— ¡La carreta!- refunfuñó Berden ¡Sólo el diablo sabe qué es, pero no es una carreta!
Sí, apenas se podría llamar aquella construcción una carreta: dos ruedas viejas de una motocicleta, dos antesalas — del arado, a los lados — una rejilla de la yurta. Y todo esto estaba cubierto de arriba por un fieltro.
Aygul se enfadó con Berden. ¡Qué impotente! ¡No sin razón decían que en su casa él sin permiso de la mujer no se hacía ni un paso! ¡Y lleva aún pantalones!. No podía darse cuenta y hacerlo todo él mismo. Se hechó hacia ella, como si ella pudiera con sus propias manos llevar da todos los corderos corderos a través del vado lobuno.
Pero se conteuvo, no mostró su  irritación que se había apoderado de ella. Aygul dijotranquilamente:
— Bien... Sigue tu camino. Yo alcanzaré. — se acercó muy cerca al anciano. — Aquí tenemos un asunto. Tendré que ir yo, a mirar qué tienen allí. Probablemente, hacia la noche volveré. Y si no, la manada que vaya, como va. Mire solamente que los perros no se me hayan agarrado.
El anciano levantó a ella sus ojos incoloros.
— En mis tiempos, — dijo él, — los hombres venían en ayuda a las mujeres. ¿Puede ser que ahora hagan de otro modo? ¡Y el Berden ese! ¡Uy, ahmak!. ¿Teniendo su propia manada, acaso él se pondría en camino, sin haber arreglado por lo menos la carreta? Sobre la mía ha dicho: «sólo el diablo sabe qué es». Llámala como quieras, que ayude a los corderos. Y ahora se asustó Berden y decidió a tomar en los testigos a la diputada de que de nada podía hacer, no podía prevenir la desgracia... ¡Pff! — escupió el anciano y se puso a caminar detrás.
Aygul volvió a las botas — las cañas salían sobre la superficie cristalina, ella vertió de allí el agua y se calzó.Montó fácilmente al guapo rojo y lo volvió atrás.
Al caballo detenido daba igual adonde, no quería ir a la zaga de las manadas, y se hechó a correr a galope.
Se oyeron detrás exclamaciones roncas:
— ¡Kyah!. ¡kyah, kyah! ¡Kyah!.
Así el anciano llamaba a los perros.
Aygul con la manada no se había alejado muy lejos del vado lobuno, y el caballo vivo en poco tiempo la llevó allá.
A la orilla opuesta la manada esperaba algo. No sólo la manada de Berden, sino dos más. Sobre las ovejas se elevaban camellos, eran cargados por las yurtas desmontadas y los trastos de casa. Dos pastores jóvenes, al ver a Aygul, se apresuraron hacia ella en los caballos. A los pastores, como se les presentaba de costumbre, se parecían muy poco. Tenían peinados cuidadosamente hechos, como si los chicos acabaran de salir de la peluquería en la cabeza de distrito, uno tenia algo parecido a la corbata, y el otro llevaba un jersey abigarrado. Los niños. Solamente el año pasado habín graduado de la escuela. ¿Qué saldría de ellos en la estepa?
Aygul lrespondió secamente a sus saludos exagerádamente respetuosos y preguntó:
— ¿Recordáis quizás de qué nos pusimos de acuerdo antes de despedirnos?
Cambiaron miradas avergonzadas.
— Recordamos... comienzos uno.
Otro vino en ayuda al compañero:
¿Y acaso lo más importante es que recordemos? El adjunto de granja ayer ordenó ponernos en marcha, no estar en el mismo sitio...
Aygul tocó al caballo. Él entró de un modo indeciso en el flujo turbio. El agua se le acercaba al pecho, y los pies de Aygul se habían sumido también en el agua. Y ahora no menos que aquel flujo, ella bullía de la indignación. Cómo es por la tontería, por injusticia de una persona la gente con las manadas había caído en la desgracia...
Los pastores continuaban explicar y justificarse:
— Podíamos esperar tranquilamente. En nuestra parte, el molino de viento trabajaba, el agua había.
— Y los forrajes bastarían allí. Pero el adjunto ha ordenado...
Aygul los escuchaba, con dientes apretados. «El adjunto ha ordenado...» ¡Qué bien conocía ella la sumisión que había pasado en propiedad en la herencia del aúl viejo! La sumisión...
— ¡No entiendes!
Аygul bajó del caballo, ha arrancado del cuello la bufanda y, sin vacilar la hechó al agua.
La bufanda se levó también al lado del Syr-Daria. La bufanda alcanzó el gorro de Berden. Y el gorro velludo tropezó en la oveja panzuda, que se apartó a un lado asustada.
— ¡Paren las manadas! — gritó fuertemente Aygul. ¡— Que descansen las ovejas! ¡Esperaremos un día, y mañana será posible ya llegar! ¿Y sabéis, quien nos ha ayudado? ¡Los constructores! ¡Los constructores que cavaban el canal del Syr-Daria hacia los careos!
Aygul había estado allí más de una vez. Ayudaba la dirección de construcción a recibir la técnica de excavación que falta. En el centro regional había conseguido que aceleren el envío de los obreros. Los constructores tenían prisa, pero eran avaros con las promesas. Se consideraba que el canal sería acabado a eso del pleno verano. Ysi el agua salía ahora, entonces habían sabido adelantar el tiempo. Acabaron dos meses antes. Un nuevo canal absorbía con avidez el agua que se había desbordado para llevarla a las arenas, a lejanos pastaderos de careos.
Aygul no escuhó a los pastores, que se alegraban ruidosamente de la resolución así. Como una chica de dieciséis años voló a la silla y se echó a correr a alcanzar la manada,
Aygul podría no tener tanta prisa , pero era difícil quedarse en sitio, y el caballo rojo, como si comprendiendo su humor, como un pájaro corría sobre el agua.
Y el agua bajaba poco a poco.
1961.

LA PRIMERA FUENTE
Asanbay había estado dos cambios seguidos en el perforador, y cuando comenzó el tercero, decidió pasar por al casa.
Eran ya los tres y media de la madrugada. Pero no se puede hacer nada, es necesario por lo menos una vez al día aparecer en casa. Azhar, su mujer joven, esperará sin pegar los ojos, aunque él se quede sobre el agujero y el tercer cambio. Por lo visto del sueño insuficiente constante Azhar empezaba a perder la leche. Siguiendo así, tendría que destetarle al Telgara de cuatro meses.
Era difícil de conocer la Asanbay: todo estaba cubierto con el polvo espeso, los cabellos largos negros del acero del polvo estaban completamente blancos. A luz vacilante de la única bombilla deslucida a Azhar le parecía que su marido estaba ahora como un potente y desgreñado bura, cubierto por la escarcha en la hilada cruel. Suave, como harina, el polvo blanquecía sobre sus cejas espesas negras, sobre las pestañas, sobre las alas de la gran nariz directa, sobre las mejillas y los pómulos.
Pero a Azhar le encantaba cuando él estaba así. Ya que así aparecía de repente ante ella. Sus mejillas se inflaman, y los ojos negros brillaban alegremente y con ternura. Para aquel momento asombroso no dormía la noche entera y esperaba con paciencia al marido.
¡Y a decir la verdad,  no es monstruoso el camello enorme encorvado! Cuando él va por la estepa, al levantar alto la cabeza, potente, grande, con las gibas fuertes, con la escarcha sobre la cabellera negra, su aspecto es muy considerable y aúnsevero. A Azhar, que había crecido en las estepas, le encantaban aquellos fuertes

1Burá — la raza de los camellos.
animales orgullosos, ella los examinaba largo rato, mirando de abajo hacia arriba.
Al saltar, Azhar se colgó sobre el cuello de Asanbay. Él fácilmente, sin esfuerzo, la levantó como una pequeña chica.
— ¿No has dormido de nuevo?
— Que le vas a hacer, si el sueño no llega...
Los dedos delgados de Azhar se deslizaron en sus cabellos. Sobre la cabeza de Asanbay con una nube se colgó un polvo blanco. Pero a ella no turbó, con movimientos fáciles de los dedos continuaba sacudir el polvo de los cabellos del marido, hasta hcerlos  negros, después sus labios brillantes se estiraron a sus labios duros, cubiertos del polvo también.
El polvo en Mangyshlak es especial: ligero, suave, como harina. Polvo así no se encuentra en Kzyl-horda ni en Turkestán. Puede ser, el mismo polvo esté en el fondo de los lagos de luna. En Mangyshlak tiene que si dos coches pasen uno tras otro, se levanta la cortina gigantesca del polvo y creciendo, envuelve y cubre todo el cielo, como si en este lugar se haya explosionado una bomba atómica. Se movían rápidamente por la estepa inmensa los torbellinos libres, caprichosos y ágiles. Surgía de repente el embudo polvoriento, y en seguida la columna fuerte del torbellino se precipitará en el cielo. Atornillando en el aire encandecido, él vagaba por los contrafuertes y los valles secos, como disfrutando el atrevimiento.
— Y ahora ve a lavarte. El té está preparado ya, — ha dicho Azhar.
Mientras Asanbay se lavaba, hizo la cama en un dormitorio pequeño como una perrera. Manguista,  la estepa no acomodada aún, no estaba adornada con las ciudades acondicionadas. No batían todavía en aquella estepa fuentes del petróleo. Y el ingeniero Asanbay vivía mientras en una casucha modesta con pasillo estrecho donde apenas podían caber dos personas. En la estepa desnuda, quemada por el sol, se acoplaron apresuradamente unas barracas. Sus paredes se habían agrietado y secado.
Asanbay se lavó y apenas se sentó por la mesa, en el pasillo se oyeron unos pasos. Penosamente pisando por las tarimas crujientes, a la habitación entró el perforador Beysetay. Él regresó a casa también después del segundo cambio tras Asanbay.
— No puedo dormir, Asanzhán, — dijo él, — Si no me riñes, iré al tercer cambio...Creo que no voy a dormir hoy.
— ¿Por qué, Beyseke? ¿Aynel-apa te ha hecho una cama dura?
— Los cucarachos no dejan dormir, — refunfuñó Beysetay.
Asanbay lo miró con aire de burla. Es realmente en la barraca había muchos cucarachos. Pero el viejo astuto Beyseke hablaba, según parecía, en completamente otra cosa: su vecino de apartamento era un chófer Tarakanov, la persona ruidosa y sin ceremonia. Hacía poco él se había casado con una moza Dios sabe de donde que había llegado a la artesanía. Los recién casados resultaron personas inquietas y fastidiosas. Sin embargo no eran los vecinos que obligaban a Beysetaya a ir al tercer cambio. Los de Tarakanov eran sólo el motivo. Beysetay captó la mirada burlona y comprensva  del ingeniero y tímidamente pronunció:
— Si lo comprendo algo, el que dé la noche de hoy, perderá mucho... Y bien, si no objetas, me voy. — Baysetay se volvió, y bajo sus pies comenzaron a rechinar y gemir  tarimas secas.
Asanbay comprendía que se acercaba el minuto decisivo. Él temía dormirse también, perder el minuto, porque y se perdía por dos-tres cambios cerca del agujero y sólo pasaba por poco tiempo a casa. Beysetay viejo sentía algo: al fin y al cabo toda la vida trabajaba sobre la artesanía, por una intuición adivinaba el pulso escondido de la tierra. Claro, por supuesto, Beysetay era un perforador experto, pero ya que él, el ingeniero Asanbay, estaba seguro también de sus cálculos. Pero quien sabe... Cualquiera puede ser... Y Asanbay no sostuvo, saltó:
— Espere, Beyseke, espere...
¡Beysetay volvió de mala gana a la mesa, con los dedos nudosos, pardos tomó del plato un pomposo, rozagante baursak1 y, al decir «bismillá!» 2, lo embocaró.
¿Es la suposición suya? ¿O los aparatos muestran algo? — preguntó Asanbay. — ya que después de mí se fue Usted del agujero.
— Si los aparatos, si yo... el asunto no es eso... Lo principal es que debe salir enseguida el petróleo. El taladro hoy iba penosamente — me he pensado: a mi cambio saldrá... Yo esperaba... Y no ha salido. ¡Ah, como se lanzaría hacia arriba! ¡Como una  columna directamente al cielo! ¡Y que  arroje!
— ¡Vaya, vaya, aksakal! — exclamó asustado Asanbay. — Si perdemos el petróleo, nadie nosotros alabará.

1Baursak-buñuelo.
¡2. Bismillá! ¡— ¡Diós mío!, ¡bendi!

Luego salimos cerca del agujero el día y la noche que no tire...
— Eh, han encadenado todos los agujeros sobre las artesanías... Que por lo menos una se evade. Que brote la fuente manguestauno al cielo. Que todos se queden boquiabiertos de la sorpresa. Entonces los de cine tendrán qué grabar y los escritores tendrán qué describir. La fuente... Que grite el petróleo hasta el sonido en las orejas.
Asanbaty lo miraba con admiración el maestro viejo:
— Resulta que Usted es una persona peligrosa, Beyseke.
Las dos se han echado a reír alegremente. El ingeniero y el perforista se habían acostumbrado a entenderse ya de una semipalabra. Asanbay cogió con el tenedor el pepino en salmuera.
— Juzga mismo, Asanzhán, el litro de la gasolina cuesta tres copecas, un vaso de gaseosa también tres copecas. Resulta que el petróleo es cinco veces es más barato que el agua dulce. Si es así, no es el pecado soltarla una vez hasta las nubes.
Asanbay no conseguió responder. A la habitación entró Mukatay de cinco años, el hijo menor de Beysetay, él estaba completamente desnudo.
— Papá, — mirando hóstilmente alrededor, comenzó a hablar él, — no llevaré esos pantalones patituertos más. Los he echado. Eso es todo. Y a aquí en este lugar directamente aquí se han roto así. — él volvió la espalda al padre y se palmoteó sonoramente por aquel lugar donde se habían usado los pantalones.
— Ay de mujer borde - refunfuñó Beysetay, — ha enviado de nuevo al niño. Recientemente ya que estaba en las rodillas y callaba. Y bien, vamos... Vaya que ha inventado — los pantalones patituertos...
Asanbay no supo decir al maestro que que no el petróleo era barato, sino el agua dulce se había hecho  excesivamente cara.
Tan pronto como el maestro salió, Azhar dijo preocupada:
— Come más rápido. Dormirás Después una hora...
— ¿Una hora? No. Hoy no saldrá. Si me prometes despertarme en una mediahoras, trataré de dormir.
— Bien, despertaré en una media hora. Miró atentamente y fijamente su cara, se había sumido y amarillecido, los ojos se habían hundido profundamente. De la casa él se había ido ayer y claro que no había comido nada. Vaya, que come por las dos mejillas... Come el embutido con el pepino, y no aparta los ojos del caldo caliente. Ingeniero joven es un ingeniero hambriento.
— Telgara, el perrito somñoliento, no se ha despertado, — con la boca llena, sonriendo, dijo Asanbay.
A la casa con una velocidad grande rodó el coche, se ha parado bruscamente. Azhar ya por el sonido sabía «el de gaz» del marido.
— Han llegado, parece, a por mí, — ha levantado la cabeza Asanbay.
Retumbando las botas de montar herradas, en la habitación, sin haber golpeado, ha entrado Tarakanov.
— ¡Una avería!
Nadie más ha dicho nada. Con una mirada melancólica Azhar se despidió del marido. En la mesa se enfriaba el caldo no tomado.
Sin haber llegado hasta el agujero, el ingeniero comprendió que había pasado allí. En la estepa, donde siempre reinaban solamente los torbellinos polvorientos, balanceaba la columna negra del petróleo. En algún sitio a la altura enorme se agotaba su fuerza titánica, y la masa es de terciopelo-negra se precipitaba penosamente hacia abajo. Parecía desde lejos que a través de la bruma polvorienta marchaba el gigante fantástico en el sombrero estrafalario. La fuente había golpeado de la profundidad a dos y la mitad de los kilómetros. Él se ha evadido con el ronquido furioso y el silbido. Todo está próximo y está próxima la columna que se conmueve. La novedad, según parece, había circunvolado ya a todos. La gente iba del pueblo. Cerca la cima del surtidor de petróleo no era ya negra — se dispersaba por el plumaje finísimo de pavo real, brillante y variable.
Apenas «el de gas» se paró, el perforador Nikolay Petrov se echó a Asanbay:
— ¡No hemos retenido! - la solución resultó débil...
Y aquí como de debajo de la tierra ha crecido Beysetay.
— ¡Retenerlo no es posible! — con el arrebatamiento mal escondido ha gritado él. — mira, como va. ¡He llegado y tiró! A tiempo he llegado. Con mis propios ojos lo he visto.
Asanbaylo miró rápido y fijamente.
El petróleo zumbaba en algún sitio en el vientre de la tierra y con el estrépito se escapaba a la superficie, bañando todo alrededor con la respiración caliente.
Admirar la fuente no era tiempo, era necesario lo más rápidamente posible domarlo.
— ¿Cual es la altura del chorro?
— Cuarenta y cinco metros, - ha respondido Petrov.
— Hasta la tarde, entonces, serán cientos, —ha notado Beysetay, satisfecho. Los perforadores contenían apenas la alegría. Eran preparados ya a reírse, gritar del arrebatamiento, si
ha sonreído solamente Asanbay. Como si no los alarmara que el petróleo no han retenido. Parecía, han olvidado de todo en el mundo, excepto este chorro abrupto potente.
— ¡Un río entero!
— ¡Aquí tienes el Mangystau! ¡No es polvoriento, sino de oro!
— ¡Qué río! ¡Es un mar! — ha exclamado Beysetay. Élno se encontraba lugar por la alegría. — Ya dirás — el río. ¡Comparémoslo con el Mar Caspio! Por el cobre de Dzhezkazgan al primer lugar en el país Kazajistán ha sacado. ¡Dame un plazo, y Mangystau polvoriento será el primero en el país! ¿Dime, acaso por lo menos uno de cuarenta agujeros nos ha conducido?
A Asanbay ha metido una persona extraña, de cabeza redonda, de frente estrecha, en el chaleco rayado y los pantalones arrugados anchos, con la cartera enorme bajo el ratoncito.
— ¿Habéis informado de la avería y sus causas en las instancias superiores? —Sospechoso, preguntó él.
Esta persona a la extracción del petróleo no tenía nada que ver, él ha llegado de la administración y algunos días seguidamente trataba de celebrar infructuosamente con los petroleros la reunión. ¿Una vez hasta lo consiguió recoger a la gente pero, adrede, no resultó en el lugar de los jefes, y que la reunión sin jefes? Beysetay era en el número de los deudores más malévolos: él ya el medio año no pagaba las cuotas de miembro en el sindicato. Habiendo impuesto toda la deuda en el sobre, él ha enviado a autorizado a la mujer. Pero aquel se ha obstinado, dijo: «Que llegue. Tengo que hablar con él».
Beysetay examin de pies a cabeza autorizado y con la tristeza en la voz ha dicho:
— Sería mejor, si has ido a casa y ha planchado los pantalones, y esto como entre los pies el termos de tres litros llevas...
— Déjenlo, Beyseke, — se ha fruncido Asanbay.
Autorizado se ha lanzado sobre Beysetay:
— ¡Has hecho una avaría y te alegras! ¡Por esto tendrás que responder!
Te es ves aquí una avería. Que el pueblo se alegra, antes no te importa...
A Asanbay le ha exasperado esta conversación sobre la avería, y él ha gritado irritadamente:
— Todos, excepto los perforadores, alejados del agujero.
La gene ha retrocedido y se fueron de mala gana. Solamente tres niños de unos seis o siete años se han quedado en sitio.
Al bajar  los pantalones, competían a  quien soltaría más arriba la fuente. Uno de ellos era el hijo Beysetay. Los niños ante esto habían discutido de cuyo padre había puesto en marcha el surtidor de petróleo, y puesto que convencer uno a otro ellos no podían, han decidido acabar la disputa a su manera. Habiéndolos visto, Beysetay empezó a quitar el cinturón. Los niños han saltado dentro de una vez y se fueron, abrochando de paso los pantalones.
Se rompía con furia en el cielo el petróleo caliente. El viento salvaje de Manguistau hace caer la parte la columna elástica negra, lo balancea, arranca en la parte su gorro de color y riega la tierra por la lluvia negra. Alrededor del agujero gestionan las personas en los cascos de hierro y los monos de lona. Son negros y mojados, como si las marmotas. Cerca del agujero por parte del viento se han alineado los soportes de hierro y de madera, los escudos, la torre en los pies largos torpes. Con la fuerza prístina en ciento veinte atmósferas se rompe de las profundidades de la tierra el primer surtidor de Mangystau de petróleo. El asunto estaba claro, con el gorro tal chorro no se cubrirá.
La sección del enlace del poblado estos días no sabía ni un momento de descanso. Valía la pena expedir el un-único telegrama sobre lo que en Mangystau ha clavado el petróleo, como Moscú y Alma-Ata han capturado por completo la línea de comunicación. La esfera ha pasado a la fuerza a los aviones. Uno se sienta, otro vuela. Todos cogen Asanbaya, tratan de hablar con él. Pero alrededor del agujero había banderines de control, y nadie era capaz de pasar este círculo. Nadie veía que hacían allí en el torbellino infernal los petroleros, como domaban la fuente que se ha enojado.
Al  mediodía Asanbay hablaba con Moscú y Alma-Ata, y después ya ningunos telefonazos no podían desviarlo del trabajo. Junto con el petróleo de los subsuelos ha ido el gas. El elemento como si ha decidido probar al ingeniero joven.
Al fin de nuevo la conversación con Moscú.
— ¿Y bien, como, sabréis frenar su fuente famosa?? ¿O la ayuda será necesaria?
— Unos dos días más tienen que darnos... Pero pienso que podremos. Pasaremos sin ayuda.
— ¿Cómo ahora estimáis las reservas del petróleo de Mangystau?
— ¡Es un mar! — ha repetido sin ganas Asanbay la palabra de Beysetay.
— Vaya... Felicitaciones...
Con Alma-Ata la conversación pasaba de otro modo. En cierto modo vagamente, la semialusión han preguntado sobre la avería.
«Alguien ha susurrado ya», — ha pensado Asanbay y ha contado de todo directamente y detalladamente.
Como no es posible se encontraba a propósito sobre la artesanía de Nargyz Zhambolatova, el presidente del comité ejecutivo regional. Ha tomado en las manos todo el enlace de los perforadores con el mundo exterior: llevaba los brazados de los telegramas, informaba corto sobre las conferencias telefónicas. A los perforadores no les gusta responder a las preguntas — era no tiene tiempo a volverse. Nargys ha llevado al agujero a las mujeres con la comida caliente, y entonces, brillando en el sol, han hecho ala por prohibido alrededor los termos. Toda la comida de hoy de los perforadores en estos termos era el té. El té sin azúcar, abrupto, castaño oscuro, con la nata. Los termos esto desaparecen, de nuevo aparecen completo.
Y la fuente se rompe como antes en el cielo bochornoso despejado. Los petroleros se forman a él todo más cerca y más cerca. El polvo y el gas. El petróleo y el sudor. La respiración caliente de la tierra y el sol encandecido. Ha pasado el día, ha pasado la noche, y la victoria es todavía no visible. Corren cada vez más frecuente los perforadores a los termos... Nargys ha traído los nuevos telegramas: felicitaban los petroleros de Azerbaiyán, Tataria, Bashkiria... El Cansancio caía de cansancio las personas, del hambre giraba la cabeza. Y el petróleo así como es victorioso volaba al cielo. Pero todo más fuerte y empujaban más fuerte, apretaban sus personas.
Al otro día a la comida sobre la torre se levantó la bandera roja. La fuente era domada.
La gente que observaba desde lejos, ecuestres, pedestres, en los coches, sobre los camellos, — todo han brotado de una vez al agujero. Delante, como las chispas de la llama grande, corrían a toda prisa los niños.
La muchedumbre alegre, excitada, ha cogido a los perforadores. Mojado, negro, semivivo del cansancio, los balanceaban, abrazaban, besaban. Hablaban todos, pero nadie escuchaba. Nunca Mangystau no había anunciado sonidos de alegría así.
Han volado en todas partes a este día el telegrama solamente con dos palabras: «la Fuente está domada».
De alguna manera habiendo escapado de los abrazos de los amigos, Asanbay se fue a casa a descansar. Todos tenían prisa de irse a casa.
Y solamente Beysetay salió a tienda para comprarle a su Mukatayu los pantalones.

1964.

DE LOS RELATOS DE LA NATURALEZA

¿QUIEN DISPARÓ AL LOBO?

Éramos tres. El ministro, el científico y yo, el escritor. A cada uno a las espaldas había un ligamento de faisanes. Sus plumas resplandecientes brillan, son trasvasados en el sol, como si las plumas de los pavos reales. Los faisanes — enteramente los varones. Las hembras no disparábamos.
Nos cuesta llevar los ligamentos. Hemos encontrado el sitio desierto, donde, según parece, el pie humano no ha pisado, y donde había muchísimos faisanes. Unos después de nuestros tiros caían por la piedra, otros, habiendo desatado las plumas. Había tales que caían casi directamente en el saco. La caza era acertada, tan acertada que las conversaciones de ahora bastarían, seguramente, para dos años.
Hace mucho nos decían que en el valle anegadizo del río había un lugar silencioso, donde había montones de faisanes. En efecto, en medio del río había tres isletas pequeñas. A ellos, por lo visto, en todo el año nadie era. Crecía aquí una mimbrera espesa, dzhida y dzhinguil. Los arbustos se han entrelazado tanto que era imposible pasar. Y la hierba — por el cinturón.
Una de las isletas se encontraba un poco aparte. Los arbustos se alternaban allí por las colinas arenosas. En medio de la isleta se levantaba una solitaria y potente turanga.
Fatigados, pero contentos de la caza acertada, hemos salido a esta isla. Ya que los cazadores presentes no descansan allí, donde es mucha caza menor. Hemos decidido más allá irnos también de la tentación.
Era el fin del agosto, había un calor sofocante y seco.
Hemos entrado en el agua caliente y  fuimos despacio a la isla. Todos somos de altura media, uno un poco más bajo, otro un poco más alto. Las panojas de faisanes se arrastraban por nosotros en el agua. Y hemos comprendido sólo ahora que se nos hemos pasado.
Cada uno nosotros tenía el permiso para tres faisanes. Para tres tenía que, por consiguiente, nueve. Pero hemos cazado tanto que nos costaba llevarlos. Todos estábamos un poco torpes, por eso caminábamos lentamente en el agua callados.
Primero ha comenzado a hablar el ministro:
— ¿Parece, nos hemos pasado, eh, dzhijitos? Detendrán, será inconveniente.
— No es nada. Por la noche iremos. No nos notarán... ha respondido inseguramente el científico.
Me he callado. Pero el ligamento de los faisanes detrás de mi espalda me ha aparecido dos veces más pesada.
Hemos llegado a la isla y empezamos a esconder apresuradamente la extracción. El científico ha cavado ágilmente el hoyo al pie de la colina arenosa y ha enterrado a los faisanes. Con el ministro hemos escondido la extracción en el arbusto cerca de la solitaria turanga.
Los cazadores verdaderos no encienden hogueras grandes, no ahuman sin resultado en todo el alrededor. Por eso hemos sacado solamente los termos y los han puesto ante nosotros. Los cazadores verdaderos son generosos. Hemos abierto también el amigo ante el amigo nuestras bolsas, hemos desatado los nudos. Han aparecido rojo y blanco la cabeza de las botellas. No en las reglas de los cazadores verdaderos armar el ruido. Por eso hablamos también silenciosamente, contenidamente. Los cazadores verdaderos siempre están de guardia. Nosotros también estánamos en alerta. En las manos tenemos las tazas, pero los ojos miramos alrededor, y nuestras orejas oyen cada susurro.
— ¡Oybay, el gamo! — ha gritado silenciosamente de repente el científico y se ha apretado instántaneamente contra la tierra. Su cuello se ha estirado y se ha esforzado, los ojos febrilmente y han brillado rapazmente. Su taza se ha volcado, por el periódico se derramaba la charca castaña oscura del coñac.
Esto no el gamo, es la corza, — ha susurrado el ministro y se ha agazapado también, habiendo apretado contra la tierra. Su taza se ha inclinado, demasiado de ella ha comenzado a correr el hilo del coñac.
De nada he visto, pero se ha apretado también contra la tierra, habiendo volcado la taza con el coñac. El corazón ha comenzado a saltar en el pecho.
No había ministro, ni científico, ni escritor. Se quedaron unos cazadores.
Al abrevadero a través de las malezas de dzhinguil han pasado tres corzas. La hembra con dos cachorros. Sensible y trémulo, animal miran a todos lados es tímido, como si olfatean el peligro. La atención se siente y en la conducta de los cachorros, pero todavía tenían su credulidad y el retozo infantil.
Sus orejitas están atentas, y mismos se aprietan es cariñoso a la madre.
Un de los cachorros ha entrado por las rodillas en el agua, ha untado tímidamente el hocico agudo y ha levantado la cabeza. Ha mirado, ha dado oídos. El instinto antiguo como si lo prevenía. Aquí el cabrito se ha inclinado de nuevo al agua...
Y de repente la madre-corza con el segundo cachorro han saltado a un lado y, habiendo levantado la arena, se han escondido instántaneamente detrás de la colina. De las malezas de dzhinguil ha saltado un viejo lobo enorme. El cabrito saltó en el aire ante el hocico del carnívoro. Nosotros oímos como han rechinado los dientes. El cabrito se ha echado a correr en el agua directamente a nosotros. Del miedo él se ha apretado en la bola y volaba impetuosamente adelante por los saltos elásticos. Detrás de él, levantando las nubes de las gotas, corría pesadamente el lobo.
Mis amigos se han agarrado de los fusiles.
— ¡El lobo, bate al lobo! — impaciente se susurraron ellos uno al otro.
El carnívoro perseguía el cabrito, cada vez más acercándonos. El cabrito hacía los saltos desesperados de dos metros, y el lobo, habiendo sacado la lengua, lo perseguía penosamente.
A la orilla el cabrito ha saltado ya completamente debilitado. El lobo se ha atrasado de él de todo de los metros a cinco, pero no se sofocaba. Habiendo sentido bajo las uñas el terreno firme, él se ha echado a correr más rápidamente. La distancia entre él y el cabrito se reducía amenazadoramente.
El cabrito, por lo visto, nos ha notado y se ha apartado a un lado, se ha hechado a correr por la cresta de la colina arenosa. El lobo ya abrió la boca, rugía en malo y sordamente, sus ojos blanquecían de la furia, parecía, hacer todavía un tirón o por lo menos castañetear los dientes, y no sostendrá el cohibido corazón del cabrito.
Casi al mismo tiempo han retumbado dos tiros. El cabrito un poco ha tropezado, se ha vuelto algunas veces a través de la cabeza y se ha helado, habiendo enterrado la cabeza en la arena.
El lobo ha echado a un lado y se ha escondido detrás del montecillo, como si no hubiera aparecido.
Nos miramos uno al otro.
Los termos se han quedado cerrados. Cada uno recogía callando las cosas. Quitábamos los ojos cuidadosamente uno de otro. Hoscamente fuimos al coche. El cachorro matado de la corza estaba sobre la arena, habiendo estirado adelante el cuello, los ojos abombados negros se le empañaban despacio. Nadie ni pensaba en recogero.
Desde aquel día nosotros, lo tres cazadores, no nos encontrábamos.

TIMKA

Empecé a visitar este baño aun antes de la guerra. Estaba en el callejón sin salida oscuro, no era mucha cosa de la limpieza. Además para lavarse, se tenía que hacer una cola larga. Con todo me he acostumbrado a este baño. Allí era caluroso y confortable.
— ¿Hay escoba? — Preguntaba yo cuando en la guardarropa estaba de servicio el bañero ruso.
— Hay, — respondía él e iba callando a por la escoba.
Si estaba de servicio el anciano el uigur, en respuesta a la pregunta, si hay una escoba, él respondía así como, es corto: «bag» Y no el el bar  y no «baj», le salía una palabra extraña, que ,me costaba pronunciar.
Cuando me dirigía al tercer bañero, el kazajo viejo, él no me respondía, tendía simplemente callando la escoba. ¿Y sobre que hablar? Cada uno hace mucho sabía, cuanto cuesta una escoba
Me he acostumbrado así a estas conversaciones poco locuaces que pensaba que en el baño no podía ser de otra manera.
Tim, Timosha, Kim, Simka, Dim, Dimka... Son los nombres de una sóla persona. Nadie sabía su nombre verdadero. Yo tampoco lo sabía. No sabía y no preguntaba.
Era una persona delgada (muy delgada), dolorosa, iletrada. El mismo kazajo que cada vez me tendía callando la escoba.
Recuerdo bien cómo él entreabría la puerta en la habitación de la espera, donde se consumía en el turno la gente, y roncamente gritaba:
— ¡Una!
Esto significaba que uno puede entrar en la guardarropa.
— ¡Detrás! — gritaba él, cuando en vez de uno en la guardarropa se abollaban en seguida dos: — ¡Detrás!
Pasarás por turno — tomará el billete, te mostrará el armario libre, si era necesaria la escoba — dará. Se volverá después a la puerta:
— ¡Una!
Un clavado, desgraciado. Se ve que nunca no comía hasta la saciedad, se vestía como podía, y el trabajo de pan no lo había visto. Él mismo también era «una», y no uno, a saber «una» — una de las personas solitario. Siempre callaba o hablaba siempre las mismas palabras.
Ha pasado así mucho tiempo. Y aquí una vez él se me ha acercado y con confuso, por la sonrisa dolorosa ha pedido prestarle diez rublos. — Mu-u-cho es necesario, agay, — ha dicho él.
Por primera vez por el cuarto de siglo el bañero se ha dirigido a mí, por primera vez me ha mirado directamente.
Le he dado todo el dinero, - que tenía conmigo. No recuerdo cuanto, pero más de diez rublos, hasta toda la bagatela la vertí en la mano.
Él ha tomado el dinero, pero no se puso a agradecer.
¡Cuantas veces después de aquello hacía cola en el baño! A veces, miraba a Timka con la esperanza de que él compadecería y dejaría pasar sin turno. ¡Ni hablar! No me nota. El turno se acercará, dejará entrar, tomará el billete. Si pido la escoba, me la da. Tomará él dinero y volverá las espaldas. Eso es todo el conocimiento. No saludábamos por alguna razón y por los nombres no sabían uno a otro. Ya el cuarto de siglo éramos los desconocidos que se conocían.
De cierto modo en el baño me he encontrado con uno de nuestros escritores eminentes. Él me frotó la espalda, yo, a él. Contentos, nos hemos sentado al lado y era han ido a pasar solamente a los chismes de la ciudad, pero hemos oído el grito, que ha llegado de la guardarropa, el de Timka: «¡Detrás!» Alguien, por lo visto, ha irrumpido sin turno en el vestuario de baño. «¡Detrás! ¡Detrás!»
Y nuestra conversación ha pasado a Timka. Al escritor le eran conocidas también extrañezas algunas del bañero. Él ha contado, cómo una vez ha dado a Timka la moneda de cinco kopekes superflua, y aquel había devuelto callando el dinero atrás. ýo a mi turno he contado, cómo Timka prestó de mí. Nosotros hemos reído con el alma, sin ofensa.
Pero de repente el escritor ha arrancado la risa y es sospechoso ha preguntado:
— ¿Por qué me cuentas de esto? ¿O has olfateado que voy a pedirte también a préstamo?
— ¡Pero qué dices! ¿Tú para qué tienes que prestar? Tu libro sale en treinta hojas.
— Detienen... A unos cinco meses.
— Bueno, por favor. ¿Cuanto necesitas?
— Doscientos.
— Bien, pasa mañana.
— Pero no pienses que soy como el bañeroese, — ha dicho él, — presto y ya está, como si no te conociera. Cuando salga el libro, devolveré en seguida.
Unos días después he salido de la ciudad por los asuntos, y cinco meses no iba a aquel baño.
Y cuando en otoño ha llegado allá, los ancianos-bañeros, el ruso
Y el uigur, me miraban y se reían es misterioso. Timka no estaba. He preguntado, si no le había pasado algo.
— No pregunte, sólo una risa...
— ¿Que tal?
— Timka a principios del mes se ha ido de vacaciones...
— Y ahora cada día se lava en el baño. Vaya una chiste...
— Y los sábados y los lunes sale en el baño todo el día, — riendo, contaban los bañeros.
— ¿Para que él llega aquí? — He preguntado.
— Quiere verle a Usted.
— ¡Dice que le tiene un asunto!
Se ve, mucho entretenido parecía a los ancianos que el mudo de Timka puede tener a alguien un asunto.
— Hoy ya que el lunes. Ya va a llegar
No han conseguido a discreción reír los ancianos, como realmente, arrastrando los pies, ha llegado Timka. Los ancianos por el instante han dejado de reírse y se han vuelto las espaldas. Pero miraban con atención. Les era muy interesante, qué asunto tenía el Timka a mi.
Y esta vez no me ha saludado Timka. Se ha acercado, ha metido a algún lugar por el cinturón de los pantalones tres dedos, ha sacado algo redondo, firme, doblado, como un  tapón del borbotón para nasibay y lo ha impuesto en mi mano. He pensado que era una declaración o una carta, lo he desenvuelto y h visto dos billetes de cinco rublos pegajosos que se habían encolado.
Debe ser, me haya enrojecido, pero Timka no me ha mirado. Se ha vuelto las espaldas y se ha ido fuera.
— Tim... ¡Espera! — lo he llamado.
— Ahora, — ha respondido él y ha hechado a correr a algún lugar.
He bajado al banco, continuando tener en la mano los billetes de cinco rublos sudosos. Ellos eran todavía calientes.
Se me han acercado los ancianos-bañeros, el ruso y el uigur, y con la curiosidad me miraban.
Yo callaba y no sabía que responderlos.
Ha vuelto pronto Timka. Pero ya alegre, feliz, con la sonrisa amplia sobre la cara demacrada.
— Y bien, siéntate aquí, conmigo, — lo he invitado.
Pero Timka se ha negado a sentarse. Él me tendía todavía una bagatela.
— Aquí está el resto, agay...
Era difícil hacerle a Timka trabar conversación. Era aún más difícil persuadirlo tomar el dinero atrás. Le explicaba mucho tiempo que había dado aquel dinero para siempre, y
simplemente así, porque lo necesitaba. Pero él meneába negativamente la cabeza. Trataba a la fuerza de meter estos trozos de papel desdichados en su  mano, pero él no abría las palmas. Y los trozos de papel han caído al suelo mojado, y las monedas de cobre, sordamente llamando,se han desbandado por todas las esquinas. ¿Qué podía hacer con él? He saltado, lo he abrazado los hombros.
— ¡Amigo mío! Si no tomes dinero, me ofenderé para toda la vida. Y jamás llegaré a este baño. No me respetas simplemente...
Recuerdo, no compadecía entonces las palabras para persuadir a Timka, a ese bañero tímido, silencioso.
Al fin él se ha acordado y ha tomado el dinero.
Tranquilizado, he ido a lavarme.
Habiendo escaldado el agua hervida la escoba, he pasado en la estufa y he visto allí al escritor conocido. Ablandado, rojo, él se azotaba furioso por la escoba, al instalarse cómodamente sobre la balda superior. Él en seguida me ha notado. Ha notado y ha vuelto las espaldas.
No me decidí a turbarlo. No se le me he acercado.
Es bueno a veces, si en el baño es oscuro... Es bueno, cuando la estufa está cubierta por un vapor espeso. Mi deudor se ha colado "imperceptible" en el vestuario de baño. Y mientras me lavara, conseguió irse. Desde entonces, encontrándose conmigo, me pasa de largo apresuradamente y no me nota. Por lo visto, no me reconoce.

1965.

DENTRO DE  VEINTE AÑOS
1. UN RELATO DE LA ESPALDA
Ah, era un golpe verdadero. El golpe por la espalda... Un golpe así mi espalda no había probado nunca. Él me ha encorvado en un arco y me ha hecho rascar la cabeza por los talones. Gracias al deporte: no sería vivo sin enrenos
Antes, en la infancia, también golpeaba las espaldas ajenas y, no esconderé, me encontraba pegado más de una vez. Pero un golpe así, tan inesperado y destructor... No, un tal no había tenido la ocasión ni de poner, ni recibir. Siendo otra espalda, digamos, de edad avanzada, femenino o infantil, estoy seguro que se tendría que despedirse de la cabeza, y sólo se la vería  rodar por la calzada.
Aquel día muchas cabezas rodaron...
Y cuando mi cabeza se había echado hacia atrás es ridículo, conseguí mirar alrededor. Pero no ví nada — detrás de mí había una vacuidad. Sí, esto ha pasado instántaneamente. Pero la mirada humana no es rápida, por lo visto. Un minuto atrás se apretaban aquí las altas casas de piedra. Y ahora no habían, han desaparecido. Había una planura asustante, negra parda, humeando. Es recordado, los incendios grandes, los fuertes terremotos, hasta dejaban después algo: paredes quemadas que salen a solas los tiros, los árboles empolvados, la ruina. Y aquí nada se quedó, es igual de nada, como si nada hubiera. Las montañas, invisibles habitualmente por los edificios altas, ahora estaban perfectamente vistas: estaban en su lugar.Noté a tiempo, cómo del cielo por la lluvia de la carroña las tablas extremadamente anchas. Esto era los techos que bajaban como si después de insólitos, nunca ello que no soñaba vuelo. Entre los centenares de techos que tratan al vapor nadaba algo tal que era difícil discernir. Pero he conocido a las personas, mejor dicho, sus cadáveres.
Han volado, por lo visto, al mismo tiempo con los techos. Pero allí, en el aire, alguien los ha separado por el peso: los cadáveres bajaban mucho más rápidamente. Algunos de ellos por el tipo recordaban las cruces,
He visto todo esto, siendo encorvado en el arco, cuando mis pies y la cabeza tenían prisa al encuentro uno a otro, dejándome dentro de las trayectorias insólitas. Ha visto, cuando mi razón y mis sentimientos empezaban a obedecerme mal, cuando blanco comenzaba a parecer negro, negro y blanco. Ha visto, cuando la piedra negra, que ha caído cerca de mí, se ha inflamado, como si el algodón, la llama brillante. Después... Después el desmayo, el estupor, el tétanos, el alelamiento...
Lo último que a mí ha quedado en la memoria, es el lugar, donde fui alcanzado por el golpe pérfido. Esto era  uno de los suburbios de la ciudad con las calles estrechas de las casas de un piso. Tales suburbios de las ciudades japonesas son convenientes a la vida y son hermosos a su manera. Esto, como regla, los rincones más acomodados de la ciudad, ellos era acomodada todavía por los abuelos de nuestros bisabuelos. Las casas son rodeadas allí por las paredes puestas por las piedrecitas menudas, y no los patios grandes como si son copiados del paisaje japonés: los montecillos microscópicos recuerdan las montañas presentes japonesas, las piscinas minúsculas que son parecidas a los lagos verdaderos japoneses — los mismos ríos, los mismos puentes. Las guindas bajas, los pinos rechonchos. Obligatoriamente los crisantemos. No el patio, y el tapiz espeso cortado verde... Las Japonesas quieren vivir así y saben cuidar el patio. Por eso hasta la guerra no es un obstáculo.
Iba por las calles estrechas, dando oídos a las melodías silenciosas y tristes. Los japoneses entonces no jugaban ninguna otra música, excepto la triste, porque daban vergüenza por la guerra, que conducían — a pesar de su voluntad. Sofocaba. Pero no notaba el calor sofocante: era cautivado por los sonidos tristes que han usado de hacienda de alguien. Aquí en tal estado me ha encontrado aquel golpe. Aturdido, no he conseguido ver que se hacía con aquel trimestre de las casas de un piso …
Cuando y donde me he recobrado es hasta ahora se queda para mí a la adivinanza. No sé, pero mucho tiempo estoy en las cadenas de esta horma de yeso. Parece a veces que era sin conciencia poco tiempo: el día, dos. Pero hablan que en el institutoun médico americano de enteros dos meses estaba irritado conmigo. ¡Por que como que el estúpido obstinado, esconde tan largo, tanto como sobre que desaparición del epicentro de la explosión es sorprendida su espalda! ¡De veras no comprende, qué necesaria es para la ciencia militar su información! No, él comprende bien.
Pero no quiere, no desea hablar. ¿Está ofendido?. ¿Está enfadado?... ¿Protesta?. Pero qué protesta puede ser cuando todo el Japón se ha inclinado dócilmente ante nosotros. ¡Todo el Japón está cerca en nuestros pies, es obediente el emperador, se ha sometido tu sol, el tonto japonés!.
No, se encolerizaban en vano a mí el señor doctor de guerra americano y su colega del instituto, pues entonces no me ofendía. No estaba para esto. Me indignaba más tarde. Después, cuando el dolor de las quemaduras se había calmado un poco. El dolor de la indignación, la amargura de la ofensa, claro, son más fuertes que el dolor físico. Pero llegó más tarde, mucho más tarde. Estaba irritado en vano conmigo el americano... Completamente en vano.
No, no me obstinaba, y no podía obstinarme, porque de nada entonces sabía, hasta  por qué me encuentraba cegado en el hospital. Mi conciencia débil de nada podía restablecer, excepto una visión, lo que era vinculado al golpe por la espalda. ¿Qué había visto en realidad? Me era difícil comprenderlo. La interpretación llegó más tarde, mucho más tarde...
Cuando volvió la conciencia, yo pregunté, por qué estoy aquí.
— Su la espalda es puntual la copia de la tarjeta geográfica de Japón, — ha bromeado el doctor. — sobre la espátula derecha se ha situado Hokkaydo... Un Gran Honeyu ha ocupado, como esto y seguía, todo el lado derecho... Él se separa del Kyusyu vecino por la raya estrecha sana — el estrecho Simono. ¡Agradecéis al Dios que estas islas no se han instalado sobre el lado izquierdo!
Cuando, a través de cuántos meses después del golpe he hecho esta pregunta al doctor, no lo recuerdo. Recuerdo solamente que se esforzaba a darlo más de una vez, pero no podía por alguna razón.
Otra vez las bromas del doctor han lisonjeado aún más mi autoestima propia. Él ha dicho: «esta Usted perfecto, amigo. El paisaje japonés, créame, le envidiará a Usted. ¿Las montañas? Aquí están ellas: Fudziyama, Asahi. Las cordilleras están también: conozco Tyugoku, Kyusyu. Y hasta Hiroshima de Nagasaki son representados exactamente en los lugares, aunque hace mucho que no están allí. No, ni una de las mapas en relieve geográficas de los años militares no puede rivalizar con la imagen en usted... La tarjeta Hermosa, exacta...
— ¿El doctor, pero cómo todo esto ha pasado?
Sus ojos han brillado con cólera. Parecía, los cristales de las gafas no sostendrían una ira así. Los japoneses son de ojos pequeños,
inteligente y un poco tristes. ¡Pero, el dios mio, cuanta indignación, resulta, se había acumulado en los ojos del doctor alegre! Miraban severo, muy severo.
¡-Taneka Uriko! — se ha vuelto bruscamente el doctor a la mujer de edad media. "— ¿Por qué hasta ahora no le habéis explicado?
— Explicaba... Trataba de explicar...
Sí, tiene razón, trataba de explicarme, pero no comprendía, cómo era posibñe enseguida destruir dos ciudades grandes, matar la mitad de su población.
El doctor me ha sentado.
— Le pido que sea el hombre, y me escuche tranquilamente. A nuestras dos ciudades los americanos han dejado las bombas atómicas. — era visible que el doctor vencía apenas la agitación. ¿— para que? Ya que le pedía ser el hombre. Ponían las experiencias. La primera vez para la prueba, segundo — para persuadirse que los datos del bombardeo de prueba no casual... ¿Qué? Sobre esto no hay opinión única. Es posible que sea para clavar definitivamente Japón, aunque ha reconocido así la derrota... Y a los aliados es útil asustarlos... Las Guerras siempre suponen una partición — todos siempre quieren captar más, afirmar la superioridad... ¿¿no es así?? Aquí para que, hablan, han dejado las bombas. Y ahora descansen. La tranquilidad es perfecta.
— Tenía una madre, había una hermana... ¿Si No es posible comunicarlos con?
— ¿Cual es su apellido?. ¿Y donde vivíais?
— En el trimestre de "la Aurora"...
— Este trimestre ahora no existe...
— La madre trabajaba en el parque central...
— Del parque se ha quedado un cero a la izquierda... Y ahora calla, descansa...
El doctor tiene razón, hay que callar... La pena no ayudará aquí: ¡si el pueblo conquistado comienza a lamentarse, llorar, se matará día y noche, por esto él adquirirá sólo la ictericia y nada más!
Desde entonces ha pasado veinte años. En este tiempo dieciséis veces me han hospitalizado. Dieciséis veces reparaban la espalda. Es muy difícil llevar sobre la espalda una carga así, como la geografía del país entero. Sin duda, no toda mi espalda está dañada, sobre ella han quedado vivas unas rayas estrechas de la piel sana que recuerdan, como dice  el doctor, las rayas azules de las aguas entre las islas numerosas japonesas. Aquí cortan de estas rayas y ponen a los lugares dañados. Y así sin fin. Y allí, donde cortan, surgen nuevas heridas...
Ahora sufro de la leucemia. Los glóbulos sanguíneos blancos, aumentandose, desalojan siempre más fuerte  la sangre roja. Para vivir veinte años, he tenido que luchar mucho. Y después voy a luchar.
No tengo todavía cuarenta años. Quiero mucho tener la familia. ¿Pero quien se casará conmigo? ¿Me caso con una enferma de leucemia? No quiero, no deseo multiplicar en el mundo a los monstruos. Tal vez, el doctor tenía razón. Hay que ser hombre, hay que ser paciente, como un hombre verdadero.

2. RELATO DE LOS OJOS

La reconocí a Aykó de lejos. Ella a mí también. Las muchachas ya hace mucho estaban en el coche, y Aykó me esperaba. A las japonesas no les apetece gritar, a nosotros no es nuestra costumbre gritar en voz alta, y simplemente meneapor la red con el termos — me apresura.
Apresura porque tenemos que ir en el poblado vecino, a ayudar a reparar allí la escuela. Me he quedado a otra parte de la calle: han impedido los tranvías contrarios, que han llegado a la parada.
Al esperar, mientras se hayan retirado, se apresuró a nuestro jardín escolar, allá, de donde Aykó movía de una manera atrayente la red. La escuela estaba rodeada por un jardín espeso, y el ruido de los tranvías no le llegaba. Me muevo rápidamente, sin compadecer los pies. Me da vergüenza que les hago esperar. Pero aquí ya oigo, cómo se han puesto a cantar las muchachas, veo como Aykó con más impaciensia menea con la red, se preocupa por mí. La tapa niquelada del termos describe, reflejando en el sol, los círculos de plata. Aykó no se desalentaba nunca. Sabía hacer reír así... Y ella iba así con su coquetería amable...
Pero ha pasado de repente inimaginable, parece que se ha rebentado el cielo mismo. Pero el cielo, y mis orejas han zampado esto, tal vez, no. Aturdido, he mirado hacia arriba. Allí, sobre la ciudad, estaba, apoyando en el cielo, la columna, toda blanca, como si de la nieve, había una columna de fuego, como si hecho de fuego y la nieve. Él echaba fuego, él vertía el rayo agudo hasta el dolor. Luego ha comenzado a hervir, extendiendo arriba, se ha oído. ¿Donde yacía su razón? No ha desmontado. ¿Habla, que espeso? Y bien, como  decirle... En nuestra ciudad, en su más centro, eran el pabellón de exposiciones, tal palacio redondo. ¡Hablan, el esqueleto del palacio se ha conservado! Me parece, aquella columna será al espesor del esqueleto del pabellón...
En instante siguiente me he acordado de la escuela,
— ¡Aykó! ¡Aykó!. grito, pero no oigo la voz.
No veo nada. No veo Aykó, no veo coches, no veo escuela. Ha desaparecido todo. Ante los ojos una vacuidad negra. La vacuidad negra en todas partes: y allí, donde había una escuela, y allí, es lejano detrás de la escuela. En todas partes el hollín, la vacuidad negra...
Con el ruido y el crujido se han caído los árboles, cercando la vía. Me han bañado con el calor. Los botones calientes en el vestido se han clavado en el cuerpo. Después la ignorancia, la oscuridad, la vacuidad negra...
En ella, esta vacuidad negra, han pasado mis últimos veinte años. Lo que le hablo aquí, no entrega la centésima parte de lo que veía entonces. Hablo del fuego, de la llama, de la nieve blanca... ¿Pero acaso esto lo que era? A aquel no es inventado los nombres, aquel no tiene todavía las comparaciones. En nuestro diccionario no hay tales palabras, tanto exactas y terribles palabras para designar esto. La muerte... La pérdida... ¡El accidente  no existe, también no esto!.
Hablamos sobre el hierro, sobre la piedra que se ponen incandescente, se funden. ¿Pero cómo decir sobre el hierro y la piedra, si se convierten instántaneamente en la ceniza? ¡Como, que palabra expresarlo, cuando sobre sus ojos desaparece al instante la ciudad entera, que han transformado! ¿En el polvo?
Sí, es difícil expresar, pero no esto ahora de yo preocupa. Veinte años estoy en la oscuridad. Hablan que la ciudad es construida, restablecida. Hablan que él se hacía más bella y rica que antes. Quiero mirarlo así. Aunque por un ojo, aunque la vez.
Por esta esperanza — ver — vivo. No puedo y quiero esperar. Primero, por que he preguntado al doctor, cuando se ha recobrado, esto sobre ellos, sobre mis ojos.
— ¿Tía, — suplicaba yo, — dígame que ha pasado con mis ojos?
Querida, no te preocupes... Son encantadores, como siempre.
¿Ya que no he perdido la vista?
No, no... No ves, es así. Pero esto pasará, pasará pronto.
— ¿Y mi cara que le ha pasado?
— Ningunos cambios serios. Es hermoso, como el mármol blanco. Hermoso como antes.
— ¿Y los cabellos?.
— Los cabellos tuvimos que afeitar. Pero crecerán rápidamente.
¿Y donde están mis pies, donde están las manos? Si hay en general, no trato de aclarar esto. Me preocupo por la cara, por los ojos.
Trato de palparlos en vano, pero las manos no obedecen, como si ellos no fueran míos. ¿Puede ser, hace mucho lque los cortaron? Los pies también como no son míos, son desobedientes también.
Pero los ojos... Creo que han quedado vivos. Volverá la vista, y pintaré la cara, yo sé, cómo se hace eso. Puede que no es  nada y no es necesario hacer, ya que hablaba el doctor que la cara era blanca, como el mármol. No, se equivoca,  mi blancura no es de mármol, mí blancura es un poco otra. Y no sólo mía. Aykó siempre envidiaba mis ojos, decía que son muy negros, y la spestañas my largas...
Pero lo que es asombroso, nadie me ha llamado nunca una ciega. Nadie de todos, quien llegaban aquí durante veinte años. Esto me consuela. Por eso no escondo los ojos. Miro atrevidamente allá, se oye de donde la voz. Saludo, sonrío... Si fuera fea, si mi persona tuviera cicatrices, y en la calavera estuvieran abiertas las órbitas, — no hay duda, os asustaríais.
Tengo  ahora treinta y cinco años. Cuando perdí la vista, perdí la vida, tenía quince. Pero estos veinte años como si no existieran: no puedo considerarlos mi vida. Todavía tengo quince. Espero todavía que recupere la vista. Tengo quince, porque la esperanza en la recuperación de la vista no me deja envejecer.
Tan pronto como recupere la vista, iré a la escuela. Dicen que ha crecido allí un nuevo jardín. Dicen que la escuela ahora es de cuatro pisos. Dicen que mi fotografía cuelga en un lugar más evidente. Y ya que restaba aprender de todo el año. Como recupere la vista, acabaré en primer lugar la escuela. Y después ingresaré en la universidad, a una nueva facultad, de la comida para bebés.
Dicen que no hay ya aquel desierto, dicen que alrededor todo ha comenzado a verdear y que la ciudad ha olvidado la pena pasada. La pena, la tristeza... Claro, no adornan la ciudad. La ciudad debe ser adornada, alegre. Pero la gente... La genteno tienen el derecho de olvidar. Si vuelve la vista, sueño describir aquel el día, — describiré lo visto por la pérdida de la vista. Lo recuerdo todo. En los primeros años la esperanza me entusiasmaba, y era resucitaba en la memoria todos los nuevos detalles. Ahora no es eso: ahora siento que algunos detalles comienzan a empañarse, pierden la claridad. Si la vista no vuelve pronto, temo que se olviden muchas cosas...
Dicen que después del accidente ha empezado a inquietarse todo el mundo, ha protestado todo el mundo. No sé y no podía saber — me encontraba a la muerte, — por cuanto era decidida era aquella protesta. ¿Y cómo era en el caso suyo?
No había mitad de la ciudad, ha ardido completamente. Es de todo en dos segundos. Mi ciudad no era el militar, en aquel tiempo en esa ciudad vivían solo mujeres, los niños y los ancianos. A nadie le hacían nada malo, a nadie amenazaban, en aquello no había nada especial. No puedo hasta ahora comprender, con qué y ante quién  han tendo culpa. Qué culpa han tenido  mis amigas, ya que querían solamente el bien — ayudar a reparar la escuela de los vecinos, a que no se quedó ni un hombre. Veinte dos muchachas se han convertido en la ceniza, por un instante se han convertido en la ceniza. He quedado viva sólo yo, la veinte tercera. Digo "me he quedado viva".... Pero acaso es una vida ...
¡Ah, Aykó, Aykó! Eras el soporte débil, sobre ti se tenían las viejecitas impotentes de tres chozas. Apoyabas por su caricia, la alegría de siempre. ¡Y como sabías preparar! A ti había bastante un granito del arroz, un manojo de la cebolla y trozo del pez para hacer la comida a la familia entera... Eras hábil, y en tus manos habilidosas ardía todo. Tenías no diez dedos, sino diez manos.
Al alma ofendida le apetece a veces la venganza. Apetece que perforando la ira humana eche el té, que con tal apetito lleva a los labios el ofensor tuyo. Apetece que su casa se haya cubierto por el polvo pintado rellenado con la muerte. Apetece que él pruebe que significa ser el mutilado... Que por los mutilados nazcan sus hijos, los niños de sus hijos...
No, no soy vengativa. Pero no me crean, si digo que no he ansiado nunca la venganza. He ansiado la venganza, y más de una vez. Pero me contenía, contenía así que parece, este sentimiento comienza a despreciarme ya.
«No deseo nada parecido hasta al enemigo». Dicen así en nuestro lugar. Dicen así , tal vez, en todas partes. Somos un pueblo hospitalario, bueno. Y no deseo esto a nadie. No quiero la desgracia a las casas de nadie. No quiero que sus inquilinos se frían, como las hormigas. No quiero que se enrede la ceniza pintada sobre el mundo.
A mí llega mucha gente. Todos piden contar de esto. Probablemente, mi relato aparecerá aprendido, pero no puedo hacer nada: tengo que repetirlo muy a menudo...
Vivo gracias a la esperanza, estoy viva gracias a los sueños... Pero realizarlos no está en mis fuerzas. ¿Con qué, es curioso, sueñan los demás?
¡Ah, cómo me gustaría recuperar la vista! ¡Recuperar la vista...!
3. EL RELATO DE LA PIEDRA

Soy un mármol negro, soy una piedra negra. Brillo después de que visitaré las manos de la persona. Lo veo todo, categóricamente todo. La persona no puede mirar al sol, y yo puedo. La persona no siempre ve correctamente: admira lo que mira, se alegra, se indigna, tiene miedo cuando mira. Lo miro todo fácilmente, lo veo claro, porque no me molestan los sentimientos. Se me ve todo y siempre. No veo sólo por la noche.
Soy mármol negro, soy una piedra negra. Me es extraña la alegría, me es desconocido el miedo. Me es extraña la agitación. Feflejo solamente lo que veo. No me importa de qúé manera usarán las personas mis certificados.
Aquello no era día de fiesta. Entonces no había nada que recordara la fiesta. Entonces nadie sonreía, les daba vergüenza en cierto modo sonreír, porque sobre todos tendía la guerra, todos reconocían la amargura de la derrota. Aquel día delante de mí pasó mucha gente, mucha gente triste. Han pasado los adolescentes, los colegiales, las mujeres, los ancianos. Tristes, desordenadamente vestidos. Y todavía antes, por la mañana temprano, han pasado de trabajo, lúgubre, manchados y algo asombrados. Hasta las muchachas no sonreían. Los niños... Aquellos habían olvidado completamente que tal la petulancia. Las mujeres son aplastadas, los niños se han bajado, en general todas las personas fueron feas, se hacían más abajo y menos. Imperceptible y silenciosamente, sin estrépito pasado,  pasaban máquinas de guerra.
Era el día claro caluroso. Fatigado por el bochorno, dormitaba tranquilamente el bosque, estaban, como si dando oídos a algo, los árboles en las calles. Dormitaba.
De repente algo se ha inflamado y ha surgido por la columna de fuego. Por un fin la columna se apoyó en la ciudad, con otra — brillaba a la altura del semikilómetro, formando allí gorro furioso. Ha brotado en todas partes el flujo de fuego desconocido, el flujo de luz desconocida. La ciudad se ha arrollado en el hojaldre, como el papel dejado en fuego, y ha desaparecido. El metal se ha convertido en la ceniza. La piedra está en el polvo. Toda la ciudad ha sida reducida a polvo, que ha desaparecido instántaneamente, como si era tragada por una garganta monstruosa. Había sólo un lugar, donde había una ciudad — quemado y desigual.
El flujo de fuego echaba en mí a las personas, echaba por los paquetes y solo. Golpeando, saltaban de mí. Salían los pies, la mano. Se estrellaban en mil pedazos las cabezas... No lleves el dios que la persona se dé con la cabeza contra la piedra... Ardía el aire.
Sobre la parada de tranvía era concurrido. Sin haber conseguido alejar, se ha inflamado el tranvía rellenado. Se ha inflamado y ha desaparecido, sólo al instante habiendo desnudado el armazón metálico. No había personas: y los que ha conseguido pasar en el tranvía rellenado, y los que no ha llegado a tiempo. Han ardido, sin sentir que arden. ¡No lleves el dios oír, cómo setenta cinco mil personas gime, ardiendo! ¡No lleves el dios ver, cómo devora la llama de mil de ojos inocentes infantiles, como se inflama la forma sobre mil de alumnas, como sus cuerpos que se han desnudado chisporrotean y se fríen en fuego! Gracias a Dios, todo ha acabado rápidamente, tan rápidamente que hasta las serpientes no ha conseguido sacar la lengua. La ciudad se ha convertido en la erial negra. Sobre la próxima cuesta de la montaña se han desnudado grande, como los elefantes matados, las piedras; las hojas de los árboles han desaparecido instántaneamente, como desaparece la banda de pajaritos otoñales, asustada  por alguien.
Ha soplado después un fuerte viento. Ha soplado rápido, impetuosamente, deseando, como parecía, echar una mala fuerza, que ha dispersado tan de repente la ciudad. El viento era malo y decidido: podía coger una casa, se la llevaría sin compasión. Pero nada lo obstaculizaba, y el viento, que siempre abrazaba cada árbol espeso, como el bosque, los parques, ahora corría a solas por unos montones calientes de hollín negro, ahogandose con el polvo ceniciento.
Había después unos primeros indicios de la vida: han reptado, mirando sorprendidos a todos lados, los niños. Era de qué asombrarse: el mundo había conocido tal tragedia por primera vez. Era creada por la gente para hacer perder uno a otro, era su esta obra.
Luego han salido las mujeres, han salido los ancianos. Miraban. ¿Dónde estaba la ciudad? Con el sentimiento encontrado de la sorpresa y el miedo la gente frotaba en vano los ojos: ¿era suya aquella ciudad? No busques, la gente, la ciudad, no te importunes en vano. Busca mejor, de donde aquella desgracia negra les ha llegado de improvisto. Busca el mal, encuentra, donde se ha agazapado.
Antes en el centro de la ciudad había un edificio redondo de cuatro pisos. En cien lugar en medio del campo llano negro se ha quedado a solas salir el armazón que ha quemado. ¿Cómo se ha quedado vivo? ¿Puede que fuego monstruoso haya decidido dejar por lo menos una huella, de pasado o resultó más estable gracias a la forma aerodinámica?
Pero aquí las personas se metían — en el lugar del incendio ha comenzado la vida. La gente quemaba los restos de la gente, ardían los cadáveres que se habían quemado. Limpiaban el nido encendido. No oía, cómo la gente sollozaba además, — a yo no tengo orejas, —
Pero, tal vez, es bueno que no tenga orejas, no soportaría yo aún, la piedra.
Poco tiempo después es al lado conmigo había algunas tablas, algunos anuncios con las primeras noticias sobre el accidente: la temperatura era de trescientos mil grados, en el radio de un kilómetro del epicentro de la explosión ha desaparecido todo vivo y muerto, y allí, después este círculo, la fuerza de la explosión ha debilitado poco — han quedado vivos allí, aunque comenzaban a fundirse la piedra, el metal.
Soy el mármol negro, soy una piedra negra. No sé contar, y no sé cuántos meses han pasado desde entonces,cuántos años han pasado. Sé solamente la eternidad, para mí hay sólo una medida — la eternidad.
Ahora la ciudad es restablecida. Él es más alto y más preciosa que antes. De nuevo se han recuperado los jardines. Y las calles son más anchas. Nada recuerda el accidente. Completamente nada, pues han trabajado bien durante los años, ha trabajado bien la gente. Son dignos del elogio más superior. Pero no iba a glorificar el trabajo de la persona. Y sin mí saben, que trabajador el un japonés simple. Quería contar sólo sobre aquel fondo terrible. Sobre el fondo, cuando se fundía el metal, cuando se fundía la piedra. Quería que la gente recuerde aquel día. Y que tengamos cuidado.
En el centro de la ciudad que ha sobrevivido aquel día horroroso, ahora se eleva una persona de piedra. Su mano derecha levantada recuerda a las personas, donde se encuentra el cielo. Su mano izquierda se extiende a la gente— pide el paz y la tranquilidad. Sus ojos cubiertos por los siglos pesados, suplican que no se repita la desgracia.
Aquí está, en realidad, todo lo que yo quería contaros a vosotros, a la gente. Espero que no pregunten a la piedra qué tenéis que hacer para no probar esto nunca más.

Nagasaki — Hiroshima 1966

LA CONVERSACIÓN EN EL CIELO SOBRE LOS ASUNTOS TERRESTRES

El emblema de la compañía India de aviación es un hindú de loza en el turbante blanco. Él se ha inclinado como despedida en la reverencia respetuosa, — y aquí ya el calor sofocante que arde del Delhi era cambiado por el clima moderado en el salón de la primera clase.
El avión se ha desgajado de la senda gris de hormigón y se ha arrastrado en el cielo, obstinadamente tomando la altura.
Mi vía conducía via Calcuta y Hong Kong después a Tokio, donde me esperaban para un encuentro con los escritores japoneses. Diez horas del vuelo por nuestras nociones actuales es muchísimo tiempo, y yo empezaba ya a sentirme como en casa: me he quitado la chaqueta y me he liberado de la corbata, he dejado a la mesita la caja casi cuadrada azul oscura de los emboquillados de "Dzhambul" y la cerilla de "Berezka" de la etiqueta brillante, que reproducía no los cuadros de la naturaleza, sino unas muchachas gentiles rusas, que se han helado en un baile suave.
En el salón para los pasajeros fue creado un conforte completo: mesitas ante las butacas de la primera fila, el cigarrillo de las clases diferentes, el chicle, revistas lujosamente ilustradas. En comparación con nuestra «TY-104» la nave inglesa era más de velocidad baja, pero menos ruidosa. De vez en cuando se oía el zumbido fácil del climatizador.
Es evidente que para sentirse en el vuelo completamente eximido de los asuntos solícitos terrestres, he metido en la boca un chicle sazonado, me he echado atrás al respaldo de la butaca y he tomado en las manos la revista gorda inglesa, en que, como un pequeño muchacho, podía solamente mirar los dibujos.
Hojeando las páginas densas con las fotos de color con los tintes brillantes , sentí sobre mí la mirada de mi vecino que me estudia — a la izquierda de mí, a través de sobre-curso. De tener nada que hacer él trataba de determinar, quien era yo.
Ya estuve harto de aquel escudriñamiento, y he decidido no hacer ningunos pasos a al encuentro para tratar el conocimiento.
A pesar de todo la curiosidad en mi compañero de viaje ha ganado, y el viaje cambia un poco la opinión de las reglas de la decencia, y él se inclinó hacia mí.
— Perdone, por Dios... ¿Pero es usted  de Rusia? — Se me ha dirigido en ruso, con un ligero acento suave.
— Sí. De la Unión Soviética, — he respondido, desgajando de la foto de Merilin Monro, que hace poco se ha suicidado.
Nuestros se han encontrado, y podía examinarlo mejor. Era más alto de medio, delgado, sobre el labio superior tenía bigotes cuidados del color que sus posesores llaman de color  trigo, y en realidad era simplemente rojizo. Flameaba la oreja marcada por el rayo penetrante solar. ¿La edad?. Unos cuarenta años, debe ser.
— No quisiera parecer importuno, — continuaba él. — pero mi atención han atraído sus cigarillos y las cerillas. No sé que es el "Dzhombul", pero "Beryozka"... Yo ví ese grupo famoso. En París. Soy un parisiense tradicional, nací allí y he crecido allí, vivo allí. Pero soy ruso.
¿Que ceremonial especial es necesario para un conocimiento de camino? El viaje consiste en tales pequeñas alegrías: encontrar a la altura de siete kilómetros a la persona que qyudara con una conversación acortar la vía de diez horas para no sentirse completamente mudo. Había algo conmovedor: la persona que nació y que vive a una gran distancia de la patria de los padres, no podía evitar estirarse a las chicas vestidas en los sarafanes, que bailaban en la etiqueta de cerillas.
Le he propuesto el emboquillado, he frotado por la cerilla. Y él, habiéndome dicho: «Permíteme....¨" aceptó atentamente la cerilla ardiente de mis dedos, ha dejado encender el cigarrillo primero a mí y después ha encendido el cigarrillo ya.
- Y nosotros todos tenemos mecheros... ha dicho en poco indefinidamente, habiendo apretado, un poco ha entornado los ojos, estimando el gusto del tabaco. — usted tiene buenos cigarillos, — ha continuado él. ¿— que significa el "Dzhombul"?
— Perdone, debo corregirle: Dzhambul. Llamaban así a un poeta kazajo.
Mi nuevo conocido se ha presentado como un  empleado de la ONU por la ayuda económica a los países Asia Sudeste. Y además el biznieto de Martynov. ¡Sí, sí, del mismo Martynov!
Cuando nombró ese apellido de deshonra, yo, por evidencia, no he podido esconder los sentimientos y, como un caballo estepario que ha olfateado el peligro, ha aguzado los oídos.
Él esperó un poco y, mirándome en el hincapié, ha comenzado la frase siguiente con mis palabras, como si sabía leer el pensamiento:
— ¡Sí, sí, del mismo comandante retirado Nikolay Solomonovich Martynov, que no disparó nunca a Lérmontov, y por tanto no podría matarlo!
Tranquilo antes, él lo ha acabado la afirmación, con el signo de exclamación.
He sentido un reto en sus palabras. Un reto según las reglas. El biznieto de Martynov me desafía a mí, al biznieto del kazajo estepario Musrep, del cual ha movido el apellido nuestro género.
Nada me restaba que aceptar el reto. He dicho a mí mismo: «Ayúdame Alá y Heracles Andronikov « — y me he puesto a la barrera.
En cierto sentido el derecho del primer tiro ha sido aprovechado mi interlocutor. Ciento veinte con superfluo años han pasado desde aquel día trágico de julio, y el género de Martynov podía escoger de todas las versiones sobre el duelo una tal que disculpara al comandante retirado de ejército, «que no había disparado nunca a Lérmontov, y por tanto no podría matarlo».
¿Y yo?. Su afirmación me ha tomado por sorpresa, y me acordaba de prisa qué sé de toda aquella historia.
La verdad es que después del abecedario mi primer libro ruso fueron unas obras en un tomo de Lérmontov. Me lo regaló el inspector de las escuelas públicas, en presencia de mi maestro Beket Utetleuov, un medio siglo atrás, en el aúl kazajo, donde se encontraba escuela rusa de dos grados. Leía con asiduo los versos de Lérmontov. Leía, sin comprender una buena mitad de las palabras. Pero poco a poco, por medio del mismo Beket, se me abrían tales profundidades y bellezas del verso de Lérmontov que las recuerdo de memoria desde los años juveniles.
el  "Terek" y «Las cimas de montañas», "la Disputa", "el Puñal", «la Muerte del poeta». Y cuando en 1941, por el siglo de la pérdida del poeta, en nuestro país salía Lérmontov en la traducción al kazajo, tuve que escribir el prefacio a su colección. Y después mis conocimientos sobre esto, a mi opinión, el segundo poeta ruso del decimonoveno siglo drado, completaba Heracles Andronikov, un aficionado y fino investigador de su obra y sus vidas.
Así, el duelo ha comenzado. El duelo sin padrinos de duelo. Aquí nadie se acercaba para el papel del joven príncipe Vasilchikov y el oficial Glebov de la guardia de caballería o por lo menos para los papeles de Stolypin y Trubetsky, cuya participación en el duelo pasaba en silencio escrupulosamente a lo largo de años. Cinco o seis pasajeros en el salón de la primera clase no servirían como los padrinos de duelo: no sabían el ruso y eran muy lejanos en general del objeto de discusión.
El primer ataque del biznieto de Martynov («... no disparó nunca») ha hecho el biznieto de Musrep, que no podía desmentir, sin embargo, en todos los detalles la versión nebulosa sobre un cosaco que se había escondido en los arbustos en el lugar del duelo en los alrededores de Piatigorsk, pero sabía en firme que el grupo de los expertos competentes de medicina legal rechazó categóricamente la suposición así  hace poco, cuando salió de nuevo a luz.
Con estas réplicas — sí, no, fue así, y no fue así — se ha acabado el control recíproco de los caracteres, las recepciones del ataque y la defensa, la ponderabilidad de las razones y el grado de la competencia. En todo caso, el cosaco misterioso que disparó de los arbustos, no aparecía más en nuestra disputa.
El descendiente de Martynov ha puesto en marcha algunas otras leyendas. Resultaba que mucha gente que pertenecía a la oficialidad superior, contaban al deber escribir  a la madre de Martynov, barriendo la acusación de que su hijo había manchado del honor por el asesinato del poeta. Mi adversario usaba las expresiones que yo recordaba por algunos documentos y recuerdos de aquel tiempo: el duelo honesto, el duelo en condiciones de igualdad... Resulta, había también bastantes protestas contra la detención de corta duración de Martynov como inocente...
En mi reserva de palabras se han encontrado las objeciones bastante de peso. No he leído Andronikov en vano, y durante los encuentros oía de él sobre los trabajos de otros investigadores.
Es justo que muchos trataban de derribar la culpa al matado, contaban de su «carácter increíble». Pero era no menos los que en vez "del duelo honesto» usaban otra palabra: el asesinato. Y no casualmente el jefe del estado mayor (entonces no podía llamar su apellido, y en la consecuencia ha precisado: el coronel Traskin) ha ordenado a todos los oficiales jóvenes, que se encontraban en Piatigorsk, inmediatamente seguir al destino. Él quería prevenir un nuevo duelo posible. Entre la juventud había muchos cazadores a exigir la satisfacción del asesino de Lérmontov.
Para mí esto y mucho otro estaba claro. La dificultad de la disputa consistía en lo que mi adversario en respuesta a mis razones más convincentes hacía un movimiento agudo por la mano, como si los barriera. Y cuando mencionaba tales nombres como Sviatoslav Raevsky, Viskovatyy, Andronikov, él se hacía frío, y era parecía que estaba listo a pelearse — pelearse con todo el mundo, comenzando de en desacuerdo con sus interpretaciones de los contemporáneos del poeta y acabando los investigadores actuales, que han demostrado de modo irrefutable el papel vergonzoso de Martynov en el destino de Lérmontov.
Él se acaloraba, en contra de toda la educación europea:
— ¡Todo son metáforas, las metáforas!. ¿Acaso habían estado allí? ¿Pueden mostrar bajo el juramento, quien había exigido la satisfacción? Todo era honesto... Tenían padrinos de duelo, a el uno y el otro. Fue medida una distancia igual. Las pistolas eran de calibre igual, del mismo sistema, el Kuhenreytor número dos.
Yo sabía todo esto. Y por eso he hecho la pregunta, la cual, según lo que sucede a menudo, contenía ya mi relación a sus tentativas de demostrar que el código era observado:
— ¿Por qué entonces, con tal motivo insignificante, el duelo era calumniado en seis pasos, antes de tres tiros, con la aplicación de las pistolas del combate lejano?
— ¿Bien, y que? Esto no demuestra nada. Para nosotros hoy Lérmontov es un poeta genial. Y para Martynov él era un compañero de la escuela de oficiales. Martín no podía más aguantar sus burlas en presencia de las señoras, los apodos ofensivos y las caricaturas. Él lo llamó. Y el duelo tuvo lugar según las reglas. Había dos tiros. Lérmontov disparó primero.
— Sí, pero él disparó contra el aire.
 - Esto con la exactitud no se sabe. Si haya disparado el teniente en el aire... O no ha caído simplemente. Esto es difícil de demostrar también, mirando los acontecimientos imparcialmente.
— Pero es aprobado que su bisabuelo disparó contra el hincapié, su bala cayó en el pecho y pasó de parte a parte. Resulta que Martynov no había observado la distancia y la sucesión del tiro. A propósito, él confesó que se había pasado. ¿De qué duelo honesto se puede hablar?
— Lo que dicen, los rumores, los chismes... Y puedo llamar otro documento, también importante: el estado mayor del cuerpo Caucásico — después de la investigación de las circunstancias informó que el teniente Lérmontov había muerto en el duelo. En este papel no se dice que él fue matado.
— Puede ser. No recuerdo. Pero recuerdo el primer examen médico del doctor Barklaya-de - Tolli...
Mi oponente había contado en una victoria fácil, ahora él ha visto que no no consiguiría ganar tan fácil. Y aquí él por la primera y única vez ha recurrido a la recepción prohibida:
— Usted no es ruso, con todo ...
Puede ser, por eso le es difícil comprenderle todos los detalles de este duelo, en todos sus matices.
— Sí, mí no el ruso. Mí el kazajo. Pero en cuanto a esta historia, aquí sé muchas cosas. ¿Comenzaremos quizás ser, de aquel apodo, que Lérmontov había dado en Piatigorsk a su bisabuelo? No puedo repetirlo en francés... Pero en ruso esto será: el caballero de las montañas salvajes, la persona con un puñal grande.
Aquí nuestra conversación que pasaba ya en callejón sin salida fue interrumpida inesperadamente por la aparición silenciosa de la pequeña mesa sobre las ruedas. Delgada como la caña, hermosa como una peri decantada por Lérmontov, una chica india, la aeromoza, nos ha traído un desayuno abundante. Un lugar importante ocupaba allí el coñac — el brandy inglés.
Excelentes sándwiches, plátanos, el limón cortado por las rodajas de encajes, — todo aquello me parecía a sosa. En mi opinión, el biznieto Martynova que miraba distraídamente en la portilla, con una indiferencia total había hecho unos los sorbo del brandy y ahora sorbía la rodaja del limón.
Con todo — después del desayuno nuestra conversación continuaba ya en otro tono. Ha adquirido, yo diría, un matiz elegíaco. El interlocutor, sonriendo amistosamente, me decía:
— Permíteme notar que no no tiene razón completa en sus acusaciones. Usted dice que  en el género de Martynov había una irreverencia a la memoria de Lérmontov. ¿Y si quere saber, en nuestro apartamento parisiense y hasta hoy día, en el lugar de honor, cubierto por el gorro de cristal, está un tomo de Lérmontov con la inscripción de donación del poeta y justamente para Nikolay Solomonovich Martynov. Para nosotros es la reliquia más sagrada.
Me referí completamente respetuosamente a este mensaje, pero no podía aceptarlo por el argumento en beneficio de la suposición expresada al mismo principio de nuestro duelo, como si Martynov no pudieraa haber levantado por la pistola al amigo y el condiscípulo.
— Lo que el libro se ha conservado, — he dicho, es, más pronto, el mérito de las hermanas de su bisabuelo. Se sabe que su madre, y su tatarabuela, tenía hostilidad aguda a Lérmontov, cuando se encontraban todavía en Moscú. Y las hijas aceptaban con alegría. No sé las causas de tales incomprensiones familiares y disconformidades. Puedo solamente adivinar que el libro se ha conservado, entonces operaban aquí las manos de las hermanas de Martynov.
— Es completamente probable. Pero la tatarabuela nuestra no tenía hostilidad especial a Lérmontov. Así, la futesa. Él había llamado su desaprobación por un acto.
Qué fue la futesa, qué acto, él no se hizo entrar en detalles.
Por desgracia, entonces no podía llevarle algunas razones, que se me hacían claras solamente de regreso a Alma-Ata, cuando, bajo la impresión de la conversación, tomé de nuevo en las manos el libro sobre el destino de Lérmontov. Esta futesa podía ser el caso con el paquete, que Lérmontov debía entregar a Martynov. En el paquete había dinero. En el camino lo robaron. El dinero, está claro, Lérmontov lo compensó. O el chisme soltado sobre lo que Lérmontov había interceptado las cartas de las hermanas de Martynov. Como si hubiera servido de causa de la riña y el duelo.
Por los investigadores ha sido demostrado que esta incompresión con el paquete pasó mucho tiempo antes de la referencia secundaria a Cáucaso. Las relaciones fueron aclaradas, Lérmontov y Martynov continuaban relacionarse como antes.
Me permitiré la cita del libro de I.Andronikov, en que hay estos hechos. Me hacían tanta falta en el cielo indio, a la altura de siete mil de metros:
«Al mismo tiempo, cuando Dubelt difundía a Petersburgo el relato sobre las cartas deselladas, en Moscú hubo el rumor de que «Martynov tenía derecho a llamar a Lérmontov pues la princesa joven Meri, su hermana...»
... La calumnia hizo su asunto. Los cuentos sobre la princesa joven Meri y sobre lo que en la persona de Grushnitsky estaba representado Martynov, informando al suceso el carácter escandaloso, han asignado la atención pública en otra parte y por lo tanto han permitido, por lo visto, para siempre esconder el carácter político del duelo «.
No, no consiguió el poeta esconderse detrás de la cordillera del Cáucaso de los uniformes azules. En Piatigorsk el teniente coronel de gendarme Kushinnikov  dirigía el curso de la investigación para esconder la verdad, y lo hacía él, bien sabiendo los deseos no sólo de los jefes Dubelt y Benkendorf, sino también el del mismo soberano.
Se sentía que la conversación nuestra se había agotado. Sino también acabarlo así, a media palabra, el biznieto de Martynov no quería. De repente él se ha animado y se ha inclinado de nuevo hacia mi parte.
— ¿Y no le será interesante conocer, a quién encontré en el año pasado, cuando llegué a Ginebra? — Ha preguntado él, misterioso, sonriendo.
— ¿A quién?
— ¡El año pasado en Ginebra encontré al biznieto de Dantés! ¡La palabra de la persona honesta! Del Danté.
— ¿De Dantés?
Debía en cierto modo ganar el tiempo para recobrarme de la sorpresa. Dos grandes poetas. Dos asesinos. Y la vida continúa, y aquí en nuestros días sus biznietos tratan de presentar claro el asunto así que nada insólito no era para aquel entonces en los duelos del doncel Pushkin y el teniente Lérmontov. ¿Pero aquí tenemos el encuentro de dos descendientes — qué escritor podría permitirse una invención semejante?
— ¡Sí, del Dantés! — ha repetido él y ha pronunciado subrayando, se puede decir, ha recitado: — el Asesino del gran Pushkin...
— ¿Que era? — La pregunta no es muy inteligente, pero no he encontrado simplemente nada más.
- Esto sucedió en un restaurante... A la mesita se sentó un hombre muy elegante, un poco más joven que yo. A decir la verdad, no me gustaron mucho sus maneras. Un tono así... Indulgente y altivo. Un perillán. Como si me llamara en los cómplices. Én seguida hizo la alusión de que mi genealogía le era conocida. Y entonces ha dicho, a que género pertenecía él... Me estaba claro que se había sentado a  mi mesa no casualmente. Traté de pagar más rápidamente y abandoné el restaurante, sin háberle dado la mano como despedida.
He creído al relato. Es completamente admisible que el biznieto de Dantés se hacía encontradizo con mucho gusto al biznieto de Martynov. Pero me estaba claro, por qué mi interlocutor ha hecho tal vuelta en la conversación. ¡El descendiente de la persona que se peleaba en el duelo abierto honesto con Lérmontov, no había deseado dividir la comida con el descendiente del vil asesino Pushkin!
— ¿Y sabéis? — Me acordadé. — sabe Usted que Dantés servía en el regimiento de caballerìa. Y su bisabuelo también, él ha salido de los caballeros de la guardia real en el ejército.
Pero esta coincidencia significativa, aunque y completamente casual, no convenía a mi interlocutor. Él se ha callado.
En nuestro duelo no había vencedor, ni vencido. Cada uno se ha quedado con lo suyo. Se podía sólo asombrarse que el género de Martynovyh en la quinta generación continúa seguir con la versión que parecía infundada a la gente inteligente hace ciento veinte años. Más tarde pensé queera por la ingenuidad, no por ignorancia de las circunstancias verdaderas del asunto remoto, que con el transcurso del tiempo no había dejado de ser menos vergonzoso.
El biznieto Martynova empezó a recoger sus cosas. Él salía en Hong Kong y, honestamente, yo no sentía tener que hacer la vía ulterior en la soledad.
Él pidió que lo haya regalado la cajita de las cerillas, con la etiqueta tan agradable de la realidad rusa. Lo he regalado dos. Él prometió mandarme de París la copia de mi novela «los Soldados de Kazajistán», que ha salido allí en la traducción en francés. (El libro, por lo visto, lleva de allá un cartero pedestre, porque la espero hasta ahora.)
En el aeropuerto de Hong Kong nos despedimos, y sobre esto, en realidad, se podría acabar el relato sobre los asuntos remotos terrestres oídos por mí en el cielo, a la altura de siete mil de metros.
Pero el relato tiene una continuación.
En Tokio, adonde llegué, enseguida he caído en el remolino que bulle de los nuevos acontecimientos, las diligencias, los asuntos — muy agradables, no muy agrabables y también desagradables. En aquel alboroto se me borró definitivamente de la memoria el apellido del biznieto de Martynov. Él la llamó inarticuladamente a principios de nuestro conocimiento. Después, sin embargo, la repetió algunas veces. ¡Pero la olvidé!
La salida: escribir a I.L.Andronikov. Él sabe seguramente el apellido de la persona con que he pasado seis o siete horas por el camino de Delhi a Hong Kong. Tenía esperanzas a la memoria rica y la erudición universal del investigador. No me equivoqué.
N podía informarle las señas detalladas. Él lleva el apellido por la línea maternal, de esta parte a Martynov, que se casó en Kiev, ha pasado en propiedad una herencia rica. Shitko, puede ser, Tishko. Comienza de t o sh, y acaba, como había recordado, en la o.
La persona  obligatorio a la manera antigua, Heracles Luarsabovich no ha disminuido con la respuesta. Él me ha enviado la tabla entera genealógica del género de Martynovyh, muy detallada, igual que podría ser la genealogía de Gengis Kan o Tamerlán. Todo era escrito allí: quién, cuándo y dónde y con quién ha contraído el matrimonio, y qué ramas eran de la línea básica, y quién y cómo era ajustado con relación al duelo remoto...
El apellido de mi adversario en la disputa era no Tishko, y no Shitko...
¿Y cómo?.
No podía ponerme mucho tiempo a este relato: me distraían unos asuntos que parecían más importantes. Y la carta de I.L.Andronikov yo, como persona exacta, he tratado de esconder en el lugar más seguro, donde sería fácil encontrarlo y, lo más principal, donde no llegarían las manos de mi mujer y las manos de mis hijos.
Pero adónde, no he podido acordarme de esto, cuando ha llegado el tiempo de ponerse al relato. ¿Que lugar en aquel minuto parecía el más seguro? ¿Las obras completas de Chernyshevsky? ¿O de Belinsky? ¿O del mismo Lérmontov?
Todos ellos están callados.
Tenía lugar más de una vez en cuanto a esto una conversación rigurosa con mi mujer, en que resultó que la culpa total era mía. Probablemente, la mujer tiene razón.

Pero yo he tenido el encuentro en el cielo con el biznieto de Martynov, que en Ginebra se había encontrado con el biznieto de Dantés.
- Y en esto tengo razón.

* * *
Y la carta la he encontradopor fin.
Su apellido es Kvitko.

1968
MAYRA
No sé, cómo me resultará...
... Pero es necesario tratar e imaginarse las arenas sordas lejos aparte del río grande inquieto, las ondas mudas de las dunas, las malezas estrafalarias de la saxaul y los manojos de zhantak arbusto en los pastaderos de careo, los terrenos diamantíferos de los salíferos, — para volver allá y de nuevo encontrarme con Mayra.
Si esto pasa en otoño de noviembre o el invierno temprano, Mayra y su marido — el pastor Tanash mayor encontrarás más justo en la parcela de Zhnngilda, aquí conducen para entonces la manada.
Y aquel día, sobre que irá el relato, Mayra se encontraba sóla en las arenas. Ha coincidido así... En vísperas el anciano — el guarda de noche — para cuatro días pirdió el permiso para partir a casa, en el aúl, como por la costumbre llaman la hacienda central del sovjós. Después tuvo que reunirse inesperadamente Tanashá. Su hija, Ayaguioz de tres años, se ha resfriado... Que esté mientras bajo el cuidado de la abuela y el abuelo.
La semana pasada fue caliente, y el sol derritió la nieve, que atacaba a finales del noviembre. En el silencio se oía el crujido unido, que acompaña la manada en el pastadero. Después de la mediodía Mayra volvió atrás. Las ovejas, aunque estén hartas, no dejarán a pellizcar la hierba, y hasta la majada llegarán sobre el ocaso. En el momento justo...
Iba lento por la huella, y el acostumbrado caballo ovejero — rojo, con la cabellera no pelada y el flequillo — sabía que era necesario, y no trataba de pasar al lince ligero, presintiendo el regreso.
Habiéndose relajado en la silla, Mayra pensaba que estaría dispuesta a ver a los ancianos, bajar en los grandes almacenes y
al cine, chismorrear con las amigas, con las cuales antes había sido inseparable, y ahora se vían de cuando en cuando. Y hasta en la reunión era lista a estar, donde a los criadores de ovejas alaban bastante, riñen bastante, e incluso ponen a las finezas de los oficios ovejeros a la gente que nunca había tenido en las manos el palo ovejero. Podría llevarla a Ayaguioz, pero Tanash tenía unos asuntos en la oficina.
La manada era acompañada con los perros — Zhingilda los tenía tres. Ninguno de ellos, incluso el alborotador corrido de la coloración en blanco y negro, tenía genealogía especialmente famosa. Pero nacieron en las arenas, sus antepasados más lejanos habían venido al mundo y pasaban toda la vida cerca de las yurtas pastorales, y por eso en su sangre era a la fe y la verdad servir el asunto de los amos. Nada se escondía de su ojo perspicaz y la nariz sensible, y nunca no se humillaban antes para tocar en vano alarma y ladrar en vano.
Dió oídos de repente el alborotador abigarrado y la echó a Mayra, comenzó a saltar cerca del estribo, gañiendo, y después ha comenzado a ladrar por el bajo y continuaba insistentemente ladrar, advirtiendo al ama de algo. ¿Pero — de qué?
Sus joven ayudante y la asistente, puede ser, no hubieran comprendido que tal había pasado o debía pasar, pero se habían juntado en seguida al mayor.
La conducta de los perros puso en guardia a las ovejas.
Las ovejas, todas ochocientos, levantaron de una vez las cabezas, se juntaron y, habiendo desencajado los ojos locos, empezaban a mirar asustadas a todos lados.
Mayra se levantó sobre los estribos y no conseguió mirar alrededor, como con la escala golpeó la racha del viento. El viento la dejó atrás en la silla, enmarañó la cabellera del caballo y con flequillo le tapó los ojos. Para un segundo se hizo de nuevo un silencio. El día soleado se oscureció, como si aquella racha hubiera soplado el sol, e inmediatamente por la pared se aproximó el torbellino arenoso. Sd hacía difícil respirar, el viento atacaba de lado, detrás, delante ... Más pronto, se habían encontrado el de sudoeste, la parentela al "afgano", con ventisca norte. La arena subida al aire, se mezclaba con la nieve, esta mezcla atacaba la cara, se agolpeaba por el cuello, bajo las vueltas de la cazadora.
El caballo bajo Mayra chifladamente se giraba en sitio, sin decidirse a ponerse en marcha, agachaba la cabeza a la tierra. Tenían un salvamento — en todos los sentidos, a través del viento, con gran esfuerzo, lo más pronto posible llegar hasta la majara.
De todos los animales más tontos del mundo, las más tontas son  las ovejas negras-grises.Al apretarse una a otra, pierden los últimos restos de la consideración, se echa una según el viento — todas se echan tras ella!
Dos vientos de las partes diferentes giraban, se encontraban, se iban y de nuevo, se tiraban encarnizadamente por la arena y la nieve. Las ovejas se agitaban torpemente tras sus rachas, y era lo más peligroso perderlos.
Mayra ha saltado a la tierra y, conduciendo al caballo en el motivo, ha penetrado de alguna manera en la cabeza de la manada.
— ¡Chok-chok-chok! ¡Chok!. gritaba, llamando al joven, pero el comprensivo cabrón-jefe gris con las manchas blancas.
El cabrón, apartando a las ovejas desordenadas, ha tropezado en la cadera del ama.
Habiendo notado al cabrón, y con él  el caballo conocido rojo, y también a Mayra en la cazadora negra, las ovejas delanteras se han tranquilizado un poco, han estirado por la huella, y detrás de ellos se pusiron a caminar y todo otro.
Mayra ha silbado en sordo gracias a Tanash, mucho tiempo él se batía con ella, antes de que la había enseñado el silbo ovejero. Ha respondido el perro mayor, y todos tres perros han ocupado los lugares a los lados de las manadas y detrás, llevando a las ovejas ladrando exigentemente. Está bien que hoy pastaba muy cerca. ¿De otro modo que podría a hacer? El viento puede robar con soltura la manada a los centenares, y en uno y medio los centenares de kilómetros... ¿Cómo la guardarás en este torbellino completo?
Cuando Mayra ha chocado con la cerca trenzada de la majadaa y por la pared se ha puesto a penetrar a la puerta, la ventisca ha vencido sin embargo la resistencia del "afgano". La nieve ha tumbado más espesamente, en seguida se hacía más frío. ¡Y las ovejas y no se han dado cuenta, adónde estaban conducidas obstinadamente por el cabrón, por qué los perros se enfadaban, llevando, y no dejaban doblar, — las ovejas han conocido su majada y han puesto a balar, como si asombrandose, cómo es que la majada por si misma ha surgido en su vía a la bruma continua, donde no era posible ver nada!
La ventisca ha acelerado la llegada y el crepúsculo temprano invernal. Ya casi en la oscuridad completa Mayra, habiendo hecho entrar a las ovejas y habiendo metido el cerrojo pesado sobre la puerta, ha ido a la casa — en cientos pasos.
La casa de los ovejeros sobre los pastaderos invernales era puesta de la piedra y consistía de dos habitaciones. Una pequeña casa parecía perdida entre las arenas. Superar el sentimiento del alejamiento a Mayra y Tanash les ayudaba la radio, la enchufaban aún sin haberse quitado la ropa,
La radio hace mucho se hacía su amigo-interlocutor y hasta a Ayaguioz le contaba cuentos buenos.
Ahora Mayra también ha chasqueado en primer lugar el botón metálico y sólo después de esto ha traído el brazado de la saxaul pinchada — para la estufa-holandesa, que calentaba las dos habitaciones y tenía el fogón general con la cocina.
En la casa hacía frío. Soplaba de las ventanas... ¡La primera ventisca comprueba en los ratos muertos, cómo se preparaban para el invierno! Ha cubierto la ventana por la manta vieja. Así... La estufa se ha encendido, la llama roja amarilla se veía a través de los agujeritos en la portezuela, y se haría más caliente, aunque el vapor de la boca hacía caer como antes, como si hubiera comenzado a fumar, Tanash, un cigarrillo "Prima" del paquete rojo.
Ha puesto tetera a la plancha, ha decidido calentar las aguas en el ligero caldero de aluminio. En el aljibe restaba un poco, un cubo, no más. Pero no es nada. Hay una utilidad de la ventisca, él ha amontonado y amontonará todavía a la nieve, cuantoquieras. Se podrá calentar mucho, y no arrastrarse con el barril al pozo.
Por él Mayra no se preocupaba. Otro asunto era Tanash... Él ha salido con Dzhanysbek, el jefe de la hacienda. Aquel, sin embargo,los unvitó sin muchas ganas al coche, se quejaba que en los balones estaban unos cuarenta remiendos, y en cierto modo sabrán todavía llegar... ¡Ojalá llegaran a tiempo! ¡Ojalá pudieran!
Era a eso de las cinco, pero en la casa había una oscuridad, como por la noche, y por afuera — no se veía nada, cuando Mayra, habiendose ceñido más ajustadamente, ha salido a la cuadra.
La cuadra se sentía apenas detrás de la nieve que se movía rápidamente y rezumaba apenas cerca de ella el local para los camellos. ¡Y la majada que estaba en unos cientos pasos no se veía, como si la ventisca la hubiera quitado y se la hubiera llevado!
En primer lugar Mayra ha pasado a los caballos, ha cubierto rojo y bayo por los caparazones, ha atado a las casas-cunas tejidas de las huidas de la saxaul joven. Mientras les bastaría heno, ya se verá allí. Por lo visto, la ventisca tendrá más que un día para hartarse.
¡Con tal de que han llegado! Que no se hallen de sesión en cualquier cañada... ¡Pero no, no! Dzhanisbek conduce el coche como un chófer verdadero. Aunque se quejaba de los balones, pero tenia su "gazik" siempre de paso. Puede que unos asuntos eran de camino, y Tanash con Ayaguioz en las manos,claro, le molestaba...
A Ayaguioz era necesario llevarla a los ancianos, no hay dudas... ¡Pero como a ella, a Mayra, lefaltaba ahora Tanash! Él levantaría los ojos hacia arriba y ha cantado: «¡el caballo de carreras... la mujer guapa... es lo que le dará fuerzas al dzhigito!» Es las únicas dos líneas de la canción popular antigua, que él sabe de memoria.
Tanash más a menudo monta al bayo. Pero el caballo de carreras, así se le nombrra demasiado fuerte. A los bayos no los usan aun en los trabajos de pueblos. Era un caballo regular de trabajo.
Y la mujer guapa... Está claro que él tiene en cuenta a Mayra. Guapa o no, ella no sabe... Sabe solamente que tiene cara redonda y las mejillas buenas... La Nariz un poco arremangada. Y bien, los ojos... Tanash dice es que si la noche nublada, y las estrellas no se ven, él por sus ojos encuentra el sendero a la casa. Exagera, probable... Todavía él quiere, cuando sonríe o se ríe. ¡Dice, tiene dientes de perlas puras, de dónde los de las arenas, en los lejanos mares del sur, han sacado tantas perlas, cuando proyectaban a Mayra!
El atán rojo dorado y cebado, sin apuntalar la giba el techo, mascaba la rumia y ninguna atención ha dirigido a la aparición del ama. ¡Y ha adquirido una giba considerable! Toda la primavera, todo el verano y una buena mitad del otoño su trabajo consistía en de vez en cuando arrastrar su yurta de una parte a otra. Y hoy no se romperá, llevará unos barriles de agua de pozo de los vecinos. Y a veces está descontento, cuando lo aparejan, vocifera y ruge, protesta.
Si lo echas al lecho de paja y por cubres con algo, en tal posición el atán es listo a estar acostado cuantoquiera, aunque dos semanas se enfurece la ventisca. ¡Oybay, no se debe, no se debe tan largo!
Protegiebdo la cara con dos manos de la nieve punzante, ahogándose, apenas manteniéndose en pie, Mayra ha superado con todo cien pasos — ha comprobado, si está cerrado firmemente el cerrojo sobre la puerta de la majada. De vuelta el viento en tres — cuatro puntapiés la ha conducido a la casa. Ahora restaba dar de comer a los perros, y se podía preocuparse de él.
La holandesa no ha conseguido calentarse como debe, pero en la habitación se hacía más caliente seguramente. La saxaul ardía, crepitando en el fogón, y la tetera se ha hervido, y en el caldero el agua bullía. Pero, tal vez, la saxaul es necesario traerlo todavía que se haya encandecido la plancha de hierro fundido que calentado las habitaciones se hagan parecidas a una vivienda. Se han detenido sobre los pastaderos otoñales, y Dzhanysbek, claro, no ha enviado a ellos en Zhingilda la brigada de reparación, como estaba prometido. ¿Y si el invierno tiene que ser severo, acaso bastará la saxaul? Es necesario decir que traigan uno o dos coches de carbón.
Dos veces ha ido a buscar la saxaul en el cobertizo. Al fin, era posible quitar la cazadora, y el gorro ribeteado por la piel de zorro.
La radio hablaba sobre el tiempo — resulta, han pasado rápidamente por todo el mundo las ventiscas, perfora, los huracanes y han hecho muchas desgracias. Ojalá consigue Dzhanybek llegar con tal de que hasta la ventisca al aúl o por lo menos — hasta Erdala, donde se encuentra el poblado de la tercera sección de sovjós.
Mayra enchuifó la radio y se ha dispuesto a su ciudad regional. El locutor ha dicho que va a actuar el jefe de la administración del campo de la región. Parece que su apellido es Dauquenbaev. Mayra lo ha visto una vez — él pasaba por los pastaderos con los jefes regionales y de sovjós. En su pastadero se han detenido, han alabado el estado de los animales, pero no se quedaron a tomar té, aunque para ellos todo estaba preparado, se fueron adelante. Esto era, cuando tenían la comprobación, como se cumplía la obligación de llevar en la república las cabezas de las ovejas hasta cincuenta millones.
Es ahora la voz de Dauquenbaev sonaba ronco — probablemente, se comunicaba por teléfono con las regiones, gritaba, aclarando cómo van los asuntos, y es peor que pasar en el viento todo el día a solas. En la radio zumbaba algo, y Mayra consiguió desmontar poca cosa. Ha comprendido que la ventisca ha capturado todos los distritos de la región. Además Daukenbaev ha dicho: «... el veinto tres días soplará... En los pastaderos de careo... Todas las medidas...»
Mayra se ha sonreído. «Veinto...» Puede, y sabe, cómo correctamente pronunciar esta palabra, y dice como se ha acostumbrado.
— ¿Tres días?. ha dicho en voz alta, dirigiéndose a la radio. — contaremos por si acaso que serán cinco. O seis. — ha pensado: tendré que hacerlo sóla. Tanash no sabrá atravesar. ¡Ojalá no se haya decidido a hacerlo todo él mismo! Había siete cañadas profundas de camino de la hacienda central hasta Zhingilda. Todos ellos hasta los bordes están cubiertos con la nieve, claro... Allí el bulldozer no atravesará. «El pastor avanzado no se ha acostumbrado a perderse ni en las más difíciles condiciones», — se ha acordado de la frase de un artículo leído. ¡Y aquí prueba a conservar el título del pastor avanzado!
Era necesario todavía llevar a la casa de la despensa fría los pantalones acolchados de algodón — mañana sin ellos no se pasará, aunque no quería llevar ropa así, no femenina. ¿Podría hacer algo otro, vivir, digamos, sobre la hacienda central o en la región? Por qué no ... ¡No sólo podría, sino también vivía! Tanash ha sonsacado, cuando su hija cumplió un año. Tanash — todavía antes de ella — trabajaba en la brigada de ovejeros y le encantaban las arenas por aquel sentimiento de libertad, la seguridad de las fuerzas, que pruebas, haciendo una vida nómada con la manada por lejanos pastaderos... Y después a ella misma le encantaron
Mayra se quitó la ropa rápidamente y ha zambullido en la cama, se ha cubierto por dos mantas gordas, escrupulosamente habiéndolos remetido bajo sí misma, que no soplara. ¡En este asunto, la gloria de Dzhanysbek, ninguna brigada de reparación no era necesaria!
Se ha dormido Mayra, parece, hasta antes, que su cabeza ha tocado la almohada en la funda de percal cubierta con los colores alegres primaverales. Y no tenía ahora ningunos sueños...
Como si alguien la haya empujado en el hombro, y en la oscuridad completa ha abierto los ojos. Ha dado oídos. La ventisca aullaba como antes a las voces diferentes, y estas voces hasta como se fortalecerían. ¿O esto le parece del despertar?
El reloj mostraba cinco menos cuarto, cuando ha encendido la lámpara a petróleo. Se podría todavía dormir una hora, pero sentía que había descansado y preparado para las sorpresas del día difícil, y no quiso acostarse más.
Enchufó la radio, pero él callaba, zumbaba solamente - aprendió de la ventisca.
Al desayunar presuradamente y al tomar el té, Mayra se ha vestido más caliente y ha tirado la puerta de entrada. Se había aclarado un poco. En una noche la ventisca hizo montones de nieve grandes, ha tendido las cordilleras de los terraplenes de nieve, pero todo le parecía poco — los enjambres espesos de los copos de nieve flotaban en el aire, formando la cortina tenebrosa. En la noche el frío había tomado la nieve en la tierra.
Mayra ha llegado hasta la majada, sin dejar las huellas.
En vísperas por la tarde, echandose a dormir, estaba segura que por la mañana limpiará el camino hasta el almiar grande del heno, y es todavía los ciento metros bajo la majada , echó allá a las ovejas, que mascan, cuantoquieran. Ahora ha comprendido que nada saldrá. La ventisca ha amontonado tanta nieve que no había visto en ningún invierno. Continuando hincar la pala en la capa de nieve helada dura, Mayra con la desesperación pensaba — ¡aquí es necesario soltar el bulldozer, es necesario poner aquí el aúl entero de los hombres fuertes que no saben el cansancio! ¿Que hará una pala en las manos de una mujer? Cien metros... Hasta la primavera se puede cavar, y en primavera la nieve se derretirá por lo mismo.
De sentir su impotencia, de la situación sin salida completa de Mayra se ha deshecho en lágrimas. Estaba, apoyándose a la pala, y sollozaba amargo. Una... Un hombre en su lugar inventaría y emprendería algo. Pero aquí llorar es solamente helar las mejillas... Más no había ninguna utilidad de las lágrimas. Y hay para qué mover sin resultado mover la pala. Solamente se cansará en vano.
Ha vuelto a la casa, ha pasado a la cuadra. Bayo y rojo al ruido de sus pasos han vuelto las cabezas y han descabezado un sueño. ¿Estos que necesitan? Y bien, está claro — en las casas-cunas no había ni un copo del heno... Han tratado...
¡Ah, los espíritus de los antepasados difuntos! ¡Enséñenme qué hay que hacer! No se desconcertarían. Sobre los bulldozers ellos no tenían nociones. ¿Y acaso se encontraría la multitud de palas y las manos en el perdido campamento? Pero las ventiscas entonces también pasaban en las arenas, y no menos crueles. Pasaban en cierto modo los antepasados difuntos... Eran los ganaderos todavía antes de que empecaron a llamarse kazajos. Cada ganado tenía su protector. Kambar-ata a los caballos, la Zengi-tía a los toros y las vacas, el Oysyl-castigo a los camellos, Shopai-ata a las ovejas. ¿Cómo obrarían? ¡Ya que debe ser una salida, no hay en el mundo situaciones sin salida!
Algo así había oído... Seguramente... Es necesario hacer el esfuerzo y acordarse, — que precisamente.
En la familia Tanash, su abuelo condenaba a veces, no se acordaba  con que motivo: no morirá la oveja allí, donde en la vecindad va el caballo. ¿Significa que Kambar-ata le vendrá en ayuda? Pero él no aprecia a los holgazanes y las holgazanas, tales que están, habiendo dejado caer las manos, habiendo arrimado a la jamba de la puerta, y vierten las lágrimas.
Mayra ha secado bien por la manopla la mejilla.
— No hay ahora comida para vosotros y no habrá — se ha dirigido al rojo y al bayo, y han puesto a la derecha las orejas. ¿es necesario ganar la comida, está claro?
Los ha desatado, se ha subido y en la vestimenta pesada se ha vuelto de alguna manera en el rojo no ensillado, y al bayo ha movido en cabestraje. Ya que pasaba — por la capa de nieve helada firme sobre los pastaderos llevaban detrás y delante la manada, y los caballos quebraban, ahuecaban la capa de nieve, así que a las ovejas se les hacía posible llegar al forraje.
En vez de la manada ella tiene dos caballos, ocho cascos... Pero no tiene quelimpiar un pastadero, sino solamente abrir el camino hacia majada hasta el almiar donde la manada pueda pasar, y allí alrededor también limpiar que las ovejas no se ahoguen en la nieve por la banda.
Ha perdido la cuenta de cuántas veces ha hecho esta vía, y todo en la ida llena. Ha pasado al final más al paso, observando cual era el resultado, si pasará la manada. Es necesario probar, porque el balido de las ovejas hambrientas se hacía más insistente.
Se ha decidido:
— ¡Chok-chok-choke!. ¡Chok! ¡Chok!
Igual que ayer, Mayra se movía por lo alto delante, el cabrón seguía tras ella, al sacar severamente los cuernos, porque la ventisca lo tiraba por la barba, y eso al cabrón no le gustaba. Los perros iban a los lados y detrás.
Cuando han alcanzado el almiar, se ha usado de nuevo la pala, pero había lo de la mañana — el sentimiento del desespero. Las ovejas se tiraban por sus huellas al heno, a Mayra la tranquilizaba y le daba de las fuerzas su crujido habitual, que hasta a la ventisca era incapaz de ahogar. Como el recordatorio del verano ha surgido el olor del heno fresco inquietado en el almiar remostrado.
Bayo y rojo tampoco se le alejaban , a veces pasaban solamente, empujando a las ovejas agitadas. Mayra no podía creer que esto acabaría alguna vez... Pero, al fin, el espacio suficiente estaba limpiado. El crujido se ha reforzado. En la estrechez pero todas las ovejas se encontraron el lugar, y allí, donde había poco lugar, comían la nieve.
El día, debe ser, ha pasado a la segunda mitad. Comenzaba a anochecer.
Tales palabras como el cansancio y el hambre se tienen que olvidar. ¡Ha pensado de nuevo — no por eso ha caído en las arenas que en el aúl ella no se ha encontrado el lugar! Resistirá contra esta ventisca también, ¿de dónde saca las fuerzas que se pone a soplar tan incesante, contra el mismo señor-dios, si él no tiene otra ocupación que perseguir a la mujer, que se ha encontrado en la soledad en el campamento de ovejeros.
Las ovejas pellizcaban los lados del almiar, el diablo mismo lo les echaría de aquí. Mayra ha decidido, mientras no haya oscurecido, ir a casa — a calentarse y a comer.
Los caballos se han desgajado sin ganas, pero dos-tres golpes les han añadido petulancia, se han echado a correr, cortando la cortina de nieve, y se han parado bruscamente sólo cerca de la puerta de la cuadra.
En la casa la luz de la lámpara a petróleo ha marcado las ventanas que se han cubierto de escarcha con las cejas fruncidas velludas.
Tenía la comida o la cena... ¿Qué podría preparar más rápido y más fácil? ¿Cuirdak?. Las patatas no se han helado — poner las patatas allí también. Y, claro, el té. Por ahora todo esto estará preparado, es el momento justo para chupar la bolita de curt, que sacia el hambre y la sed.
Tanash, debe ser, esté en el calpor ahora— ojalá ayer los acompañara la suerte. Y ella hoy no ha tenido ni un minuto pensar en el, en Ayaguioz.
— Por mí no se preocupen, todo será bien, — se ha dirigido a ellos. — pido Solamente — no rompan del asunto, no aparezcan ante los ojos... Estén sin mí dos-tres días. ¿De veras es tan largo? No ...
Se ha echado a reír a sus propias instrucciones. ¡Pero alguien debe bromear en su casa, si esta noche no se oyen aquí las bromas de Tanash!
Mientras se prepare cuirdak, Mayra ha decidido colgar sobre la puerta de entrada el farol, que no se sabe por qué se llama "el murciélago", así fue anotado en el inventario. Pero cuando por afuera levantaba el farol, él se hacía apenas y realmente volante — la racha del viento por poco lo arrancaba de las manos.
Entonces lo ha llevado en el establo al camello — está allí sólo, con luz será más alegre. Y los lobos, por si acaso, no trepa a fuego.
¡Se ha cogido ya por el anillo sobre la puerta, cuando de repente - en el rincón silencioso entre el establo de camello y la cuadra — han brillado de una manera penetrante los ojos azules amoratados, tres pares de ojos de alguien! Sin perder el farol salvador, se ha echado atrás, en el cobertizo ha agarrado el garrote, que por su mano le había hecho Tanash, ha silbado a los perros y ha vuelto.
— ¡Ket! ¡Ket! — ha gritado, tratando que su voz suene categóricamente y rudamente, a lo masculino. Aquel animal de seis ojos no iba a apartarse fuera. Y todavía antes de que lleguemos con ladramos los perros, Mayra, habiendo levantado más arriba farol, ha comprendido, quien ha encontrado el refugio a ellos en la majada.
En terrible ladro del perro abigarrado uno de los forasteros ha gritado lastimoso...
— Ah pobrecitos... - ha dicho Mayra. ¿Tampoco os da gracia ventisca así?
Los perros, al discubrir en el rincón solamente a los saigas, en seguida se han tranquilizado. Los aceptaban, como era en realidad, por los parientes directos de las cabras y las ovejas. No había sobre que alarmarse... Los perros han comenzado a acariciarse a Mayra, recordando que, si el tiempo de la comida ha pasado hace mucho, es hora de pensar en la cena.
— ¡Ahora, ahora, esperad aún un poco más! — dijo.
Los saigas continuaban temblar — del frío, del miedo y del hambre... Eran muy delgados — la piel hasta el hueso. Las cabezas de dos adornaban los cuernos, y la tercera era una hembra.
— ¡Apenas se mantienen en los pies, — les ha reprochado Mayra, — y allá!. Empezaron a correr los dos detrás de una guapa y no han notado adonde la ventisca les ha arreado. Y bien, no es nada, dzhigitos míos...
Ha entreabierto la puerta, ha colgado el farol al gancho del interior y por uno, comenzando de la hembra, ha traído al establo a los saigas. No resistían, pero a cada uno, como ella sentía por la mano, se golpeaba desesperadamente el corazón.
— Aquí os será más tranquilo...
El rojo atán por razón de la arrogancia connatural no ha dirigido ninguna atención a los forasteros inesperados de tarde. Le era completamente lo mismo, de donde han aparecido, tan impotentes. Él ha sacado el labio peludo inferior, dando a comprender que los asuntos de nadie no lo tocan y entrometerse en ellos iba, sólo que lo dejen en paz.
— Reparte el heno con los invitados, — le ha dicho Mayra.
Dos brazados ha dispersado ante los saigas, pero aquel no estaban preparados a ponerse a la comida. De nada. Cobrarán aliento un poco, y entonces comerán.
Yéndose, Mayra cerró firmemente la puerta. Mañana conseguirá traer, quizás, aún más brazados del heno para el atán y para ellos.
Daba de comer a los perros en el cobertizo cerca de la casa. Ha recogido los huesos y les ha dado de carne. Tuvo que quedarse allí un poco, pues que ellos, como pasa a menudo, no hayan sido roídos entre si mismos. Y es correcto, el grande abigarrado rugía sin razón alguna y mostraba los colmillos.  
Mayra subió el tono:
— ¿Qué haces?. ¿Dónde es visto que los mayores ofendan sin motivo a los menores?
Todavía los ha vertido en las escudillas de surpa de ayer, al calentarla un poco sobre la plancha.
— ¡Y ahora — a las ovejas! ¡A las ovejas!
Primero en la ventisca ha desaparecido el abigarrado.
Ya casi ha oscurecido.
Mayra, al apoyerse por la mano de la puerta, se ha parado de repente, sorprendida con la conjetura súbita. Los saigas... ¡Cómo es que no entendió enseguida! ¡Puede ser que los saigas han echado a la vivienda de la gente salvándose de los lobos!
— Hay que tener prisa...
Lo ha dicho ya en habitación.
Quizás, la persona se haría salvaje completamente, si no pronunciara en un día una cierta cantidad de palabras. Cuánto, — los científicos no han establecido. Pero hablar - es la misma necesidad vital que la comida, la bebida, el sueño... Mayra no reflexionaba en eso, pero, indudablemente, tenía tal necesidad — y por eso hablaba, no sólo con Tanash que faltaba, sino también con las ovejas, con el cabrón barbudo, los perros y los saigas, con el atán rojo, lleno de dignidad propia.
Y en la habitación se ha dirigido a sí misma:
— ¿Y tú qué?. Mira... Estarás cerca del horno, los lobos se comerán a tus ovejas a para la cena. ¡Entonces bastarán reproches hasta el fin de la vida! ¡Come rápido — y a la manada!
Cuirdak estaba preparado, emprzó a oler al pan — un poco se ha quemado el panecillo que se ha congelado, que Mayra había puesto en la plancha.
— No será peor, que la carne a la Strogonof, — ha dicho.
Una vez Tanash y ella comían en el restaurante, en la ciudad. Comían la sopa de remolacha, y en segundo han dado esta carne a la Strogonof, los trozos de la carne con las patatas. Tanash y ella habían vagado mucho tiempo por las tiendas, la sopa de remolacha, y las carnes a la Strogonof les aparecieron muy sabrosos. Y después tomaban el té. Tanash se portaba completamente como uno de la ciudad. Ha llamado a la muchacha en el delantal blanco, que les daba de comer, y ha dicho importante: «¿Hay pasteles ? Traiga los pasteles...»
Ha tomado el  té, del color completamente negro — un té así en el restaurante no lo hacían, — para interrumpir la somnolencia. Ha metido por el seno el puñado de curt, los mismos antepasados sabían lo que hacían cuando tomaban consigo el curt al camino.
Ha metido la llave de tiro — sin embargo se enfriará menos hasta mañana el horno. Ha reducido, pero no ha apagado por completo la llama en la lámpada, ha dejado para la noche. Que la ventana luce un poco en la ventisca.
Ha mirado como despedida en el establo a atán. El temblor de los saigas no les había pasado, pero se han levantado ya y recogían el heno, dispersado por el suelo de tierra batida.
Después — de nuevo en el rojo, con bayo acompañando, ha hecho la vía hasta el almiar invisible.
Aquí, entusiasmados, la han encontrado los perros, hacía muchos esfuerzos especialmente el abigarrado, informando que las ovejas están en la seguridad y la integridad, — y ahora, cuando el ama está con ellos, todo será en el orden mejor.
Los perros acompañaban a Mayra, cuando daba una vuelta alrededor de la manada mascando. Las ovejas ya habían roído considerablemente el almiar de un lado, algunos, habiendo hartado al fin, estaban tranquilos confortablemente apretándose una a otra.
— Le encargo a las preocupaciones de Shopan-ata generoso, el protector de los pastores y sus manadas... ha pronunciado solemnemente.
La zamarra grande negra ha envuelto de pies a cabeza a Mayra. Los perros se han instalado en la vecindad con ella. Había por otro lado unos caballos. Habiendo arrimado la espalda al heno, Mayra sentía cómo temblaba el almiar bajo la presión de la ventisca, temblaba, pero se mantenía, y ha pensado que no en vano Tanash casi antes de la riña se agarraba con los tractoristas forasteros, exigía que no chapuceen, y echarían el heno más ajustadamente, más firmemente... Que sopla la ventisca... En la zamarra es caluroso, el viento de esta parte no saca. Quisiera dormir una hora... Hablan que el movimiento da la fuerza, y el sueño, el vigor... La verdad es que hoy le ha caído probar sólo la primera parte de esta moraleja. He aquí quisiera dormir... Pero se ha acordado, como ha leído en algún sitio: «El sueño es el bostezo de la muerte...» Ahora estas palabras han resonado como la prevención. Se duerme uno, y la ventisca te enterrará, cantará el réquiem y se echará después en busca de una nueva víctima. Quizás, todo esto no debe dar tanto miedo, como a ella, — al lado están perros fieles. Pero dormir por lo mismo no se puede. Todavía a un escritor kazajo ha leído que los kazajos son un pueblo durmiente. Hay tales que son listos a dar todo en el mundo, pero si ella, Mayra, sabía confiarse al papel los pensamientos, escribiría: los kazajos son un pueblo despertado. Pero sin embargo — como apetece dormir después del día entero en el frío, en el viento... ¡Uno puede dormirse sin notarlo!
Ha liberado de debajo de la zamarra de la mano y por el garrote ha golpeado por la pala de hierro. El sonido ha resultado sordo como rechina... ¡Ah, no ha adivinado! Era necesario capturar el cubo vacío y golpearlo, cuando empiece a vencer especialmente la somnolencia. Y tiene que hacerlo. Por lo visto,no podría dormir pronto hasta la saciedad.
Siguiendo siempre la regla de no aplazar para mañana lo que es posible hacer hoy, conseguiría evitar a muchos de los disgustos. Entre la noche el abigarrado ha levantado bruscamente la cabeza, ha saltado dentro y ha empezó a ladrar amenazando y asustado al mismo tiempo. Los caballos han descabezado el sueño. Las ovejas que estaban acostadas han saltado dentro y se han apretado callando contra el almiar.
Los perros ladraban todos los tres, y por el eco poco parecido ha respondido de la oscuridad de nieve un aullido de lobo bajo, melancólico, que penetaraba en el alma... ¡Como se puede estar sin ellos en tal ventisca! Mayra ha agarrado el garrote y con todas las fuerzas se ha puesto a golpear por la pala, fallando a veces en un arrebato.
A aquellos dos, los primeros, ha respondido uno más. Claro, — es el tiempo de las bodas de lobos... Los varones muestran la fuerza, la habilidad, la resistencia, el acierto, y al fin y al cabo la hembra se va con el vencedor. Era así y será así. Pero el hambre... El hambre gobierna más cruelmente que el amor. Puede ser, no hayan olfateado a los saigas, que han encontrado el salvamento en el campamento. ¡Pero por la manada no han pasado!
Continuaba las brazadas del garrote, y el rechinamiento incomprensible de hierro ha hecho a los lobos por cierto tiempo callarse. Pero era temprano tranquilizarse. Estos fantasmas grises de modo desconocido pero siempre lo adivinan todo y siempre lo saben todo. Han determinado con seguridad que cerca de la manada estaba una mujer. El hombre gritaría, tiraría del fusil un fuego terrible... Y el perro... De los tres un perro le costaría muchos esfuerzos considerables para vencerlo. Los dos — así... A una brazada de los colmillos... Los Lobos, para precaución y para funcionar con seguridad, ahora se han escondido, se han armado de paciencia y tratan de arrastrarse más cerca... No dejarán tal extracción seductora.
Antes del amanecer ellos, debe ser, se encontraban casi que al lado. EL abigarrado con furioso ladro ha saltado al montón de nieve,  Mayra empezó a clavar aún más fuerte con el garrote. ¡No, sin fusil  no se quedará más, que coman a todas las ovejas!
Tras el abigarrado ha saltado el perro joven, pero él en la espoleta ha contado con la omnipotencia del alborotador y ha avanzado demasiado, e inmediatamente su chillido corto desesperado ha llegado hasta Mayra, y todo se ha callado.
— ¡Se lo han llevado! — ha gritado en la cólera impotente.
Hasta el amanecer los lobos no hacían las tentativas de acercarse cautelosamente. El abigarrado no ladraba, él refunfuñaba sordamente, y la lana al morillo estaba de punta.
— Tenemos tres saigas, — dijo Mayra, imitando al contable de sovjós. — el gasto es un perro... ¡Pero aquí — la noche ha pasado, los lobos no están hartos, y las ovejas están vivas!
A lo largo del día que ha comenzado de antemano se preparaba a la noche, porque la ventisca no pensaba a calmarse.
Mayra ha sacado la zamarra de recambio, lo puso sobre los palos cerca del almiar, ha adaptado de arriba el gorro viejo de Tanash que los lobos olfateen el olor de hombre, ha armado el espantapájaros con la horca. Ha ido una vez más en el campamento y ha traído el depósito vacío. ¡Ha asestado el golpe de prueba, y — como si del cañón en la vecindad han retumbado!
A los lobos esta salva, quizás, haya impresionado. Por la noche no aparecían muy cerca. O se han ido completamente. En todo caso, los perros se portaban atentamente, pero tranquilo. Mayra consiguió dormir un poco, pero cada vez, despertandose, tomaba el garrote y — por el cubo: un golpe, otro, tercero, cuarto... Y después, habiendo quitado del animal disecado la horca, daba una vuelta alrededor de la manada cerca del almiar.
Al despertarse una  vez, Mayra se ha asustado, se corazón se estremeció— algo no era como antes... Acaso...
Sí, la ventisca se ha cansado.
Resulta que el cielo tiene estrellas... Resulta que las estrellas se apagan, cuando por el borde de las arenas repta la bola del sol. Mira, no ha fallado la amiga radio, ha dicho correctamente que la ventisca se enfurecería tres días. Y el sol rojo significa que habrá frío, pica las mejillas, y la nariz se le enfría...
A través del pañuelo anudado sobre la cabeza, a través de gordo gorrocon orejas Mayra ha captado un zumbido uniforme.
¿El helicóptero?
Habitualmente riéndose, lo llamaba irrespetuosamente la ruidora, aunque, hay que confesar, el helicóptero les llevaba novedades más frescas, que por la radio no oirás, y siempre era listo a llegar a la ganancia — una vez  trajo al médico a la casa de los vecinos, cuando Magripa, su amiga, iba a dar a luz antes del plazo...
El helicóptero ha dado la vuelta y empezó a bajar, levantando el viento, poco aparte. Bayo y rojo continuaban crujir el heno — ellos se han acostumbrado a que del cielo baja este pájaro enorme, pero el peligro no había. Y las ovejas desmemoriadas se han apartado y han atascado en los montones de nieve.
Primero, cuando se ha abierto la puerta, ha saltado Tanash y se ha hechado a correr a ella, agitando el gorro. Él gritaba algo. Debe ser: «¡Caballo de carreras, la mujer guapa— es lo que le da fuerzas al dzhigito!»
Él era ya al lado:
— Karagym... Querida... ¿Como estás, sola?... ¡Pobrecita mía! Ovejera mía... ¿Cómo estás?
Se ha acercado Dzhanysbek, el jefe de la hacienda:
— ¿Hay pérdidas? — Ha preguntado él.
Mayra no ha respondido ni al uno, ni al otro. Se ha sentido pequeña, como Ayaguioz, e indefensa. Tenía ganas de llorar y que su Tanash la consolara.
Ella ha sonreído callando.
— Donde han sacado tantas perlas...
Dzhanisbek ha interrumpido a Tanash:
— Vuelo adelante ... ¿Mayra va con nosotros o no?
— La tomaréis de vuelta, Dzhake... Que el piloto de helicóptero se siente cerca de la casa — estaremos en casa.
— En unas dos horas, — ha dicho Dzhanysbek. — Que esté preparada... Que no esperemos.
Las mejillas a Mayra eran quemadas por el viento helado, pero no sentía esto. Tanash la ha tomado por la mano, y se han dirigido a la casa, habiendo dejado cerca de la manada a los perros.
— ¡Que no olvidemos! — le ha dicho Tanash. — Ayaguioz ha ordenado que traigas a su mono negro de felpa. Sin ella no se duerme de ningún modo...
Antes de entrar en la casa, Mayra llevó a Tanash a mostrarle a los saigas advenedizas.
La puerta se encontraba entreabierta. Quizás, las últimas rachas de la ventisca los hubieran balanceado, y se había formado una hendidura.
Los saigas no estaban en el establo.
... Comencé de lo que no sabía si me resultara...
Tenía en cuenta si me resultara simplemente y sin embellecimientos, sin excesos literarios, contar de Mayra, para que ustedes también tuvieran ganas de visitar Zhingilda y de conocerla a ella y a su marido, Tanash.

1976